El diario de Chemazdamundi.

10 noviembre 2014

El neoliberalismo contrastado (V). Ensayo sobre el neoliberalismo.

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Atención, aviso: este artículo que estáis leyendo no es sino el primero de una serie dedicada a analizar el neoliberalismo económico. Podéis encontrar el índice de la serie, aquí.

Anterior artículo de la serie.

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Contenidos:

0. Introducción.

1. Recapitulación. Trasfondo histórico.

2. El término “neoliberalismo”. ¿Qué es? ¿Qué significa? Numerosas mentiras acerca de este concepto.

2.1. ¿Qué es el neoliberalismo?

2.2. Sumario de definiciones. Características del neoliberalismo.

3. ¿De dónde proviene el neoliberalismo? Historia del neoliberalismo.

3.1. El coloquio Walter Lippman.

3.2. El neoliberalismo entre la Segunda Guerra Mundial y los años sesenta.

3.2.1. El ordoliberalismo.

3.2.2. La sociedad Mont Pelerin.

3.2.3. Los think-tanks neoliberales.

3.3. Años sesenta. El abandono del término neoliberalismo en favor de otros términos.

3.4. Trasfondo inmediato del neoliberalismo actual. Finales de los años 70 y años 80.

3.5. La aparición del neoliberalismo económico. El monetarismo de la escuela de Chicago. Las políticas económicas de los años 80.

4. El resurgir del término “neoliberalismo”.

4.1. El resurgir del término “neoliberalismo” en EEUU en los años ochenta.

4.1.1. El Consenso de Washington.

4.2. El resurgir del término “neoliberalismo” en el Chile de los años ochenta. Un ejemplo de aplicación práctica del neoliberalismo y sus consecuencias y del movimiento pendular de la Historia.

4.3. La dictadura militar de Chile. El gobierno de Augusto Pinochet y la llegada del neoliberalismo a Chile con los Chicago boys.

4.3.1. La herencia recibida.

5. Una crítica y análisis general del neoliberalismo.

6. Bibliografía.

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0. Introducción.

Hola a todo el que se lo merezca.

Voy a retomar el blog continuando con la serie de artículos de El neoliberalismo contrastado. Sí, ya sé que prometí en el anterior artículo que continuaría con uno dedicado al marxismo, pero he decidido rehacer la “cola de espera” de elaboración de textos sobre Economía. ¿Por qué? Por varias razones, pero las principales son:

1) -Que me preguntáis más sobre el neoliberalismo en mensajes y comentarios. Parece ser que os mueve más la curiosidad sobre este tema.

2) -Considero más importante, urgente y “actual” hablar sobre el neoliberalismo que no sobre el marxismo. El marxismo es conocido por bastantes personas, pero el neoliberalismo continúa siendo un desconocido para el gran público, algo así como un “nombre fantasma” que está en boca de todo el mundo pero que pocos sabrían definir. El marxismo está más “claro” que el neoliberalismo, por decirlo así, al menos en términos académicos.

Sabéis que no dispongo de mucho tiempo, así que he de centrarme siempre en lo que más hincapié me hacéis. Que no se preocupen aquellos que me han pedido que trate sobre la cualidad de científica o no de la teoría marxista (adelanto: no), que lo redactaré (espero que sea el próximo, pero no puedo garantizarlo).

Una vez más, me veo en la obligación de reconocer que si me meto en el “fregao” que supone el redactar un ensayo gigantesco tratando un tema tan peliagudo y polémico como es un estudio completo del neoliberalismo es porque, intentando responder a mis lectores como profesional de la Economía, he podido indicarles poco material online al respecto en castellano (así que he decidido hacerlo yo). Cuidado, cuando digo “poco” me refiero a que hay poco material serio, completo, bien desarrollado o tratado desde un punto de vista lo más objetivo y neutral posible de manera sencilla. Si bien existen libros de Historia o de Política Económica relativamente serios, considero que no están accesibles al público internauta o emplean un lenguaje académico demasiado serio y enrevesado… y que los textos en español al respecto sobre el neoliberalismo por internet son o para echarse a llorar de malos o para liarse a dar hostias de dos en dos hasta que salgan impares. Por internet se encuentra uno disparates sobre el neoliberalismo a más no poder: los hay que dicen que no ha existido nunca y que no hay ni ha habido jamás ningún economista que se haya calificado a sí mismo como neoliberal (¡toma ya!); los hay que dicen que es un invento yanqui y que capitalismo y neoliberalismo son la misma cosa; que si es el fruto de una conspiración judeo-masónica illuminati para someter a todo el mundo; y eso cuando la web en cuestión no es una de esas en las que escribe un facha anticomunista de escopeta y perro pijo “osea” alabando a Margaret Thatcher diciendo que fue un gran invento y que hay que privatizar hasta el concepto de familia… o la de un perroflauta chavista alternativo y antiglobalización que te dice que el neoliberalismo es un invento imperialista yanqui y que con Fidel Castro viviríamos mejor.

En fin…

El problema principal de tratar el neoliberalismo es que como es un concepto TAN odiado por ciertos sectores y tan cargado ideológicamente (ayyyyy… el emocionalismo humano, qué malo es para analizar fríamente las cosas), han acabado viendo en él el mismísimo Mal encarnado y es, por tanto, más fácil batir un huevo en un dedal que encontrar información seria por internet sobre él. Espero lograr con este ensayo el que logréis aprender a diferenciar qué es verdad y qué es mentira sobre el neoliberalismo, sin odios ideológicos, sin prejuicios cognitivos, sino con un análisis lo más objetivo posible… y con un lenguaje fresco, ameno, divertido y asequible para el común de los mortales (así se hace más llevadera la lectura de un texto tan largo). Adelanto (por si hay algún partidario de las políticas de libre mercado que me esté leyendo) que por mucho análisis objetivo e imparcial que se haga sobre las consecuencias del neoliberalismo… éste no va a salir muy bien parado… porque NO puede salir bien parado después de analizar científicamente sus consecuencias. Que yo me libre en mi análisis de espumarajos de rabia antiglobalización, de dialéctica comunista, de verborrea perrofláutica o de chabacanería chavista no va a implicar pero que ni por asomo que yo vaya a concluir que el neoliberalismo sea “bueno”. Al contrario, un análisis serio académico, científico y econométrico en condiciones va a mostrar a las claras claritas que el neoliberalismo (las políticas fundamentalistas de libre mercado que se llevan aplicando desde los años ochenta) es una de las peores formas de gestión de entre las muchas que hay del esquema estructural capitalista. El neoliberalismo, aunque se haya exagerado a veces lo dañino que es, viéndolo en una perspectiva general es cierto que es más malo que cagar sangre, así de claro lo digo desde ya. Por eso aviso: ya sabéis dónde está la puerta. Cerrad al salir.

Portada del libro

Portada del libro “A Brief History of Neoliberalism” (“Una Breve Historia del Neoliberalismo”), por el antropólogo y geógrafo británico de ideología marxista David Harvey. 2005. Editorial Oxford.

¿Qué vamos a ver en este ensayo sobre el neoliberalismo?

-Vamos a estudiar, ante todo y sobre todo, la evolución del término “neoliberalismo”, qué ha significado durante diversas épocas porque NO siempre ha tenido el mismo significado en casi un siglo que se lleva empleando la palabrita: ha variado a lo largo del tiempo. Tanto, que ha llegado a significar incluso cosas contradictorias. Por ejemplo, “neoliberalismo” significa una cosa en el mundo académico y otra algo distinta, “en la calle”. Al contrario de lo que aseguran muchos pro-liberales, el neoliberalismo SÍ ha existido y está referenciado académicamente incluso con ese nombre… y es cierto, también, que las connotaciones peyorativas e insultantes del término le han sido proporcionadas desde fuera del mundo académico, especialmente por parte de sus detractores, hasta llegar al punto en que se ha convertido en su significado principal: políticas (principalmente económicas) contemporáneas extremistas y fundamentalistas de libre mercado.

-Veremos cómo ha evolucionado esta supuesta corriente de pensamiento político-económico, tanto en la práctica, en la política “real” de los gobiernos como en el mundo académico y científico económico… que para eso es un economista el que os está escribiendo el ensayo. Podremos comparar, a través del estudio de la evolución del pensamiento económico en el siglo XX (y principios del XXI), cómo y por qué surgió el neoliberalismo, qué había antes de él, y por qué llegó a ocupar un puesto tan importante en el desarrollo de las políticas económicas de finales del siglo XX y principios del XXI.

-También veremos cómo han afectado las políticas llamadas “neoliberales” a las sociedades de varios países en diferentes momentos. No fue lo mismo el neoliberalismo alemán posterior a la Segunda Guerra Mundial que el del gobierno de Ronald Reagan en los EEUU de los años ochenta o el aplicado por los asesores del dictador Augusto Pinochet en Chile. Trataremos lo más pormenorizadamente posible cómo afectaron esas políticas a las personas de los países donde se aplicaron y estableceremos comparativas para que podáis ver por vosotros mismos si esas políticas económicas fueron eficaces, dañinas o no.

-Vamos a estudiar los nombres más relevantes de entre quienes se han calificado a sí mismos como “neoliberales” y quiénes han sido calificados de “neoliberales” por otros grupos. Asimismo veremos qué entienden diversos grupos que es el neoliberalismo… porque no significa lo mismo para según qué personas. Neoliberalismo ha significado cosas muy distintas para aquellos que empezaron empleándolo en los años treinta, los economistas inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los políticos anglosajones de los años ochenta y los movimientos alternativos y antiglobalización de principios del siglo XXI.

Mi intención principal es que acabéis entendiendo qué ha sido y es el neoliberalismo, y aprendáis sus características, así como que podáis diferenciar verdades y mentiras que sobre este “concepto” os digan u os encontréis por ahí (ese “por ahí” que suele ser internet o la barra del bar), intentando combinar en un ensayo lo más completo posible tanto el punto de vista académico, econométrico y científico y una explicación lo más clara… y contundente posible.

Este ensayo va a ser el resumen y cuerpo central de mi serie de artículos El neoliberalismo contrastado.

Espero que hayáis podido observar que he corregido, remaquetado y aumentado los primeros artículos de la serie, todo ello con vistas a dejar una obra de consulta lo más completa y, sobre todo, clara, posible… utilizando un lenguaje lo más accesible para el público no entendido en Economía. Una vez más, me veo en la obligación de señalar dos cosas:

1) -Va a ser un ensayo muy largo, completo y denso, así que ya sabéis: a leer en varios días si hace falta.

2) -El aviso que doy siempre (porque sé que la mayoría “no sabe leer una página web”): quién soy, el porqué de mi estilo, a qué se dedica esta página, las normas para poder comentar y demás cuestiones adicionales, en el menú principal de la parte superior derecha de la web.

Sin más dilaciones, pasemos a tratar de explicar qué es el neoliberalismo.

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1. Recapitulación. Trasfondo histórico.

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En anteriores artículos, vimos la evolución de la economía mundial en el siglo XX. La historia económica del siglo pasado, vaya.

Collage con algunas de las imágenes de los sucesos y protagonistas más importantes de la historia mundial del siglo XX.

Collage con algunas de las imágenes de los sucesos y protagonistas más importantes de la historia mundial del siglo XX.

Diversos sucesos históricos iban conformado el devenir de la historia, y la evolución social del ser humano. El ser humano no avanza en línea recta como muchos creen (no es una evolución siempre ascendente, sin altibajos), sino dando “bandazos” de un lado hacia otro, esto es, primero tira hacia un lado, llega a una serie de excesos, entra en crisis, en la época siguiente tira hacia otro, y vuelta a empezar… experimentando en sus propias carnes por dónde debe ir, buscando su camino. A eso, en Historia, se le llama “el movimiento pendular”. No es igual, pero sí parecido, a lo que se suele llamar en ciencias exactas, por “método de ensayo y error”.

Cada época de la historia del ser humano (por ejemplo, Alta Edad Media, Renacimiento, Belle Époque, años veinte,) viene definida por una serie de características que nos sirven para diferenciarla de la anterior (y de la posterior). Cada época se caracteriza por tener una serie de ideas, temas más o menos comunes, filosofías, creencias extendidas, un modus vivendi… que quedan plasmados en el arte plástico, la moda, la política, la música… y la economía.

Así, pudimos constatar que en algunas épocas del siglo XX predominaban actitudes más liberales (por ejemplo, los “locos años veinte”, donde se prodigaba una actitud de desenfreno social, gasto, libertad sexual, políticas más laxas, etc., como contrapunto a los horrores de la Primera Guerra Mundial), llegaba un momento de crisis o “ruptura” (el crash del 29), y la época posterior se caracterizaba por actitudes y situaciones contrarias o contrapuestas (años de la Gran Depresión, caracterizados por la escasez, el ahorro y políticas más autoritarias). A ver, entended que estos contrapuntos son siempre en líneas generales. Por supuesto que también había gente que gastaba en los años treinta y gente que ahorraba en los años veinte. Estamos hablando de generalidades, movimientos y corrientes, no de términos totales absolutos.

La economía, como parte indisoluble de la vida del ser humano (y de todo ser vivo), no ha sido ajena a esta evolución, ni muchísimo menos.

La economía del siglo XX (y del XIX) se ha caracterizado por un movimiento pendular parejo al de la política e incluso el arte. Vuelvo a decir lo que ya dije en anteriores artículos: cada época es hija de sus circunstancias. Si en los años veinte había más libertad sexual, más desenfreno moral o más ansia de gastar que en la época anterior fue por una serie de circunstancias… La gente quería olvidar las penalidades de la Primera Guerra Mundial, se produjo un crecimiento económico brutal tras la guerra (porque estaba todo destrozado, hacía falta mucha mano de obra, había mucho trabajo, mucha producción, se necesitaba mucha fábrica), que llevó aparejada una prosperidad generalizada sin precedentes hasta entonces, eso facilitó el gasto, ello a su vez hizo aumentar la producción de bienes y servicios, la gente elegía partidos o llegaban al poder políticos que eran más permisivos en lo social, en el arte todo eso se manifestó en una libertad conceptual (dadaísmo, surrealismo), etc. Lo que quiero que veáis en resumidas cuentas, es que todo está interrelacionado.
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Este “movimiento pendular” en la Historia de la Economía en nuestra Era Contemporánea (desde la Revolución Francesa para acá), se puede definir, a grandes rasgos, como una lucha (o una elección) a una escala monumental entre DOS formas genéricas de ver la economía:

a) No tocarla, que quede libre y se desarrolle sola, que “el mercado” se autorregule y controle él solo, que no se “intervenga” en él. A esto se le llama no-intervencionismo.

b) Intervenir en la economía para que no se descontrole, ya sea a través del Estado o a partir de un esfuerzo consciente por parte de la sociedad. A esta actitud se la llama intervencionismo.
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Veamos en un esquema-resumen el movimiento pendular en la economía desde el siglo XIX. Cada época histórica, como veréis, lleva aparejada una especie de “teoría económica” (más o menos “intervencionista”) que es la más representativa de ese segmento temporal:

Siglo XIX: liberalismo. Teoría no intervencionista, busca que el Estado no intervenga en Economía, y que deje al individuo trastear su economía a su antojo. Esas políticas causan una feroz competencia entre naciones (“capitalismo salvaje”), que se lanzan a intentar conquistar los mercados de las demás, como sea…

Finales del siglo XIX y principios del XX: mercantilismo imperialista. Teoría más intervencionista que no-intervencionista. Para evitar esa competencia, las naciones (los Estados) buscan colonias y, con ellas, garantizar acceso a las materias primas y mercados para sus productos, cerrando esos mismos mercados a las demás naciones (“son míos y aquí vendo yo, no tú”). Ese expansionismo nacionalista y colonial conduce a un choque entre las grandes potencias en la Primera Guerra Mundial. Como reacción a la devastación causada por la guerra…

Años 20 (“años locos”): especulación y producción masivas. Políticas económicas no-intervencionistas, para facilitar la especulación y el crecimiento rápido. La especulación conduce a…

El Crash de 1929 y la Gran Depresión (años 30): Políticas dirigistas de “mendigar o fastidiar al vecino” y dirigismo estatal del tipo New Deal, que son políticas muy intervencionistas, para proteger “como sea” a la economía de la nación de tan terrible crisis. Esa misma crisis, de la que no se puede salir fácilmente debido a que cada nación mira por sí misma, ayuda a crear el caldo de cultivo para que se produzca la Segunda Guerra Mundial.

Tras la guerra (1946) y hasta mediados de los años 70 (“era dorada del buen capitalismo”): las naciones procuran ponerse de acuerdo en Bretton Woods (1944) y actuar con las políticas del keynesianismo, que es más intervencionista que no-intervencionista, para recuperarse de la devastación de la guerra y poner orden en la economía mundial. La economía crece a buen ritmo durante el periodo más largo de estabilidad económica de la Historia, pero una serie de circunstancias (Guerra Fría, guerra de Vietnam, malas políticas monetarias, gastos militares desorbitados en varias potencias de primer orden y la crisis del petróleo de 1973), causan el descrédito del keynesianismo, y…

Mediados de los años 70 hasta 2007-2008: se adopta lo que se ha dado en llamar popularmente el neoliberalismo en muchos países, especialmente de la esfera cultural anglosajona. Esta filosofía económica predica políticas no-intervencionistas, como el libre comercio y el libre mercado.
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Fuentes:

http://homepage.newschool.edu/het//index.htm

http://socserv2.socsci.mcmaster.ca/~econ/ugcm/3ll3/

http://www.londoninternational.ac.uk/sites/default/files/programme_resources/lse/lse_pdf/subject_guides/ec2096_ch1-3.pdf

http://www.nber.org/papers/w7569http://www.earth.columbia.edu/sitefiles/file/about/director/pubs/Oxfordreview_winter99.pdf

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Y, ahora, desarrollemos todo esto un poco más.

Podemos comprobar que el siglo XX empezó con una serie de políticas de proteccionismo de los imperios coloniales durante la Belle Époque; en los años veinte, las políticas económicas (al menos las internas de muchos países) fueron más laxas, más relajadas; después del crash del 29, durante la Gran Depresión, los gobiernos se pusieron firmes e intervinieron muchísimo para intentar controlar la crisis; estalló la Segunda Guerra Mundial (alentada por los efectos de la Gran Depresión), y se instauró un orden, un conjunto de acuerdos, más o menos “colegiado” entre los diferentes países, a través de diversas instituciones de alcance mundial (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etc.), con el fin de intentar establecer un marco seguro de actuación mundial económica después de tanto “bandazo” y tanta crisis económica, en 1944, que combinara libertad económica e intervención estatal e internacional: los acuerdos de Bretton Woods.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los países de tipo occidental o “capitalista” eligieron un modo de llevar su economía (una mezcla de intervencionismo y no-intervencionismo), y los países de tipo “comunista”, dirigidos por la URSS y China, siguieron optando por una forma muy intervencionista. Recordemos que en esta serie de artículos estamos tratando la evolución económica en los países de tipo “capitalista”.

Después de haberse experimentado y sufrido las aproximaciones más radicales en la economía de la primera mitad del siglo XX, diversas personalidades del mundo académico, de las finanzas y de la política de muchos países “capitalistas” vieron que la solución no estaba en ser lo más intervencionista posible o lo menos intervencionista posible, sino que había que combinar ambas aproximaciones.

Digo esto porque, una vez más, quiero que entendáis que esa “lucha” o elección entre intervencionismo y no-intervencionismo no se ha dado en términos absolutos… No al menos en los países de tipo occidental, capitalista, del Primer Mundo, etc. Las distintas épocas se han caracterizado por tener un mayor o menor grado de intervencionismo, no que una época fuera de intervencionismo total y la siguiente de falta de intervención económica total. La dicotomía entre intervención y no-intervención, se ha dado normalmente por “grados”. Incluso en épocas caracterizadas por una gran intervención en economía, como los años treinta, se permitía la iniciativa privada empresarial y se respetaba el concepto de propiedad privada (recordemos: estamos hablando en líneas generales y de países de tipo “capitalista”). Y, al contrario, incluso en épocas caracterizadas por una gran libertad económica, como principios del XIX, los Estados tasaban con impuestos e imponían aranceles, leyes y normas de regulación económica para muchos productos (las armas, por ejemplo).

Los acuerdos de Bretton Woods, de 1944, que se buscaron para solventar tanta crisis e intentar prevenir tanta guerra y conflicto como los sufridos en la primera mitad del siglo XX, crearon un marco y unas condiciones que propiciaron un desarrollo bastante estable durante los siguiente treinta años (a veces se les denomina nostálgicamente “los dorados años del buen capitalismo”). Un gran número de países, dirigidos por EEUU y, en menor medida, Gran Bretaña y otros países europeos, crearon un marco de actuación común que sirviera para estabilizar las relaciones económicas entre ellos. Entre las medidas más destacadas: se creó un sistema de tipos de cambios fijos entre las monedas más importantes (para evitar las dañinas guerras de divisas, esto es, entre las monedas de los diferentes países); se crearon el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para que los gobiernos de los países pudieran invertir o pedir préstamos; se adoptaron planes de recuperación para las zonas devastadas por la guerra (por ejemplo, el Plan Marshall); se aceptó el liderazgo económico de EEUU y de su moneda, el dólar, que quedaba fijada a un valor en oro determinado y fijo (de hecho, fue la única moneda que quedó como directamente intercambiable por oro).

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El keynesianismo fue la teoría dominante en Economía durante esta época.

Es la teoría económica diseñada y abanderada por el economista (entre otras cosas) británico John Maynard Keynes (1883-1946). Vamos a citar las características del keynesianismo para que podáis comparar posteriormente con las del neoliberalismo que vino después.

John Maynard Keynes en la portada de su obra más importante,

John Maynard Keynes en la portada de su obra más importante, “Teoría General del empleo, el interés y el dinero” (1936).

1) Es una teoría del “término medio”, esto es, a medio camino entre intervencionismo y no intervencionismo, pero más bien intervencionista. Keynes fue el representante en Bretton Woods del término medio entre intervencionismo (que el Estado intervenga o se meta en economía) y liberalismo (no intervención del Estado en economía): ni tanto, ni tan calvo… No se puede dejar a los empresarios hacer y deshacer lo que les salga de las narices, porque ellos también se pueden cargar la economía (y lo hacen, y mucho más a menudo que el Estado).

2) Las decisiones del sector privado no son siempre eficientes, por lo que el Estado (el sector público), debe actuar cuando el sector privado falle, a través de políticas monetarias, fiscales y el control del banco central (independiente). Esas políticas estatales deben conducir a que el ciclo económico se vuelva a estabilizar.

3) El papel del Estado (y, por ende, del gobierno de un país), es fundamental en establecer los mecanismos de control pertinentes para evitar que la economía de ese país se vaya al carajo. Es decir, la autoridad última en materia económica debe estar en los representantes del pueblo. El gobierno debe velar por la buena marcha de la economía porque es su deber. Si se deja sin control a los empresarios y especuladores, la cosita va a ir muy mal, por mucho que se empeñen en asegurarnos que ellos son la base de la creación de riqueza. Eso no es así porque el Estado también puede crear riqueza, bajo la forma de destinar recursos nacionales (generalmente dinerito) a promover el crecimiento económico.

4) Es decir, según Keynes, la solución a las depresiones y crisis es estimular la economía, y eso se hace a través de dos medidas fundamentales: reducir los tipos de interés (para facilitar la concesión de préstamos con los que salir del “bache” y promover la inversión), y la inversión gubernamental a través del gasto en infraestructuras. Ésta última medida consiste en crear empleo por parte del gobierno, generalmente contratando gente para hacer obras o trabajos que:

a) sirvan al país para algo (carreteras, puentes, embalses, edificios, escuelas), y…

b) requieran muuuuucha gente, para eliminar el desempleo y que la gente así contratada “gaste”, yendo a los bares, comprando cosas… y haciendo que, con ese gasto, la economía vueeeeelva a tirar para adelante. Ese “estímulo” comienza una cascada de eventos, cuyo incremento total final de la actividad económica sea un múltiplo de las inversiones originales, y eso significa en castellano “que cada euro gastado por el Estado se convierta después en muuuuchos más euros en la economía del país”. A eso se le llama el multiplicador keynesiano (el gasto de hoy es la inversión del mañana).

5) Así pues, una de las armas principales que tiene un Estado a su alcance para salvar la economía en tiempos de crisis es… el gasto público a través de una política fiscal y monetaria activas (que el Estado no se toque los cojones, que está para algo y para eso le pagamos). A través de las inversiones en cosas como obras públicas, generación de empleo estatal y proyectos de gran envergadura, el dinero del Estado se distribuye entre la población, al pagar sueldos y financiar empresas que hagan esos trabajos. Ese dinero hará que la gente gaste y que, con ello, la economía vuelva a crecer o a desarrollarse. Si el Estado no tiene recursos en el momento debe endeudarse (generalmente con deuda pública), para que ese dinero obtenido en el presente produzca un aumento de la actividad económica en el futuro próximo, reduciendo el desempleo y eliminando la espiral de competencia a base de bajar más el precio que los demás (deflación), que es una competitividad muy mala que jode a las empresas y a la economía totalmente. Ésta es una de las genialidades de Keynes: que el Estado se meta en un déficit para salvar la economía del país gastando un dinero que no tiene, aunque se desajuste el presupuesto, que ya lo equilibraremos más tarde.

6) ¿Cómo se recuperará de esa deuda después? En el futuro, cuando la actividad económica se haya estabilizado e incrementado, el Estado dispondrá de muchas nuevas fuentes de ingresos que no tenía durante la crisis (generalmente bajo la forma de impuestos: si ahora las empresas y la gente tienen más dinero, se les puede cobrar impuestos, si son pobres, como durante una crisis, no se les puede exigir ni una mierda). Es decir, el papel fundamental del Estado en economía es vigilarla y estimularla… “estar encima de ella”, no dirigiendo al estilo fascista, sino “encauzándola”. Los economistas liberales dicen que el mercado se autorregula solo, que el Estado no es necesario, y que las crisis se solucionan solas. Keynes les dice que dejen de fumar porros que no les están sentando bien, que después de la crisis del 29, es más que obvio que el Estado tiene que intervenir para salvar a las personas y controlar la cosa para que la especulación y/o los posibles “desvíos” o imprevistos (especialmente las guerras) no jodan a las personas… que si tenemos un Estado es para ayudar, no sólo para defender la propiedad privada. El equilibrio gasto-ahorro por parte del Estado quedaría así, grosso modo: durante los malos tiempos el Estado tiene que gastar más y cobrar menos impuestos (incentivar el gasto y la economía), y durante los buenos tiempos, tiene que ahorrar y cobrar más impuestos (recuperar los gastos, obviamente).

7) La finalidad de la Economía es acabar con la pobreza… y eso se hace combatiendo el desempleo. La pobreza crea más pobreza. Si todo el mundo tiene empleo y sueldo, todo el mundo gasta, y eso hace ir bien la economía.

8) Reducir los sueldos no sirve necesariamente para incentivar la economía. Los economistas liberales dicen que, en tiempos de crisis, hay que reducir los sueldos de la gente y/o echarlos a la calle para “eliminar gastos”. Keynes dice que eso (el desempleo o el empobrecimiento y pérdida de valor adquisitivo de los trabajadores), provoca que la gente tenga menos medios para comprar, y que la economía, al no haber quien compre, cae más y más en una espiral de empobrecimiento (cuanto menos compra la gente, tanto menos venden las empresas, y tantos más gastos han de reducir las empresas, despidiendo cada vez a más gente, etc.). Los parados no compran. Y si la gente no compra, las empresas (y la economía) salen perdiendo. Keynes dice que hay que alcanzar un punto de acuerdo en los sueldos: en tiempos de crisis, las empresas y el Estado tienen que pactar con los trabajadores (sindicatos) si es preciso congelar o reducir los sueldos temporalmente, pero no echar a la gente por sistema: tienen que salir todos juntos de la crisis, haciendo esfuerzos todos.

9) Ahorrar en exceso (acaparar dinero) es malísimo. Para Keynes, el ahorro de dinero sin perspectivas de ser utilizado para invertir más tarde, es decir, el acaparamiento del dinero (especialmente en manos de unos pocos avariciosos) es terrible, porque ese dinero se queda quieto en la caja fuerte, sin que sirva para reactivar la economía, y no llega a la gente. Keynes dice que eso hay que castigarlo (principalmente cargando con impuestos a esos avaros), para obligarles a que muevan ese dinero y circule por la economía, aumentando su actividad… y creando empleo, claro.

10) Keynes odiaba el patrón oro y la convertibilidad directa del dinero en oro. Fue uno de los primeros en ver que no habría oro (un elemento finito) en un futuro para respaldar una cosa que no paraba de producirse (billetes)… y que daba muchos problemas y causaba (y causaría) muchas crisis. Keynes quería una moneda mundial (la llamó el bancor), cuyo valor y credibilidad quedara prefijado de mutuo acuerdo entre todas las naciones, evitando la especulación monetaria y el tener que usar oro (o demasiado oro) de reserva, ya que sólo habría una moneda para que la usara todo el mundo, y eso estabilizaría los precios. Propuso eso en Bretton Woods, pero los americanos impidieron que esa propuesta llegara a realizarse… querían que su dólar actuara como moneda de referencia mundial… y que éste fuera tan valioso como el oro. Así les fue y así acabamos todos como acabamos por culpa de los yanquis.

11) La economía internacional y las políticas monetarias interestatales deben estar pactadas y supervisadas por órganos neutrales. Keynes consideraba que los desmanes ultraproteccionistas de los años 30 agravaron la Gran Depresión y la hicieron más larga. Cuando vio que cada nación dirigía con puño de hierro su economía, y que a las demás le dieran por saco, Keynes decidió acabar con ello: todos tenían que ponerse de acuerdo, y tan malo era intervenir en demasía (dirigismo, fascismo, comunismo) como no intervenir nada (liberalismo clásico, capitalismo salvaje). Keynes ayudó a fundar con esos principios el Banco Mundial (que diera préstamos a bajo interés a los países pobres para prosperar) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) para regular las relaciones económicas a nivel mundial. Ambas instituciones nacieron con principios muy bondadosos, keynesianos e internacionalistas. De hecho, en la carta fundacional del FMI aparece que su función es acabar con la pobreza. ¿Por qué hoy en día esas instituciones no siguen las directrices que les marcó Keynes? Porque los neoliberales se apoderaron de ellas allá por finales de los 70 y principios de los 80, causando que muchas naciones sufrieran por ello. Ya hablaremos en posteriores artículos sobre el Banco Mundial y el FMI.
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Estos treinta años de “la era dorada del buen capitalismo” se caracterizaron por un gran desarrollo del Estado del Bienestar, bajo desempleo, crecimiento elevado y/o sostenido, estabilidad económica, baja inflación… Parecía como si se hubiera dado con la tecla de lo que se necesitaba la economía mundial. No es que fuera una época perfecta y sin altibajos (tuvo algunos localizados como la crisis de Corea, en los años cincuenta), pero comparado con todo lo que se había sufrido antes e incluso siglos anteriores, fue una época inusualmente tranquila y próspera en lo económico (más bien en lo macroeconómico).

Pero en esta vida, nada bueno dura mucho tiempo.

Por favor, entended que prácticamente nada de lo que haga el ser humano es eterno. La entropía (el desorden, la decadencia) afecta también a los sistemas creados por éste.

Una serie de causas motivaron el “desgaste” o descrédito del intervencionismo keynesiano en muchos países. Repasemos las más fundamentales (hubo más), que están muy relacionadas con el papel de liderazgo del mundo occidental que adoptó EEUU tras la Segunda Guerra Mundial.

a) –La Guerra Fría. El mundo, desde finales de la Segunda Guerra Mundial, estaba más o menos dividido en dos bloques político-económicos antagónicos: el mundo capitalista, dirigido por EEUU, y el mundo comunista, dirigido por la URSS. Este enfrentamiento se registró a muchos niveles, incluido el económico y el militar. El riesgo de un conflicto nuclear a escala mundial entre los dos bloques que hubiera significado el fin del planeta estuvo presente durante toda la segunda mitad del siglo XX.

El llamado “Equilibrio del Terror” (nadie quería entrar en un conflicto directo por miedo a destruir TODO el mundo), motivó que el enfrentamiento se centrara en otros ámbitos (científico, propagandístico, deportivo, construcción de infraestructuras, etc.). En Economía eso significó que:

a.1. -Los dos bloques se lanzaron a una guerra de propaganda y estadísticas donde intentaban desacreditar al adversario. Las políticas económicas se hacían con el objetivo no ya de prosperar, sino de superar al enemigo. Eso motivó que se tomaran medidas y políticas económicas muy desacertadas, que no se habrían tomado en tiempos de distensión (como no reconocer errores o fallos). Estaba en juego el prestigio frente al enemigo.

a.2. -El gasto militar se salió de padre y de madre y de muy señor mío en la llamada “carrera armamentística” y en la financiación de guerras subalternas (por ejemplo, Vietnam) y regímenes aliados (por ejemplo, Indonesia, El Salvador, Vietnam del Sur). Este gasto supuso una pesada carga para la Economía de muchos países, especialmente de EEUU, que era el líder y el más interesado en combatir a la URSS.

b) –Agotamiento del modelo de Bretton Woods. En las negociaciones de Bretton Woods, los EEUU llevaron la voz cantante, y allí fue donde quedó claro y evidente que ese país iba a ser el líder económico del mundo capitalista. Una serie de cuestiones técnicas tomadas en las negociaciones (principalmente el decidir que el dólar fuera la moneda de comercio básico mundial, gracias a la adopción de una equivalencia fija en oro por dólar) produjo que, a lo largo de los años, los EEUU fueran perdiendo cada vez más su liderazgo económico. Al final del periodo, los EEUU, sujetos a presiones inflacionistas, un déficit horroroso, un ataque especulativo continuo contra su moneda (basada en oro: los especuladores pedían oro por los billetes de dólares cada vez más y más), abandonaron unilateralmente el orden de Bretton Woods porque no podían mantenerlo más (estaba centrado sobre ese país y su moneda), dejando al mundo capitalista en un caos económico sin referencias.

c) -Conflictos bélicos. El mundo de los años 70 era un hervidero de conflictos al calor de la Guerra Fría, la descolonización, y diversas tensiones regionales. Dado que no se podía combatir a cara descubierta por miedo a un conflicto nuclear, las grandes potencias se “peleaban” a través de “conflictos subalternos”. La Guerra de Vietnam fue el caso más decisivo. La progresiva implicación militar estadounidense en el conflicto de Vietnam, que no acababa de ganar y que le estaba costando un dineral y era la fuente principal de su déficit, unido a las atrocidades cometidas motivaron el descrédito internacional de EEUU (demostrado visiblemente durante los movimientos de protesta de Mayo del 68) y el cuestionamiento de su liderazgo político incluso entre sus aliados.

d) -Crisis del petróleo (1973). Ésta fue la causa principal del abandono del modelo económico keynesiano. Un conflicto regional, la Guerra del Yom Kippur, en la que los israelíes (con el apoyo estadounidense) volvieron a ganar otra vez por goleada a los árabes, humillándolos, motivó el que los países productores de petróleo, árabes en su mayoría, decretaran una subida bestial de los precios de la que era (y es) la principal fuente de energía mundial. Esa subida de precio de una materia prima básica (¡producía la inmensa mayor parte de la energía!) produjo una subida de precios generalizadas en muchas otras cosas, lo que, a su vez, produjo una crisis económica como no se recordaba desde la Segunda Guerra Mundial.

e) Básicamente, se acabó por ver que las políticas keynesianas no eran capaces de frenar la cada vez más rampante inflación (la subida de precios, vaya), de las economías de los países de los años 70. Surgieron muchísimas tensiones de tipo social debido al aumento de los precios y por las políticas para frenarlo, manifestaciones y protestas masivas de obreros en países como Gran Bretaña, alentadas por los poderosos sindicatos (trade unions) de la época.
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El caos económico (y político) producido por toda esa serie de factores (y muchos más que me estoy saltando por resumir), motivaron el que algunos gobiernos del mundo capitalista, de índole muy conservadora (de derechas, vaya), que ascendieron al poder con la promesa de terminar con la crisis, abandonaran el keynesianismo y el intervencionismo favorecidos por la izquierda, en pos de una nueva teoría económica que les sacara de la crisis: lo que actualmente llamamos neoliberalismo, una nueva versión de las doctrinas no-intervencionistas liberales de antes del keynesianismo.

Estos gobiernos, los que acabaron aplicando y “exportando” a los demás el neoliberalismo, fueron principalmente (hubo más, como el de Alemania y el de Chile, pero no se dedicaron a “exportarlo,” no al menos en un primer momento):

-El gobierno de Ronald Reagan, del partido republicano, en EEUU.

-El gobierno de Margaret Thatcher, del partido conservador (tory) en Gran Bretaña.

Margaret Thatcher (izquierda) y Ronald Reagan (derecha).

Margaret Thatcher (izquierda) y Ronald Reagan (derecha).

Bueno, pues ahora que ya hemos repasado suficientemente el trasfondo de la evolución económica de la historia reciente, pasemos a tratar directamente aquello de lo que hemos venido a tratar: el neoliberalismo.
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2. El término “neoliberalismo”. ¿Qué es? ¿Qué significa? Numerosas mentiras acerca de este concepto.

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Antes de nada, por supuesto, tenemos que preguntarnos… ¿qué es exactamente el neoliberalismo? Y digo esto porque seguramente los que vengáis de haber hecho consultas previas en otros sitios, os habréis encontrado con que el término es muy escurridizo, por decirlo suavemente.

De hecho, existen numerosísimos prejuicios, malas concepciones y se miente muy a menudo sobre el significado de esta palabra, especialmente por internet. A buen seguro que os habréis encontrado con teorías de la conspiración que dicen que el neoliberalismo nunca ha existido, que nunca ha habido economistas que se hayan llamado a sí mismos neoliberales, que no existen obras neoliberales, que eso es un invento de “alternativos” y de los movimientos antisistema y antiglobalización. Obviamente, todo eso es mentira de echarse a llorar de falso que es. Ya que voy a tratar el nacimiento, evolución y significado del neoliberalismo, aprovecharé de paso para desmitificar estas mentiras de amplia circulación por internet (y, en menor medida, otros medios)… Ya sabéis o deberíais saber si me estáis siguiendo, que esta página web, aparte de tratar sobre divulgación científica, es la web de un economista luchador escéptico en contra de las mentiras, “conspiranoias” (teorías de la conspiración falsas o sin pruebas tras ellas), pseudociencia, ocultismo, religión, posmodernismo… y todo aquello que atente contra la razón, la verdad, la lógica y el método científico.

Lamentablemente para aquellos que predican estas “confusiones interesadas” (principalmente aquellos a los que NO les gusta que les llamen “neoliberales”), el término está más que asentado en la literatura académica, especialmente la económica. Es cierto que se ha abusado del término por parte de sus detractores, pero es absolutamente falso que no exista ni hayan existido ni el neoliberalismo ni economistas neoliberales. También es cierto que gran parte de la confusión sobre el término “neoliberalismo” es debida a que ha ido cambiando de significado desde los tiempos en que nació hasta nuestros días. Lo que ahora, a día de hoy, entendemos popularmente por “neoliberalismo”, es distinto de lo que se pretendía decir cuando surgió.

Portada del libro

Portada del libro “Neoliberalism and After?” del profesor de Magisterio del Departamento de Estudios Educativos de la universidad de Illinois, Michael A. Peters. Un libro muy crítico con el neoliberalismo y la globalización.

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2.1. ¿Qué es el neoliberalismo?

Veamos algunas definiciones para intentar aclarar qué es esa palabra, que ya os puse en su día en otro artículo, pero que voy a expandir más:

1)

Neoliberalismo.
1. m. Teoría política que tiende a reducir al mínimo la intervención del Estado.

Ésa es una definición más “política”, que es la que incluye la RAE.

2)

Neoliberalismo, es en primera instancia, una teoría sobre prácticas económico-políticas que proponen que el bienestar humano avanzará mucho más y mejor si se liberalizan las libertades, las habilidades e iniciativas empresariales dentro de una estructura institucional caracterizada por sólidos derechos de propiedad privada, mercados libres y libre comercio. El papel del Estado es crear y preservar una estructura institucional apropiada para tales prácticas. […] Las intervenciones estatales en los mercados (una vez creados) deben mantenerse al nivel más mínimo posible, ya que de acuerdo con esta teoría, el Estado posiblemente no posea suficiente información para leer entre líneas las señales (precios) y porque los grupos de interés poderosos distorsionarán inevitablemente y condicionarán las intervenciones estatales (sobre todo en las democracias) para su propio beneficio (Harvey 2005:2).
El neoliberalismo es, tal y como lo vemos, un conjunto vagamente definido de creencias políticas que incluyen, típica y prominentemente, la convicción de que el único propósito legítimo del Estado es salvaguardar la libertad del individuo (especialmente a nivel comercial), así como los derechos a la propiedad privada (cf. Mises 1962; Nozick 1974; Hayek 1979).
El neoliberalismo también incluye, generalmente, la creencia de que los mecanismos de mercado libremente adoptados son la manera más óptima de organizar todos los intercambios de bienes y servicios (Friedman 1962; 1980; Norberg 2001).
Los mercados libres y la voluntad de comercio libre, eso es lo que se cree que liberará el potencial creativo y el espíritu empresarial que se construyen dentro del orden espontáneo que subyace a toda sociedad humana y que, por tanto, conduce a más libertad individual y bienestar, y a una más efectiva asignación de recursos (Hayek 1973; Rothbard [1962/1970] 2004).

Éstos han sido unos cuantos ejemplos de entre las decenas de definiciones que dan en este documento en inglés redactado por la facultad de Ciencias Políticas de la universidad de Oslo. Yo os los he traducido al castellano para vuestra comodidad (del inglés, no del noruego, a tanto conocimiento no llego).
3)

El “Neo-liberalismo” es un conjunto de políticas económicas que se han vuelto muy extendidas en los últimos 25 años, más o menos.
Los puntos principales del neo-liberalismo incluyen:
1.El dominio del mercado […] (liberalización de la economía).
2.Recortes en el gasto público para los servicios sociales.
3.Desregularización.
4.Privatización.
5.Eliminar el concepto de “bien común” o de “comunidad”.

Ésta ha sido una definición realizada por luchadores anti-globalización: Elizabeth Martínez y Arnoldo García en el año 2000.

4)

El neoliberalismo es un término utilizado para referirse a un resurgir del liberalismo […]. Esta etiqueta a menudo se utiliza peyorativamente por parte de críticos y oponentes. […] Los neoliberales defienden políticas como el libre mercado, y el libre comercio. […]
Dicho rápidamente, el neoliberalismo busca transferir el control de la Economía del Estado al sector privado.

Un resumen de un extenso paper de los autores de Ciencias Políticas de la universidad de Berkeley, Taylor C. Boas y Jordan Gans-Morse de junio de 2009: “Neoliberalism: From New Liberal Philosophy to Anti-Liberal Slogan”. Studies in Comparative International Development (“Neoliberalismo: de la Nueva Filosofía Liberal al eslógan antiliberal”. Estudios de Desarrollo Internacional Comparativo).
5)

Neoliberalismo.
n
1. (Gobierno, Política & Diplomacia) una teoría moderna político-económica que favorece el libre comercio, la privatización, mínima intervención del gobierno en los negocios, un gasto reducido en servicios sociales, etc.
Collins English Dictionary – Complete and Unabridged © HarperCollins Publishers 1991, 1994, 1998, 2000, 2003.

Ésa ha sido una definición del diccionario inglés Collins.

6)

neoliberalismo
Movimiento que modifica el liberalismo clásico a la luz de las condiciones del siglo XX.
-Ologies & -Isms. Copyright 2008 The Gale Group, Inc.

Una definición de “neoliberalismo” según la obra -Ologías e –Ismos, de The Gale Group.

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2.2. Sumario de definiciones. Características del neoliberalismo.

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Ahora voy a traducir todo eso en el lenguaje de la calle, para que me entienda hasta el más tonto.

Así que, resumiendo: se entiende por neoliberalismo una filosofía político-económica cuyos partidarios predican cosas como la liberalización económica, el libre comercio, mercados libres, la privatización, la desregulación y aumentar el papel del sector privado en la sociedad moderna.

Hoy en día, sin embargo, se utiliza el término, sobre todo y ante todo, como un término peyorativo, insultante, de condena general por decirlo así, de las políticas de liberalización económica y sus partidarios. El término “neoliberalismo” es empleado sobre todo por sus opositores, refiriéndose con él a políticas económicas radicales o fundamentalistas de libre mercado.

Muchos autores emplean términos que son cuasi sinónimos, tales como “ultraliberalismo”, “políticas de los partidarios del laissez-faire“, “políticas económicas liberales contemporáneas”, “políticas de desregulación económica”, “capitalismo sin guantes”, y otros que, si bien se asocian a él, son inexactos: “ultracapitalismo”, “capitalismo salvaje”, “economía de mercado”…

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Las características o propuestas más importantes del neoliberalismo (la lista no es completa, incluyo las características más conocidas y aceptadas en la literatura académica económica como propias del neoliberalismo) son:

1) -Liberalización del comercio (que no se pongan trabas a las importaciones, que no se pongan cupos ni límites a las entradas y salidas de productos, que las tarifas sean uniformes, etc.). Básicamente: ¡eh, oiga, señor Estado, déjeme comprar lo que, cómo, cuándo y dónde yo quiera!

2) -Liberalización de la inversión extranjera (que todo extranjero que quiera y pueda, compre sin límites en el país, y viceversa, que todo nacional pueda comprar en el extranjero).

3) -Privatización de las empresas públicas. Según el neoliberalismo, el Estado debe reducirse al mínimo, y deshacerse de pagar o costear servicios innecesarios (que suelen ser pagados con los impuestos). Es más, lo mejor que puede hacer el Estado es deshacerse de todos los servicios públicos y dejar que los gestionen de manera más eficaz (o eso dicen), empresas privadas, que harán mucho mejor y más baratos esos servicios que antes hacía el Estado.

4) -Desregularización: abolición de regulaciones (leyes y normas legales) que impidan la entrada en los mercados, o que restrinjan la competencia, y que las instituciones financieras no sean muy severas en su vigilancia. Básicamente le dicen al Estado: “déjate de tanta ley y tanta releche, y déjame hacer a mí sin tanta tontería, que estorbas, que yo sé lo que me hago y lo hago mejor que tú”.

5) -Garantías legales para los derechos de propiedad privada. Que el Estado garantice que lo mío es mío, y lo tuyo es tuyo. De hecho, esta es una de las pocas funciones para las que debería quedar el Estado, según el neoliberalismo.

6) -La competitividad es buena (que gane el mejor, o la empresa que sea mejor). Para los neoliberales, la competitividad es la razón por la cual las empresas se esfuerzan por mejorar y dar cada vez más y mejores productos a un mejor precio: es la fuerza motriz tras la cual está el ansia de mejorar más y más del capitalismo. Esa es la gran ventaja de lo privado frente a lo público (lento, ineficaz y sin ganas de mejorar, porque como no tiene nada que vender ni ganar, no pone empeño en ello), aseguran los partidarios de las políticas neoliberales.

7) -Menos Estado (minarquismo, el gobierno mínimo necesario), para que no cueste mucho en impuestos, y sólo para lo que de verdad haga falta (policía, jueces, ejército, etc.).

8) -Y más individualismo. El individuo y sus deseos son lo más importante para el neoliberalismo. La persona individual (y no la “comunidad” o el Estado), es la medida de todas las cosas. Es el llamado “egoísmo sano”: mi felicidad va por delante (y, por tanto, mi libertad).

9) -Políticas de disciplina fiscal (que el Estado gaste lo menos posible, y que lo que gaste, lo gaste bien).

10) -Redirigir el gasto público de los subsidios hacia servicios claves más generales (Educación, Sanidad básica, e infraestructuras). En algunas sub-corrientes del neoliberalismo, se llega a decir que incluso ese gasto público mínimo es innecesario.

11) -Reforma fiscal: pocos impuestos… si es que llegan a proponer impuestos. Algunas sub-corrientes del neoliberalismo (como el libertarismo o libertarianismo) llegan a proponer que el Estado se financie con donaciones y no con impuestos.

12) -Tipos de interés determinados por el mercado (no por el Estado).

13) -Tasas de intercambio competitivas entre monedas. Que las monedas no estén protegidas por el Estado, sino que “floten” libremente unas respecto a otras… y que gane la mejor.

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Y otras muchas más propuestas de índole menor (y más “progresistas”), como que el neoliberalismo promueve la legalización de las drogas y la prostitución, se opone a los ejércitos nacionales y predican el alistamiento voluntario, y se oponen a los Derechos de copyright de excesiva duración.

Como podéis ver, algunas propuestas son buenas desde el punto de vista del ciudadano medio, otras no son relevantes más que para algunas personas (o empresas), y otras son más malas que pegarle a una abuela con un calcetín sudado.

Y, una cosa más que espero que hayáis notado… existe un “tema central” a prácticamente todas las propuestas de índole económica del neoliberalismo… la defensa de los intereses de quienes tienen más dinero o más medios de producción.

Lo siento, pero hay que admitirlo: el liberalismo surgió con muchas ideas muy bonitas de libertad del individuo, libertad de conciencia, etc., pero por lo que ha acabado identificándose y caracterizándose es por la defensa de los que más tienen… o los que más buscan tener. Si se les tiene un odio a los neoliberales a nivel popular, hasta el punto en que “neoliberal” ha pasado incluso a convertirse en un insulto, es por algo.

La definición de neoliberalismo ha ido cambiando a lo largo del tiempo. Como podréis haber comprobado en el listado de definiciones, lo que algunos grupos (especialmente luchadores “antisistema”) entienden por “neoliberalismo” no es lo mismo que entendían los que crearon el término. Por decirlo de forma que todos podáis comprender… los críticos del neoliberalismo dicen que es una cosa y los pocos partidarios que tiene (porque hoy en día muy poca gente tiene el valor de calificarse como “neoliberal”, ya que es un término que ha pasado a ser insultante) dicen otra cosa relacionada, pero bastante diferente. Para entender de forma completa qué es el neoliberalismo, me veo obligado a tratar el cómo, dónde, cuándo y por qué surgió el neoliberalismo.

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3. ¿De dónde proviene el neoliberalismo? Historia del neoliberalismo.

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El neoliberalismo surgió como filosofía económica propiamente dicha entre una serie de autores de corte liberal allá por los años treinta (más bien finales de los años veinte), como un intento de revitalizar o enmendar las deficiencias del liberalismo clásico del siglo XIX frente a lo que ellos consideraban que era un auge indeseable de las políticas de intervencionismo en economía que se estaban desarrollando para frenar la crisis de la Gran Depresión (tras el crash del 29, recordemos).

Desarrollemos eso.

En el siglo XIX, la teoría más pujante en términos de cómo entender la Economía, era el liberalismo, llamado en literatura académica, el liberalismo clásico (“el de toda la vida”).

Adam Smith (1723-1790), autor de

Adam Smith (1723-1790), autor de “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones” (1776), obra fundamental para entender los principios de la Economía capitalista. Uno de los máximos exponentes del liberalismo clásico.

El liberalismo buscaba (teóricamente), la libertad individual del ser humano (de ahí, el nombre de “liberalismo”), especialmente frente a la opresión del Estado. Los liberales se caracterizaban por su amor a la libertad en todos los sentidos: libertad de comercio, libertad de creencia (lucharon mucho contra la religión), libertad de no sufrir injerencias de otros seres humanos, libertad de expresión, libertad sin impuestos del Estado, libertad de conciencia, etc., etc., etc. Numerosas revoluciones en Europa (como las de 1848) tuvieron tintes e influencias liberales, los cuales se oponían a los conservadores. Era una teoría en principio progresista que “gustaba” a grandes sectores de la burguesía y de las personas más abiertas de mente de la época. La pugna política que hoy en día vemos en casi todos los países entre izquierda y derecha, se dio en el siglo XIX principalmente entre liberales y conservadores.

Pero conforme avanzaba el siglo XIX y, especialmente, al entrar el siglo XX, el liberalismo fue cayendo en una especie de decadencia monstruosa. Se empezaba a percibir que el liberalismo como opción política no era capaz de frenar los graves problemas que atenazaban a las sociedades. Por ejemplo, aun a pesar de que llegaban sucesivos gobiernos de partidos liberales al poder… éstos no eran capaces de evitar o incluso alentaban guerras como la Primera Guerra Mundial, que fue una auténtica debacle social y económica. El liberalismo no acababa de atender las necesidades de las clases pobres, que cada vez tomaban más conciencia de sí mismas y de sus malas condiciones de vida. Mucha gente se preguntaba que para qué servía una ideología que predicaba la libertad individual… si después no la aplicaba o no sabía resolver los problemas.

El mazazo definitivo del descrédito del liberalismo clásico vino con la crisis de 1929 (el crash del 29). Tras una década de desenfreno y liberalismo económico, donde se permitió la especulación bursátil y financiera a una gran escala, se produjo la crisis económica más terrible del siglo XX: la Gran Depresión, que duró otra década, la de los años treinta (hasta la Segunda Guerra Mundial). Los políticos, la mayoría de la población e incluso las élites intelectuales abandonaron en masa el liberalismo como opción y se metieron de lleno en opciones mucho más intervencionistas que venían a llenar el hueco dejado por el descrédito liberal: socialismo, comunismo, fascismo… Incluso se experimentó un resurgir de la derecha conservadora.

Si bien hubo algunos liberales que se refugiaron en partidos o ideologías de izquierda, la gran mayoría de los liberales de la época acabó por integrarse en partidos políticos de derechas. De ahí viene la asociación entre liberales y conservadores (derecha)… y la creencia que mucha gente tiene a nivel popular de que los liberales son de derechas. No son lo mismo. Lo que sucedió fue que, dadas las dos opciones que se les presentaban (partidos de izquierda o de derecha), la mayoría de liberales escogió sacrificar sus ideas de libertades sociales en pos de la aceptación que les daban los partidos de derechas… de sus ideas económicas. Al incluirse en partidos conservadores, creían tener más opciones de ganar elecciones y/o conseguir la mayoría de sus objetivos, aunque no comulgasen en su totalidad con su ideario. A ver si lo entendéis… los partidos conservadores, si bien no tragaban con muchas ideas liberales en lo social (por ejemplo, el desprecio a la religión o la libertad sexual), acabaron aceptando con los brazos abiertos la ideas económicas liberales sobre desregulación del dinero, bajos impuestos (o eliminación de impuestos), libertad de empresa y lucha contra la inflación. A fin de cuentas, la gente conservadora suele ser la que tiene más dinero, y esas ideas de defensa de los intereses de quienes tienen más dinero de los liberales fueron aceptadas de manera entusiasta por numerosos partidos conservadores (por ejemplo, Margaret Thatcher y Ronald Reagan eran de ideología conservadora, pero defendieron a capa y espada y ayudaron muchísimo a ideólogos economistas liberales como Hayek o Friedman… porque lo “fliparon” con sus ideas que defendían los intereses de los que tienen más dinero). De ahí, la (más o menos falsa) identificación del liberalismo como una ideología de derechas.

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Antes de proseguir, quiero establecer una distinción más, para que podáis encuadrar bien dónde se sitúan los liberales, y podáis diferenciarlos de otras opciones político-económicas aparentemente similares.

Los conservadores creen en un Estado fuerte, que puede intervenir en economía si es necesario. Los conservadores, como los liberales, coinciden en defender los intereses de los que tienen más dinero, pero consideran que eso debe y puede hacerse mejor y más fácilmente a través de las herramientas que otorga un Estado.

Los liberales creen que el Estado debe quedar al mínimo, tan sólo para una serie de cuestiones muy concretas. Cuáles son esas cuestiones está sujeto a debate entre las diferentes ramas del liberalismo, pero la mayoría coincide en que el Estado debería quedar tan sólo para defender la propiedad privada (¡qué “listos” son!), derribar toda traba al comercio, la política exterior, la defensa (Ejército) y quizás el sistema judicial.

Los anarquistas no creen que el Estado sirva para nada en absoluto. Aquí entrarían los anarco-capitalistas, que mucha gente confunde con los neoliberales. Los anarco-capitalistas también defienden ideas similares a los liberales, como la eliminación de impuestos, la libertad personal, de comercio, sin aranceles, etc., Pero ésa es la gran diferencia entre ambos: el papel que cada uno le otorga al Estado: mínimo (liberales) o ninguno (anarquistas).

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3.1. El coloquio Walter Lippman.

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¿Dónde estábamos?

Ah, sí. Habíamos dejado al liberalismo clásico destruido moralmente tras los sucesivos descréditos de la Primera Guerra Mundial y del crash del 29.

Algunos autores de corte liberal (los pocos relevantes que quedaban, muchos de ellos ni tan siquiera eran economistas o políticos) se reunieron (más bien se reagruparon, en terminología militar) en París del 26 al 30 de agosto de 1938. Fue el llamado “Coloquio Walter Lippman”. Se le llamó así porque el motivo que aglutinó a todos los participantes fue que discutieran lo que el periodista y comentarista político estadounidense Walter Lippman, ganador del premio Pulitzer, escribió en su obra de 1937, An Enquiry into the Principles of the Good Society (“Una línea de investigación sobre los Principios de la Buena Sociedad”, considerada la primera obra netamente neoliberal, también os la encontraréis como The Good Society en inglés o La Cité libre en francés), donde trataba la decadencia del liberalismo en la época y el papel que todavía pudiera jugar en la sociedad. Pero el evento en sí fue convocado por el filósofo francés Louis Rougier. [Nota: como podréis comprobar, SÍ ha habido obras neoliberales, al contrario de lo que muchos mienten por internet.]

Portada de la revista

Portada de la revista “Time”, el 30 de marzo de 1931 con la fotografia de Walter Lippman.

Fue una conferencia de intelectuales que tenían un gran interés en estudiar el porqué del declive del liberalismo clásico en los años treinta. Su objetivo básico era el de construir un nuevo liberalismo (de ahí “neo-liberalismo”, “nuevo liberalismo”), que pudiera hacer frente al auge del socialismo y el intervencionismo de los años treinta que combatía la Gran Depresión… y renovar o poner al día el liberalismo clásico. Bueno, ése era el objetivo de algunos de ellos, ahora hablamos más detenidamente sobre eso.

Seguramente hayáis leído que fue en aquella conferencia donde se acuñó por primera vez el término “neoliberalismo”, y que lo acuñó el mismo Walter Lippman. No es cierto. Que se sepa, el término “neoliberalismo”, lo acuñó por primera vez en alemán (neuen Liberalismus) el autor austríaco Ludwig von Mises, líder por aquel entonces de la infame escuela austríaca de Economía, en su obra Liberalismus, de 1927 (nota: en algunos sitios habréis leído que el libro fue traducido al inglés el mismo año: falso, se tradujo al inglés en 1962 por parte de un estudiante de Mises, Ralph Raico).

Señalo esto porque a día de hoy, muchos partidarios de la escuela austríaca niegan que haya existido siquiera el término “neoliberalismo”… ¡y los muy ignorantes desconocen que el término lo inventó Ludwig von Mises, uno de los autores más relevantes de la escuela austríaca, ja, ja, ja…!

En realidad, el principal “difusor”, aunque no creador en sentido estricto de la palabra “neoliberalismo” fue otro participante en el Coloquio Walter Lippman: el sociólogo y economista ordoliberal Alexander Rüstow. Se le tiene a Rüstow como el creador del término “neoliberalismo”, porque fue el que lo dio a conocer primero en inglés y, por tanto, a un público muchísimo más amplio que el que podía entender a Mises y, además, Mises designaba con “neuen Liberalismus” una cosa distinta: con ella se refería a la doctrina de aquellos socialistas que se hacían pasar por liberales (“pseudoliberales”, se les llamó después). Mises, como Friedrich Hayek, el otro gran participante de la escuela austríaca en el coloquio Walter Lippman, adoptaron posturas muy extremistas, enfrentadas a los reformistas, no querían renovar el liberalismo clásico, ya que consideraban que no había fallado. No en demasía, al menos. Observad con detenimiento: Mises llamaba falsos liberales a los que fueran “nuevos liberales”… ya os podéis hacer una idea de lo poco que le gustaba a Mises (y a otros austríacos) el reformar o cambiar el liberalismo.

A la conferencia acudieron veintiséis intelectuales (como podréis observar… no quedaban muchos liberales convencidos). Entre ellos, el mismo Walter Lippman y Rougier que ya hemos mencionado, ordoliberales (una rama del liberalismo) alemanes como Wilhelm Röpke, Alexander Rüstow (Walter Eucken, otro ordoliberal, fue invitado pero no pudo salir de Alemania), los austríacos Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, también mencionados, e incluso empresarios como Ernest Mercier o el polifacético Michael Polanyi. Algunos participantes franceses fueron el filósofo Raymond Aron y los economistas Robert Marjolin y Jacques Rueff.

Los participantes de aquella reunión crearon una organización para promover el liberalismo, el Comité international d’étude pour le renouveau du libéralisme (CIERL, “Comité internacional de estudio para la renovación del Liberalismo”), en francés (la lengua internacional del momento y del país que acogió el evento). Como estalló muy rápidamente la Segunda Guerra Mundial (1939, recordemos), esa organización no tuvo ningún papel relevante, pero sirvió de antecedente para la creación, tras la guerra, de la Mont Pelerin Society (“Sociedad Mont Pelerin”), creada por Friedrich Hayek.

Rüstow se refirió con “neoliberalismo” a un término que le resultaba necesario para separar el nuevo liberalismo que él propuso en la conferencia del liberalismo clásico, el cual consideraba que había fracasado. Rüstow, que fue socialista al principio de su vida adulta, acabó desencantado con las políticas socialistas revolucionarias de la Alemania de después de la Primera Guerra Mundial, y se acabó decantando por el liberalismo, pero un liberalismo más moderado, más acorde a los nuevos tiempos, que tuviera en cuenta el papel organizador del Estado… porque había visto que el liberalismo clásico también había fallado. Rüstow es uno de los llamados “padres de la economía social de mercado”.

Rüstow, Lippman y Rougier, lo que pretendían era admitir que el liberalismo clásico, el llamado a veces liberalismo laissez-faire (del francés, “dejadnos hacer”), había fracasado y necesitaba una renovación acorde con los nuevos tiempos. Esa renovación debía venir, entre otras cosas, por la aceptación de que el Estado debía intervenir en economía en algunos momentos y bajo determinadas circunstancias (por ejemplo, para evitar las crisis).

Pero otros participantes, principalmente los austríacos Mises y Hayek, se negaron en redondo a admitir que el liberalismo clásico hubiera fracasado. Obviamente, Rüstow y la mayoría de los participantes abrieron los ojos como platos ante aquella afirmación… porque era evidente que había fracasado. De hecho, si estaban allí reunidos era por eso. El mundo se hallaba inmerso en una ola de socialismo e intervencionismo económico… porque el liberalismo clásico había causado y/o no había sabido resolver la mayor crisis económica de los últimos tiempos. Es más, se admitía popular y académicamente que la culpa de la crisis residía en haber dejado sin frenos al capitalismo. Rüstow y compañía querían tomar lo que era válido del liberalismo clásico y seguir adelante, abandonando las viejas y demostradas como inútiles concepciones de que el Estado no debía intervenir en Economía. Los austríacos siguieron empecinados en que no, que ellos no veían dónde estaba el fracaso (y mientras, se podía ver a la gente muriéndose de hambre por los cristales de las ventanas).

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Varias cosas antes de seguir.

1) El lector que llegue de primeras a mi blog, quizás no lo sepa, pero he dedicado una serie entera de artículos en exclusiva a tratar de explicar al gran público qué es y cómo las gasta la escuela austríaca de Economía (de Austria, de Viena o psicológica). Resumiendo les diré… que esa escuela es un fraude académico como la copa de un pino. Es archiconocida en el mundo de la Economía por ser una de las defensoras más radicales del ultraliberalismo, del capitalismo laissez-faire, le niega validez al método científico, le niega validez al estudio de la experiencia previa, las Matemáticas y a la Estadística (es pura y dura anti-ciencia), predican el análisis directo de la realidad (al estilo psicoanalista y posmodernista). En fin, todo lo que os diga es poco para resumir la sarta de disparates que creen (¡y promulgan!) los defensores de la escuela austríaca. Pero la característica principal por la que ha sido descartada del mundo serio (científico y académico) de la Economía… es que miente directamente, como hemos visto. Es… algo pasmoso. Niegan la mismísima realidad evidente a simple vista (si queréis saber más, leeos los artículos). La escuela austríaca es absurda y dañina, las dos cosas a la vez. Como seguramente habréis podido comprobar si los conocíais de antes, los seguidores de la escuela austríaca… la inmensa mayoría de ellos odian que se les recuerde el crash de 1929… porque ese suceso histórico en concreto prueba y deja en evidencia el monstruoso peligro que suponen las políticas que ellos mismos predican. Pues ya desde el coloquio Walter Lippman asombraban al resto de sus propios congéneres al negarse a admitir cualquier prueba, incluida esa que podían ver con sus propios ojos.

2) Mucha gente se cree que muchos economistas nos excedemos o “nos pasamos” a la hora de criticar a la escuela austríaca, que si de verdad la crítica es para tanto como decimos. Mmmm… a ver cómo lo digo… Es que nos quedamos cortos. La escuela austríaca “la ha ido liando parda” allá por donde ha pasado. A las pruebas me remito, vamos. Ya vimos la que lió Carl Menger con la utilidad marginal, la falsedad de la Teoría Austríaca del Ciclo Económico, las mentiras de Hayek en Psicología… y ahora estamos viendo el papel que jugaron los austríacos en la fundación del neoliberalismo y cómo se empecinaban en desafiar la más pura y dura realidad y todo atisbo de necesaria reforma ya desde el mismísimo coloquio Walter Lippman. Van haciendo daño allá por donde pasan.

3) Vosotros, lectores, imaginaos la escena, en el Musée Social, todos reunidos allí, con los reformistas por un lado con los ojos abiertos como platos y la boca desencajada de incredulidad, oyendo a los austríacos decir que el liberalismo clásico no había fracasado… ¡cuando estaban allí por eso! Fijaos si habría crisis que tuvo que ser un empresario del aluminio, Louis Marlio, ¡el que les tuvo que pagar el hospedaje! Esperpéntico y patético es lo mínimo que puedo decir. Si yo hubiera sido Rüstow, Rougier o Lippman, me levanto de la silla y me lío a hostias con los austríacos por mentirosos y por obstaculizar la conferencia con mamarrachadas, así de claro lo digo. No es ya que se les tenga manía a los austríacos gratuitamente, sino con motivos sobrados. Durante todo el coloquio, Mises y Hayek hicieron todo lo posible por dinamitar las conclusiones generales y obvias del evento… que se resumían en que era necesaria una reforma del liberalismo. ¡Se trataba de salvar el liberalismo! Y los tipos no pararon de torpedear el evento.

4) Quiero que entendáis, lectores, que yo, como economista o como simple y llana persona, no estoy en contra necesariamente del liberalismo moderado, un término medio que combina libertad e intervención estatal que predicaba (con razón) Rüstow, y que buscaba evitar las crisis. Era obvio que esos reformistas tenían buenas y nobles intenciones… Qué menos que admitir que algo que ha fallado está equivocado y querer reformarlo por el bien de la sociedad. Y quiero que lo comparéis con la maldad (por decirlo así) de los autores austríacos que con tal de no ceder y admitir los errores de sus creencias, negaban la mismísima realidad… y causaron muchísimo daño con ello. Rüstow, Lippman y compañía lo que querían era hallar un término medio, una tercera vía, entre el intervencionismo desaforado de la economía planificada como la del comunismo, y el liberalismo clásico.

5) Es más, fijaos que lo que nació en el coloquio Walter Lippman fue un neoliberalismo… ¡que admitía que el liberalismo laissez-faire estaba equivocado y que el Estado debía intervenir en Economía! Justo lo contrario de lo que se cree popularmente hoy en día que es el neoliberalismo. ¿Qué pasó? Lo iremos detallando, pero os adelanto: conforme fueron pasando los años, se le fue dando la vuelta al concepto hasta acabar significando una cosa contraria a lo que significaba cuando “nació”.

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Alexander Rüstow (1885-1963), sociólogo y economista alemán,  uno de los padres del ordoliberalismo y de la economía social de mercado.

Alexander Rüstow (1885-1963), sociólogo y economista alemán, uno de los padres del ordoliberalismo y de la economía social de mercado.

Ambas partes (reformistas o “verdaderos neoliberales” y austríacos o “liberales de la vieja escuela”) no lograron ponerse de acuerdo en la necesidad de reformar el liberalismo… los reformistas decían que sí, y los austríacos-vieja escuela decían que no. Para los primeros, el coloquio fue un “adiós” al liberalismo clásico, el cual consideraban y con razón, que había fallado. Mises y Hayek no estuvieron de acuerdo jamás en condenar el liberalismo laissez-faire. Pero sí que lograron ponerse todos de acuerdo en unirse para desarrollar un nuevo proyecto liberal. Siguiendo las recomendaciones de Rüstow, dieron en llamar a este proyecto, “neoliberalismo” y los integrantes del coloquio Walter Lippman estuvieron de acuerdo en llamarse a sí mismos “neoliberales” en un principio.

Un alto en el camino antes de seguir: seguramente os hayáis encontrado con muchos austríacos que digan que el neoliberalismo no ha existido y que nunca ha habido economistas que se llamen a sí mismos neoliberales. Bueno, pues ya habéis visto que es una mentira tan grande que no cabe ni en el mismo concepto. No sólo ha existido el neoliberalismo, sino que el término lo creó por primera vez Ludwig von Mises (líder de la escuela austríaca en su momento) y, para colmo, muchos austríacos (¡Mises y Hayek, sus principales representantes, entre ellos!) dieron en llamarse en un momento determinado, “neoliberales”. Yo creo que más mentiroso… no… se… puede… ser. Si os encontráis con gente así, por favor os lo pido, lectores, estampadles este texto que estáis leyendo, en la cara. FÍSICAMENTE.

Sigamos. En las décadas que siguieron al coloquio Walter Lippman (hasta los años sesenta), lo que se entendió como “neoliberalismo” fue eso… un nuevo liberalismo, más acorde a los tiempos, más término medio entre el intervencionismo total del comunismo y el fascismo y el no intervencionismo del anarquismo y del liberalismo clásico. De hecho, el combate principal entre corrientes económicas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se dio principalmente entre:

-Keynesianismo: teoría más intervencionista que no intervencionista.
-Neoliberalismo (liberalismo moderado): teoría menos intervencionista que intervencionista.

Aunque más que un combate fue… una complementación. Ambas corrientes o posturas no se diferenciaban mucho en un primer momento (hasta los años setenta). No al menos en lo más importante (un Estado fuerte que regule la economía pero dejando libertad básica de acción económica al individuo). De hecho, el neoliberalismo moderado de Rüstow se implantó en Alemania y el keynesianismo en el resto del mundo capitalista, sin que ambos siquiera compitieran.

La gran mayoría de los participantes en el coloquio Walter Lippman siguieron en líneas generales las teorías de Alexander Rüstow de alejarse de las concepciones liberales arcaicas de libertad sin restricciones a favor de una economía de mercado pero que estuviera bajo la guía de un Estado fuerte. De hecho, muchos de esos antiguos liberales llegaron incluso a adoptar técnicas e ideas keynesianas. Recordemos: el neoliberalismo quedó establecido en principio como algo bastante diferente del radicalismo de libre mercado con el que se asocia el término neoliberalismo hoy en día.

Los ordoliberales del estilo de Rüstow aplicaron estas nuevas teorías con un tremendo y espectacular éxito en su Alemania natal, logrando recuperarla de los desastres de la Segunda Guerra Mundial, que había perdido, e incluso convirtiéndola, en poco tiempo, en una potencia económica de primer orden. Fue el llamado “milagro alemán”.

Bueno, pues ni por ésas admitieron los de la escuela austríaca que los reformistas del liberalismo tuvieran razón. Conforme iban pasando los años, las diferencias entre los “verdaderos neoliberales” de Rüstow y Lippman y los “liberales de la vieja escuela” como Mises y Hayek, se fueron agrandado. Tanto, que el asunto acabó en una serie de broncas y peleas terribles. Mientras que los “verdaderos neoliberales” demandaban y obtenían intervención estatal para corregir desequilibrios indeseables en las estructuras de mercado, Mises no paraba de insistir en que el único papel legítimo del Estado residía en eliminar las barreras a la libertad del mercado. No era la única diferencia, también disentían al respecto de las políticas sociales y de hasta dónde debía llegar la intervención del Estado: los “verdaderos neoliberales” predicaban políticas de atención social, subsidio de desempleo, pensiones, Sanidad y Educación públicas, cosa que era anatema para los viejos liberales.

Los neoliberales alemanes se desgañitaban enseñando sus datos de mejora de la economía alemana, mostrando que la nueva forma de ver las cosas era mucho mejor a los viejos liberales como Mises… y, sin embargo, a éstos últimos eso les daba igual (total, no les valen ni los datos estadísticos ni el estudio de la experiencia previa ni el método científico…). Para Mises y sus acólitos, los ordoliberales y neoliberales alemanes eran traidores por haber abandonado el liberalismo clásico. El que los “ordos” (como les llamaban despectivamente los austríacos) hubieran salvado a millones de personas y hubieran rescatado a países enteros de la miseria, les importaba un comino. De hecho, Mises llegó a llamar despectivamente al ordoliberalismo alemán, “ordo-intervencionismo”.

Rüstow cogió tal cabreo con la actitud de los austríacos que se despachó bien a gusto contra Hayek y su “amo” (sic) Mises, diciéndoles en una famosa carta que se merecían que los metieran en tarros de alcohol y los pusieran en un museo para exhibirlos como los últimos especímenes de la extinta especie de liberales que causaron la catástrofe de la Gran Depresión.

Rüstow escribió en 1950 Das Versagen des Wirtschaftsliberalismus (“El fallo del Liberalismo Económico”), donde recogió todas las críticas al liberalismo clásico, y a los defensores que todavía le quedaba.

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Notas antes de seguir:

1) Esta no es la primera vez que alemanes y austríacos se pelean por tener diferentes concepciones sobre lo que debe ser la Economía. Ni muchísimo menos. Ya vimos en anteriores artículos que la escuela austríaca nació de una monumental pelea entre intelectuales austríacos y alemanes, que se llamó académicamente, Methodenstreit der Nationalökonomie (“debate sobre los métodos de la Economía”).

-Los alemanes, capitaneados por el economista Gustav von Schmoller defendían las ideas de Escuela Histórica Alemana, que era la corriente principal de pensamiento en la esfera cultural de lengua alemana: conocimiento empírico basado en datos, en un seguimiento de la Historia y la experiencia previa, con la estadística y las matemáticas como herramientas, todo ello para obtener un desarrollo de nuevas formas de mejora social a través de la colaboración institucional consciente y de mutuo acuerdo. En términos políticos, defendían un Estado del Bienestar moderno.

Carl Menger y sus discípulos austríacos defendían una nueva aproximación al estudio de las ciencias sociales, especialmente la Economía, basado en desarrollar leyes y reglas a partir de axiomas evidentes universalmente válidos (esto es, reglas válidas para todos a partir de ideas centrales inamovibles), que las matemáticas no valen para reflejar la conducta humana (la experiencia previa tampoco), y que la mejor forma de hacer las cosas era a través del individualismo y la interpretación directa de la realidad observable. En términos políticos, defendían el liberalismo y la progresiva eliminación del papel del Estado.

Para más detalles véase uno de mis artículos, sobre el origen de la escuela austríaca.

Obviamente, una corriente (la alemana) tenía (mucha) más razón que la otra (la austríaca), pero no por eso la austríaca reconoció que se equivocaba. Como hemos visto, se siguieron peleando en el siglo XX, también.

2) Una vez más, la escuela austríaca “la va liando allá por donde va”, que no nos estamos inventando nada, ya lo podéis ver. No es que el neoliberalismo moderado de Rüstow fuera perfecto ni mucho menos, pero comparado con lo que proponían los austríacos (¡volver al capitalismo desenfrenado y salvaje del laissez-faire!), era gloria bendita… y tenía buenos resultados evidentes, comprobables, tangibles y contrastables. Resultados que la escuela austríaca y otros partidarios “ultras” del capitalismo y el libre mercado laissez-faire, se niegan a reconocer o minusvaloran todo lo que pueden.

3) Traigo todo esto a colación porque quiero que veáis también que la escuela austríaca es tan, tan, tan radical y absurda que incluso otros liberales acaban enfadándose con ella y tildándola de fraude. Ya lo vimos en el artículo dedicado a analizar la falsedad de la Teoría Austríaca del Ciclo Económico que, posteriormente, en los años noventa, Milton Friedman, otro (neo)liberal, acusó formalmente a la escuela austríaca y su TACE de falsos y sus políticas de no-intervención durante la Gran Depresión, de dañinas. Es muy conocido que Friedman y Mises tuvieron serios enfrentamientos personales (como los tuvieron Mises y Rüstow)… ¡Y eso que Friedman fue alumno de Mises! (Mises llegó a llamar a Friedman “socialista” un día que se enfadaron, lo cual es como si Reagan llamara “roja” a Thatcher).

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3.2. El neoliberalismo entre la Segunda Guerra Mundial y los años sesenta.

3.2.1. El ordoliberalismo.

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Bueno, resumiendo: en las décadas posteriores al coloquio Walter Lippman (hasta los años sesenta-setenta), se entendió como “neoliberalismo”, a una doctrina político-económica que podríamos calificar de “liberalismo reformado”, “liberalismo moderado”, un liberalismo actualizado a los nuevos tiempos, a medio camino entre intervencionismo y no intervencionismo, y que acabó llamándose posteriormente, en literatura académica, Economía social de mercado. En palabras de Michel Foucault… “neoliberalismo no es Adam Smith; el neoliberalismo no es una sociedad de mercado” (The Birth of Biopolitics Lectures, “Lecciones sobre el Nacimiento de la Biopolítica”, 1978-1979). Fijaos que lo que se entendía por entonces por “neoliberalismo”… ni lo enlazaban con Adam Smith, el “padre del Capitalismo”.

El neoliberalismo no se extendió mucho tras el coloquio Walter Lippman porque el resto del mundo ya tenía una doctrina que funcionaba tan bien o mejor que ella, el keynesianismo, y con la que no tenía muchas diferencias, la verdad sea dicha. Pero ocupó un lugar predominante en la Alemania inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Los Aliados no tenían muchas opciones en las que confiar a la hora de dejar gobernarse a una Alemania vencida y ocupada militarmente: no podían confiar en los antiguos nazis o conservadores influidos por los nazis ni querían dejar gobernar a los comunistas o socialistas influidos por comunistas, así que tuvieron que recurrir a políticos liberales, que no eran ni lo uno ni lo otro.

Los economistas y políticos que lideraron el llamado “milagro alemán”, se consideraban a sí mismos durante los primeros años de la posguerra como “neoliberales” (y se llamaban así), aunque en literatura académica se les denomina más frecuentemente como “ordoliberales”. Una vez más, es falso el mito que circula por internet y otros medios de dudosa verificabilidad, de que no hubo nunca, jamás, ningún economista o ningún economista de renombre, que se llamara a sí mismo “neoliberal”.

De esta época, aparte de Alexander Rüstow, destaca como economista neoliberal el ministro de Economía alemán Ludwig Erhard, conocido en Historia por ser el supuesto (hay mucha leyenda sobre Erhard, pero eso es tema para otro artículo) director del llamado Wirtschaftswunder (literalmente, “milagro económico”, aunque se suele traducir como “el milagro alemán”). Si sabéis alemán, habréis notado que el término “neoliberalismo” no es peyorativo en esa lengua. Los alemanes no consideran maligno el término, porque lo asocian a su espectacular recuperación económica tras la Segunda Guerra Mundial.

Ludwig Erhard (1897-1977), fumando uno de sus icónicos puros. Economista y político alemán cercano a la Unión Demócrata-Cristiana (en la que acabaría por integrarse), fue nombrado ministro de Economía del gobierno bávaro (1945), director económico de las zonas de ocupación británica y norteamericana (1948), diputado en el Parlamento de la recién creada República Federal Alemana (1949) y ministro de Economía del gobierno Adenauer (1949). Fue canciller alemán en sustitución de éste entre 1963 y 1966, retirándose después de la política.

Ludwig Erhard (1897-1977), fumando uno de sus icónicos puros. Economista y político alemán cercano a la Unión Demócrata-Cristiana (en la que acabaría por integrarse), fue nombrado ministro de Economía del gobierno bávaro (1945), director económico de las zonas de ocupación británica y norteamericana (1948), diputado en el Parlamento de la recién creada República Federal Alemana (1949) y ministro de Economía del gobierno Adenauer (1949). Fue canciller alemán en sustitución de éste entre 1963 y 1966, retirándose después de la política.

Lo cierto es que el término “neoliberalismo” se fue abandonando muy rápidamente en la germanoesfera, siendo sustituido por un término que en alemán es prácticamente sinónimo: el ordoliberalismo. El ordoliberalismo es la variante alemana del neoliberalismo. Punto. Una doctrina económica que abraza la idea de que el Estado debe garantizar que el libre mercado alcance sus objetivos. El término “ordoliberalismo” lo acuñó en 1950 Hero Moeller, debido a que lo expuso en la revista académica ORDO. Al principio, los ordoliberales se llamaban a sí mismos neoliberales, ya lo vimos, pero conforme fue pasando el tiempo, especialmente desde 1950, los alemanes fueron abandonando el término “neoliberalismo” en favor del de “ordoliberalismo” y, especialmente, del término “economía social de mercado”, que era un término más positivo y con connotaciones de mayor esperanza en el ambiente de la Alemania de la posguerra. Diversos autores, como Walter Eucken y todos los pertenecientes a la escuela de Friburgo, lo consideraban más acertado y, de hecho, acabaron por rechazar taxativamente el término “neoliberal”. La teoría ordoliberal, bastante parecida al Nuevo Laborismo del ex primer ministro británico Tony Blair, sostiene que el Estado debe crear un entorno legal para el desarrollo de la economía y mantener un saludable nivel de competitividad (más que de intercambio) a través de medidas que se adhieran a los principios de mercado. Ésa sería, de hecho, la base de la legitimidad de la existencia del Estado. El concepto es que si el Estado no toma medidas activas que protejan la competitividad justa, aparecerán empresas y corporaciones que acabarán ejerciendo monopolios u oligopolios que eliminen las ventajas de vivir en una economía de mercado y, además, subvertirán el orden de un buen gobierno, dado que un poder económico fuerte puede transformar (o puede acabar interfiriendo en) el poder político. Así, por ejemplo, aunque los ordoliberales predicaban la privatización de algunos servicios públicos (transportes, telecomunicaciones), no se les ocurría discutir la necesidad de una Educación pública universal gratuita. Los ordoliberales hacían también un hincapié especial en la idea de Justicia Social. Eucken llegó a escribir que la Seguridad Social y la Justicia Social son las grandes preocupaciones de nuestro tiempo. Todo eso les separaba, como os podéis imaginar, de los liberales clásicos (Mises, que tenía muy mal carácter, también tuvo unas broncas y desavenencias tremendas con Erhard en la Sociedad de Mont Pelerin, de la que hablaremos más adelante y de la que ambos eran miembros)… y de los neoliberales y fundamentalistas del libremercado de hoy en día.

Algunos nombres del ordoliberalismo: Walter Eucken, Franz Böhm, Hans Grossmann-Doerth, Leonhard Miksch, Alexander Rüstow, Wilhelm Röpke, Müller-Armack

Por ésas y otras cuestiones (como que no tuvo una gran difusión ni se implementó en muchos más países, salvo casos aislados como Austria y alguna mención verbal por parte de autores economistas como Luigi Einaudi de la escuela de Turín) a partir de los años sesenta, el término “neoliberalismo” cayó en un gran desuso. Tanto, que prácticamente se olvidó, incluso en la terminología y nomenclaturas académicas. Eso es muy, muy importante, porque el “olvido” o “desuso” del término, propició el que posteriormente reapareciera con un significado (o significados) bastante distinto de aquel con el que empezó a ser conocido, y que no tenía matices tan peyorativos ni insultantes como hoy en día.
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Bueno, todo eso en lo referente al único ámbito geográfico (países de lengua alemana) donde el neoliberalismo (“verdaderos neoliberales”, liberales reformistas) tuvo una experimentación política práctica relevante hasta los años ochenta del siglo XX. En el resto del mundo capitalista, recordemos, se empleaban diversas variantes del keynesianismo. Lo cierto es que el neoliberalismo, salvo ese corto periodo de veinte años en Alemania y países afines, no “triunfó” ni se expandió más. En parte por la competencia del keynesianismo, cierto, pero en parte también porque no se supo “vender”, no supo ofertarse ni a los políticos ni a las masas de la época… porque rápidamente se volvió a radicalizar. Y los austríacos tuvieron que ver mucho en ello.

Hablando de ellos… ¿Y con los “liberales de la vieja escuela”? ¿Qué pasó con los partidarios de la otra corriente del coloquio Walter Lippman?

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3.2.2. La sociedad Mont Pelerin.

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El Coloquio Walter Lippman definió el concepto de neoliberalismo teniendo en cuenta la prioridad del mecanismo del precio, la libre empresa, el sistema de competitividad y un Estado imparcial y fuerte.

Fuente.

Es decir, que ser neoliberal por aquel entonces implicaba la creencia en una política económica en la que se requería una intervención estatal. La escuela de Austria antes se metía fuego a sí misma que admitir eso. Como ya vimos, el intervencionismo estatal neoliberal llevó a un choque con el campo opuesto de los liberales clásicos del laissez-faire, como Ludwig von Mises.

Así que Mises y compañía volvieron a predicar el liberalismo clásico, abandonando también el término “neoliberal” que habían utilizado un breve tiempo, olvidando muy rápidamente lo que había significado la renovación del coloquio Walter Lippman, y sus impresionantes logros en la Alemania de la posguerra. Los tiempos tras la Segunda Guerra Mundial no encajaban con la idea de volver a un capitalismo radical, así que el liberalismo clásico se quedó en el desván de los olvidados de la política y de la Economía durante casi treinta años, hasta que las condiciones socio-políticas les fueron algo más favorables.

Observad que mientras todo fue bien, prácticamente nadie de la población general quería recurrir al liberalismo más radical. La “era dorada del buen capitalismo” no empleó el liberalismo clásico o “ultra” tan amado por los austríacos para nada. Eso para que veáis que no son necesarias las corrientes radicales para solucionar problemas, o que las épocas de mayor prosperidad no se deben necesariamente a la adopción de políticas e ideas extremistas, sino lo contrario.

¿Qué hicieron durante este periodo los liberales de la vieja escuela? ¿Esperar sentados? No. Aparte de continuar con peleas académicas como la que sucedió entre los partidarios del keynesianismo y del liberalismo laissez-faire clásico (entre Keynes y Hayek, principalmente), los liberales clásicos fundaron la Sociedad Mont Pelerin.

Friedrich Hayek, autor de la escuela austríaca, fundó el 8 de abril de 1947 esta sociedad (que se llamó así por el centro turístico, el Hotel du Parc, donde se inició, que se hallaba cerca de la aldea suiza de Mont Pelerin). Recordemos que la escuela austríaca, si bien es una patraña anticientífica, está a su vez dividida en dos subcorrientes: una, la más desquiciante, liderada por Ludwig von Mises y otra, la más moderna, algo más aceptada en el mundo de la política y la Economía (aunque siga siendo ultraliberal y anticientífica), dirigida por Friedrich Hayek. A Mises no le gustó mucho la idea de la Sociedad Mont Pelerin porque Hayek, aun siendo partidario del liberalismo clásico, la dejó abierta a los liberales de todas las tendencias, incluidos los “verdaderos neoliberales” y aquellos liberales más modernos que admitían un papel activo del Estado en Economía (como Erhard), pero no tuvo más remedio que tragar con ella, básicamente porque los liberales eran muy pocos, y estaban muy dispersos. No había otro “algo” que los agrupara.

Retrato de Friedrich Hayek (1899-1992), filósofo y economista austríaco, miembro de la escuela austríaca de Economía y fundador de la Sociedad de Mont Pelerin. Es el

Retrato de Friedrich Hayek (1899-1992), filósofo y economista austríaco, miembro de la escuela austríaca de Economía y fundador de la Sociedad de Mont Pelerin. Es el “premio nobel de Economía” más polémico jamás concedido (1974). Está considerado académicamente, como uno de los “padres del neoliberalismo”, junto con Milton Friedman.

La intención de Hayek era la de reunir en un lugar común a los muy dispersos autores, pensadores y figuras políticas relacionadas con el liberalismo-neoliberalismo, tras la desorganización que causó la Segunda Guerra Mundial. Recordemos que, para entonces, el CIERL que nació tras el coloquio Walter Lippman y que, en principio, iba a cumplir esas funciones, había desaparecido por causa de la guerra. Y que ni Mises ni Hayek se llevaban bien con algunos de los del coloquio. Pero Hayek no era tan tonto como Mises y observó que sus ideas no acababan de calar en muchos de los políticos e intelectuales relevantes. Se decidió a tomar alguna medida, entre ellas, la fundación de la Sociedad Mont Pelerin, una especie de “Internacional Liberal”.

La susodicha sociedad que creó acabó por convertirse en lo que en inglés se llama un think-tank (literalmente, “depósito de ideas”, pero en español no tiene una traducción fija: “comité de expertos, comité de sabios, instituto de investigación, gabinete estratégico, centro de pensamiento, laboratorio de ideas”…). Hayek y otros que le apoyaron (los economistas Henry Simons y Sir John Clapham, entre ellos) tuvieron la idea de crear una plataforma organizativa donde discutir, investigar y reflexionar sobre la libertad política y personal… y desde la cual poder influir en la política, cosa en la que hasta entonces no estaban teniendo éxito. Adelanto que tuvo éxito, pero eso fue a partir de finales de los años setenta y principios de los ochenta, mientras tanto tuvo que ir creciendo y desarrollándose poco a poco.

La Sociedad (eso dice en sus estatutos) promueve la libertad de expresión, las políticas de libre mercado, y los valores políticos de una sociedad abierta. Aunque sus raíces se hallan en el liberalismo clásico, a la Sociedad Mont Pelerin se la asocia, principalmente, con la difusión del neoliberalismo.

Y eso es debido a que, si bien los radicales y “ultras” del libremercado, esto es, los tradicionalistas y fundamentalistas como Mises y Hayek, volvieron casi de inmediato tras el coloquio Walter Lippman a predicar las bondades del liberalismo clásico y del no intervencionismo radical, una de las consecuencias de la creación de la Sociedad Mont Pelerin fue que, al reunir a tanto liberal moderno, se acabaron imponiendo o extendiendo las nuevas ideas de que era admisible el poder intervenir en economía (neoliberalismo). Así, sucedió que conforme pasaban los años, la Sociedad se convirtió en una especie de escaparate mediático académico donde los “ultras” como Hayek podían vocear el no intervencionismo para goce y disfrute de los más ultracapitalistas y amantes de la filosofía del libremercado, mientras que en la base de los miembros de la Sociedad, iban aumentando los partidarios de intervenir en la economía, y que posteriormente se convertirían en los responsables y principales protagonistas de la toma de poder económico tras el descrédito de las políticas keynesianas que no pudieron atajar la crisis mundial de 1973. Es decir, en la Sociedad Mont Pelerin se encuentran los autores más relevantes tanto del liberalismo clásico (del siglo XX y XXI, se entiende) como de lo que hoy se entiende por neoliberalismo.

Si bien la Sociedad admite a todo tipo de intelectuales y políticos liberales, hace mucho hincapié en atraer economistas o estudiosos de la Economía y economistas políticos. Y, ya que estamos hablando de ello, si algo ha tenido de relevante en términos académicos la Sociedad Mont Pelerin es que, gracias a ella, podemos incluir bajo el término “neoliberal” a todos aquellos que han sido miembros de la misma, je, je, je… En muchos sitios (vuelvo a repetir, especialmente por internet), se niega que haya siquiera una lista definida de autores neoliberales. ¡Pues la hay! Si bien no son los únicos, la literatura académica económica considera como “neoliberales” a los miembros de la Sociedad Mont Pelerin, se califiquen ellos así, o no. De hecho, como admitió el historiador conservador George H. Nash, si para algo sirvió especialmente la Sociedad Mont Pelerin fue para saber quién es quién de entre los intelectuales, un liberal clásico y un neoliberal. George H. Nash, The Conservative Intellectual Movement in America Since 1945, Intercollegiate Studies Institute, 1976, pp 26–27.]

Insisto: no son los únicos. De hecho, en literatura académica, se califica como neoliberal a todo economista perteneciente a las escuelas austríaca y de Chicago (la mayoría de los cuales son también miembros de la Sociedad Mont Pelerin), que son las que crearon el armazón intelectual y técnico de lo que hoy llamamos neoliberalismo económico.

No adelantemos. En fin, lo dicho… En 1947, treinta y nueve intelectuales, la mayoría economistas, pero algunos historiadores y filósofos, fueron invitados por Hayek para discutir el estado actual y futuro del liberalismo clásico. Un detalle muy importante y que, obviamente, no os van a comentar en muchos otros sitios, es que otro de los objetivos de la sociedad era el de combatir el keynesianismo, el marxismo, y todo aquello que a sus miembros les “oliera” a socialismo o colectivismo (combatir la ascendencia del Estado y de la planificación marxista o keynesiana [que estaban] avanzando por todo el globo).

Fuente (historia de la Sociedad de Monte Pelerin).

La resultante Sociedad de Mont Pelerin tenía como objetivo facilitar el intercambio de ideas entre intelectuales de pensamiento similar con la esperanza de reforzar los principios y la práctica de una sociedad libre y de estudiar las obras, virtudes y defectos de los sistemas orientados al mercado.

Karl popper (fila de atrás) y Ludwig von Mises (de frente, a la derecha) en la primera reunión de la Sociedad Mont Pelerin en 1947. George Stigler bromeó una vez diciendo que la Sociedad Mont Pelerin bien podría haberse llamado simplemente

Karl Popper (fila de atrás) y Ludwig von Mises (de frente, a la derecha) en la primera reunión de la Sociedad Mont Pelerin en 1947. George Stigler bromeó una vez diciendo que la Sociedad Mont Pelerin bien podría haberse llamado simplemente “los amigos de Friedrich Hayek”.

La lista de los integrantes de la Sociedad es muy amplia y hay muchos nombres bastante conocidos, ya tan sólo entre los economistas: Wilhelm Röpke, John Jewkes, Friedrich A. Lutz, Bruno Leoni, Günter Schmölders, Milton Friedman, Arthur Shenfield, Gaston Leduc, George Stigler, Manuel Ayau (guatemalteco), Chiaki Nishiyama, Lord Harris of High Cross, James M. Buchanan, Herbert Giersch, Antonio Martino, Gary Becker, Max Hartwell, Pascal Salin, Edwin J. Feulner, Ramon P. Díaz (uruguayo), Christian Watrin, Leonard P. Liggio, Victoria Curzon-Price, Greg Lindsay, Deepak Lal, Kenneth Minogue, Maurice Allais, Carlo Antoni, Hans Barth, Karl Brandt, Götz Briefs, Herbert Cornuelle, John Davenport, Stanley Dennison, Aaron Director, Walter Eucken, Erick Eyck, Harry Gideonse, Frank Graham, Henry Hazlitt (cómo no), F. A. Harper,Trygve Hoff, Albert Hunold, Carl Iversen, Bertrand de Jouvenel, Frank Knight, Fritz Machlup, Salvador de Madariaga, Jesús Huerta de Soto Ballester (¡hombre, hay hasta españoles en la Sociedad Mont Pelerin! Para que luego digan que no existen neoliberales españoles), Henri de Lovinfosse, Loren Miller, Ludwig von Mises, José Isidro Morante (ecuatoriano), Felix Morley, el inefable Michael Polanyi, ¡¡¡Karl Popper!!!, William Rappard, Leonard Read, George Révay, Lionel Robbins (¡ahí llevas!), George Joseph Stigler, Herbert Tingsten, François Trevoux, Orval Watts, Cicely Wedgwood… son tan sólo algunos de los nombres más conocidos de los integrantes de la Sociedad. Políticos relevantes que pertenecieron a la Sociedad Mont Pelerin fueron el ya mencionado ministro alemán de Economía y posterior canciller alemán Ludwig Erhard, el presidente italiano Luigi Einaudi, el director de la Reserva Federal y Secretario de Estado de los EEUU George Shultz, el presidente checo Václav Klaus, el primer ministro Ranil Wickremasinghe de Sri Lanka, el Secretario de Asuntos Exteriores del Reino Unido Geoffrey Howe, el ministro de Finanzas chileno Carlos Cáceres, el ministro de Finanzas neozelandés Rith Richardson… Tan sólo una anécdota: de los 76 consejeros económicos de la campaña a la presidencia de EEUU de Ronald Reagan de 1980 (la primera que ganó), ¡¡¡22 pertenecían a la Sociedad Mont Pelerin!!! Para que veáis la importancia de los neoliberales en los gobiernos de Reagan (y Thatcher, como veremos más adelante)… y cuándo y de mano de quién llegaron al poder los neoliberales.

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3.2.3. Los think-tanks neoliberales.

Pero lo más relevante de la Sociedad Mont Pelerin como organización… es que tiene lazos muy fuertes con una multitud de otros think-tanks, fundaciones, organizaciones políticas, lobbies, grupos de presión… es como un pulpo con un montón de tentáculos en muchísimos sitios. El mismo Hayek animó a seguidores suyos como Antony Fisher a que se prodigaran creando fundaciones y estableciendo lazos con personas de mentalidad similar a la que predicaba la Sociedad en altos cargos o con poder. Al británico Antony Fisher es para dedicarle una serie de artículos entera, porque la vida de ese tipo es para hacer novelas con ella, de verdad. El hombre era un antisocialista nato, y se quedó “flipado” con la obra de Hayek Road to Serfdom (“Camino de Servidumbre”, 1944). Cuando los laboristas (socialistas) llegaron al poder en Gran Bretaña tras la guerra y empezaron a fomentar la nacionalización de la industria, y el aumento del Estado del Bienestar, Fisher se puso nerviosísimo (creyó que poco menos que estaba llegando el fin del mundo) y fue a pedir consejo a Hayek, que estaba dando clases en la London School of Economics. Éste le dijo que más que meterse en política, que era su idea original, le convenía dedicarse a crear organizaciones como Mont Pelerin (se ve que Hayek daba por perdido el conseguir el poder ganando elecciones a través de partidos políticos afines, porque el espíritu de la época no iba con la ideología liberal). Y Fisher, ni corto ni perezoso, se dedicó el resto de su vida, aparte de a poner granjas de pollos y de tortugas (ganó y perdió auténticas fortunas con sus estrambóticos negocios), a fundar o colaborar en la creación de think-tanks, grupos de presión, lobbies, etc.

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Sir Antony Fisher (1915–1988,) hombre de negocios y filántropo británico. Participó en la formación de varias organizaciones de índole liberal durante la segunda mitad del siglo XX., incluyendo

Sir Antony Fisher (1915–1988,) hombre de negocios y filántropo británico y un hombre muy excéntrico (la BBC llegó a llamarle “crackpot” -“chiflado”-). Participó en la formación de varias organizaciones de índole liberal durante la segunda mitad del siglo XX., incluyendo “the Institute of Economic Affairs” y “Atlas Economic Research Foundation”. A través de Atlas, ayudó a establecer en torno a 150 organizaciones más.

La lista de organizaciones fundadas o en las que colaboró activamente este individuo sorprende tanto por su número como por lo famosas y poderosas que llegaron a convertirse. Algunas de ellas:

-El Institute of Economic Affairs (Londres, 1955).

-La Heritage Foundation (Washington, D.C., 1973).

-El Manhattan Institute for Policy Research (Nueva York, 1977).

Pacific Research Institute for Public Policy (California, 1979).

National Center for Policy Analysis (Dallas, 1983).

Centre for Independent Studies (Australia, 1976, cofundada por Greg Lindsay).

-El famoso Adam Smith Institute (Gran Bretaña, 1977), conocido por ser la fuerza que estaba detrás de las políticas de privatización de la era Thatcher en el Reino Unido.

-Aunque quizás la más conocida sea la Atlas Economic Research Foundation (Nueva York, 1981), ¡que engloba a más de 150 organizaciones tan sólo ella! La misma Atlas Foundation, a su vez, se convirtió en “madre” de otras muchas organizaciones de ideología liberal-conservadora como el hoy conocidísimo Fraser Institute (Canadá, 1977, también fundado por Fisher).

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Logo y lema de la Atlas Economic Research foundation.

Logo y lema de la Atlas Economic research foundation.

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Otras organizaciones relacionadas pero no fundadas directamente por Hayek o sus acólitos son, por supuesto, el instituto Ludwig von Mises y el instituto Cato, más centradas en la difusión teórica de principios económicos liberales clásicos.

Señalo esto porque todo ello tuvo su relevancia posteriormente. Durante los casi treinta años que los neoliberales se quedaron en las sombras de la política, crearon y desarrollaron una cada vez más importante red de contactos y fueron acumulando poder e influencia, al principio muy lentamente, pero conforme avanzaban los años sesenta, la lista de neoliberales relevantes iba aumentando más y más, lo mismo que sus recursos monetarios, políticos y propagandísticos. Y ese poder e influencia se “desataron” cuando las condiciones les fueron más propicias, allá por finales de los setenta y principios de los ochenta. Hayek no paraba de hacer hincapié en que la Sociedad Mont Pelerin era una comunidad de intelectuales que querían combatir el colectivismo y el intervencionismo en Economía, pero sin entrar en la política ni en la propaganda. Claro, claro… y mi abuelo fue “picaor” allá en la mina. Lo cierto es que todo el mundo académico y de la política reconoce y admite abiertamente que la Sociedad ha sido un “punto de encuentro” (como la llamó Milton Friedman), una referencia clara y de apoyo (monetario, propagandístico, ideológico, buscador de contactos y medios), y foco de un movimiento internacional de think-tanks que tuvo un éxito inmenso al margen de la lucha meramente electoral.

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El papel de estas organizaciones fue más que relevante: su importancia fue inmensa. Si bien han existido think-tanks desde 1831 (son un fenómeno originalmente anglosajón), estas organizaciones han proliferado desde la Segunda Guerra Mundial y muy especialmente desde los años setenta. Dos terceras partes de los think-tanks actuales son posteriores a los setenta, y más de la mitad, proviene de los años ochenta, ya que surgieron al calor de la crisis del 73 y del final de la Guerra Fría. Y de ésos, la mayoría son de afiliación o ideología liberal, conservadora, libertaria o libertariana (al menos en EEUU y Gran Bretaña, en España son un fenómeno bastante reciente, la mayoría de los que tenemos, como la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, la FAES, dirigido por José María Aznar, son de finales de los noventa y principios de siglo; la FAES en concreto, se fundó en 2002). Ya le dedicaré un día de éstos a elaborar artículos sobre la importancia de los think-tanks (son muy desconocidos para el lector hispano medio, pero se les estudia mucho en Publicidad y Marketing, mis especialidades). Tan sólo quiero que, a través de algunos ejemplos o notas, podáis abarcar algo de lo que todo esto significó y cómo ayudó a los neoliberales a alcanzar las cotas de poder que lograron en los años ochenta y noventa del siglo pasado y que todavía hoy mantienen en gran parte.

1) El papel de estas organizaciones no fue tan inocente como muchos crédulos puedan llegar a creer. Por ejemplo, muchas de ellas hicieron presión política pero sin participar directamente en política. Estos think-tanks fueron grandes responsables de la alianza entre conservadores y liberales que anteriormente mencionábamos (la FAES es un ejemplo en España). Por ponerlo más claramente, los conservadores sí eran capaces de ganar elecciones, pero no disponían del armazón ideológico ni los justificantes teóricos de los liberales, los cuales con sus técnicas económicas estaban más preparados para aconsejar a los conservadores sobre cómo llevar a cabo políticas (económicas) que convinieran a ambos grupos. Principalmente las privatizaciones de las empresas estatales, por supuesto. Think-tanks neoliberales como el instituto Adam Smith fueron los consejeros económicos de Margaret Thatcher y fueron los responsables de diseñar sus políticas de privatización (ferrocarriles, correos, parques nacionales, eliminación de subsidios a las bibliotecas públicas y las artes) y de convencer de la “teoría del goteo”, por ejemplo. Ya hablaremos más delante de esta “teoría del goteo” (trickle-down economics, en inglés). Tanto medraron como consejeros económicos que incluso sobrevivieron a la pérdida de poder de los partidos conservadores. El instituto Adam Smith, por ejemplo, logró continuar como consejero económico del laborismo de Tony Blair, tras los gobiernos conservadores de Margaret Thatcher y John Major, centrándose en alabar aquellas políticas económicas laboristas que más se acercaban a sus intereses. Eamonn Butler, su entonces presidente, definió a la perfección la situación cuando dijo que había que tener flexibilidad con quien estuviera el poder, porque “la función del instituto no era ser político o gritar eslóganes sino ser ingenieros de políticas”. Es decir, que lo importante para un think-tank neoliberal no era asociarse con un partido político determinado ni ayudar a ganar elecciones sino esforzarse en convencer a quien quiera que fuese que gobernara de las políticas que al think-tank le interesaba que llevara a cabo. Muy pragmáticos ellos… y muy significativo. Es la base para entender qué sucede actualmente con muchos partidos políticos tradicionales que “supuestamente” son de izquierdas, como el PSOE en España, pero que acabaron adoptando políticas neoliberales (como las privatizaciones) desde finales de los ochenta y principios de los noventa… hasta el punto en que sus políticas económicas difieren poco o prácticamente nada de sus “supuestos” adversarios conservadores.

2) Ese pragmatismo se manifestó también en que los neoliberales fueron introduciéndose poco a poco en las instituciones de control económico global, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Una de las características más insidiosas del neoliberalismo con respecto al liberalismo clásico, es que el neoliberalismo admite y reconoce que el Estado o la intervención pública pueden ser una herramienta útil de manejo de la economía. El liberalismo clásico evitaba eso (al menos, en teoría). Ese pragmatismo se concretó en que cada vez más, los neoliberales e incluso aquellos que se llamaban a sí mismos “liberales de la vieja escuela”, “liberales del laissez-faire” o “liberales clásicos”, fueran haciéndole menos ascos al hecho de participar en o apoderarse de las instituciones de control económico, especialmente aquellas instituciones supranacionales e internacionales, como los hoy odiados y asociados al neoliberalismo, Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, porque acabaron dándose cuenta de que podían favorecer mucho más sus ideales de libre comercio mundial, eliminación de aranceles e impuestos y libertad de cambio de divisas, globalización y deslocalización de empresas si dominaban estas instituciones que tenían el poder de superar a los gobiernos de los diferentes países e imponerles determinadas decisiones de tipo económico. Así, nos encontramos con la hipocresía de muchos autores que se llamaban a sí mismos “liberales clásicos” o “liberales laissez-faire” y que se desgañitaban clamando contra el malvado intervencionismo estatal, como Hayek, mientras que sus correligionarios como Hendrikus Johannes “Johan” Witteveen (neoliberal y director del FMI entre 1973 y 1978, miembro de los think-tanks Grupo de los Treinta y del Bureau for Economic Policy Analysis holandés) se iban introduciendo en las instituciones de intervención económica mundiales. Ésa es la gran razón por la cual se percibe a día de hoy, por parte de los movimientos alternativos, antiglobalización y antisistema que el FMI y el BM son “instituciones neoliberales” o que defienden posturas neoliberales, y ven en ellas poco menos que al Diablo en persona. Algo de razón tienen. Aunque ambas instituciones nacieron con nobles intenciones (la supresión de la pobreza y el hambre), lo cierto es que en muchas ocasiones sus decisiones han afectado muy negativamente a millones de personas (un ejemplo es el obligar a los gobiernos a eliminar la eliminación de subsidios a la alimentación básica en países del Tercer Mundo). También es cierto que existe mucho mito acerca del FMI y del BM y que no todo lo que hacen o han hecho es pernicioso (por ejemplo, ha contribuido al equilibrio presupuestario de algunos países y se han introducido muchas mejoras democráticas y de transparencia en otros tantos a cambio de la concesión de préstamos), pero no vamos a tratar el papel de estas instituciones porque es un tema que daría para un ensayo (y bien largo) dedicado en exclusiva a mostrar cuáles cosas son verdad y cuáles mentiras de entre todo aquello que se dice sobre el FMI o el BM. Sé que son cuestiones que muchos lectores agradecerían que tratara ya que las estoy “tocando”, pero lamento recordar que he de centrarme, ya que mis ensayos son largos de por sí, y empezar a incluir información tangencial convertiría este artículo en una pequeña enciclopedia.

3) Estas organizaciones (los think-tanks) “meten mucha presión” a través de sus agentes, en cuestiones que incluso aparentemente no tienen mucho que ver con la política económica, pero sí con su difusión, como la obtención de prestigio de sus integrantes. Por ejemplo, se hizo muchísima presión para que se le concediera el mal llamado “Premio Nobel de Economía” a Friedrich Hayek… ¡un tipo que no tiene aportaciones académicas de renombre! Y se le concedió “por su trayectoria ideológica”. Los lobbystas de estos think-tanks se quejaron amargamente ante el Sveriges Riksbank (el banco estatal sueco que concede los llamados popularmente “Premios Nobel de Economía”) de que tenía que compensar el hecho de que se concedían demasiados premios a los economistas “de izquierdas”. El banco de Suecia le concedió el Premio en Ciencias Económicas del Banco de Suecia en Memoria de Alfred Nobel a Friedrich Hayek en 1974 junto a Gunnar Myrdal, un economista partidario de las economías intervencionistas, progresistas y de corte social. El mismo Hayek llegó a reconocer públicamente que le concedieron el Nobel “para compensar” y por corrección política. Ese prestigio conseguido se convierte, después, en más presión, que a su vez utilizan los think-tanks para convencer a otras personas de sus ideas (“si Hayek, que es premio Nobel de Economía dice que hay que privatizar los servicios públicos, habría que tener muy en cuenta esa política”).

4) Ésa es otra de la cuestión del éxito de los think-tanksla creación de redes clientelares. Es decir, estas organizaciones recurren a cosas como crear premios que conceden a personas clave o que pueden ser clave en un momento determinado, y se los “meten en el bolsillo” o ya los predisponen a escuchar sus propuestas. También recurren a campañas mediáticas, subvencionan eventos y conferencias, ayudan a obtener cargos y puestos de trabajo, financian aspectos concretos que puedan dar publicidad o ayuden a que se les vea más favorablemente (aportaciones a campañas electorales), ponen en contacto a unas personas con otras, recaudan donaciones, etc. En fin, que los think-tanks se “trabajan” los favores. Nótese que, si bien parece que todo esto se puede percibir a veces como moralmente inadecuado, es legal en la mayoría de marcos jurídicos (no es ilegal hacer presión política, enviar cartas de protesta, financiar una película con un mensaje determinado o convocar premios) y no necesariamente algo “malvado”, pero sí que es cierto que, en concepto, es un modo de presión con el fin de obtener unos beneficios concretos.

5) Muchos periodistas pertenecientes a estas sociedades crean opinión pública propicia a las ideas de estos think-tanks. Recordemos que el mismo Walter Lippman fue premio Pulitzer, Max Eastman pertenecía al por aquel entonces famosísimo Reader’s Digest, John Chamberlain desde el magazine Life, el infame Henry Hazlitt publicó muchísimos artículos a favor de la escuela austríaca en The New York Times y el Newsweek, lo mismo que hizo Felix Morley (otro ganador del pulitzer) en The Washington Post. Todos ellos fueron miembros de la Sociedad Mont Pelerin, y ayudaron a informar o, mejor dicho, “crearon opinión pública”, que se dice en Periodismo, a favor de los ideales neoliberales.

Bueno, estas son sólo algunas de las cuestiones que vienen a servir de ejemplo de la importancia de los think-tanks (el tema es apasionante, cada vez que me pongo a hablar sobre Publicidad y Propaganda, me estaría páginas y páginas escribiendo) y de cómo los neoliberales fueron alcanzando cada vez más cotas de poder e influencia, y de cómo se fueron introduciendo paulatinamente en los organismos de control económico. Pero a lo largo de este periodo (desde la posguerra hasta los años setenta), se fue produciendo también una serie de “mutaciones” en la corriente neoliberal, la no menor de las cuales fue que… se abandonó el término “neoliberalismo”.

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3.3. Años sesenta. El abandono del término neoliberalismo en favor de otros términos.

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Ya para los años sesenta, el uso del término “neoliberalismo” había prácticamente desaparecido. No sólo su uso popular y cotidiano, mucho cuidado, sino incluso académico. Prácticamente se olvidó.

En los años sesenta ya no se encontraban economistas ni intelectuales que se llamaran a sí mismos “neoliberales”. La inmensa mayoría de los que participaron en el coloquio Walter Lippman o habían fallecido ya o habían ido abandonando el término en favor de “etiquetas” más específicas, que les gustaban más, que se adecuaban más ideológicamente o que consideraban que eran mucho más precisas a la hora de describirles.

Por ejemplo, ya vimos que en Alemania los neoliberales acabaron por llamarse “ordoliberales”; los economistas de la escuela austríaca (bueno, eso de “economistas” es una exageración pero a ver, qué le vamos a hacer, por definición son economistas porque estudian Economía) y autores afines acabaron abandonando el término casi inmediatamente (y eso que lo crearon ellos mismos) y volviendo a recuperar calificativos como “liberal clásico”, “ultraliberal”, “capitalista o liberal laissez-faire”… o, simplemente, “liberal”. Algunos otros autores rechazaron cualquier etiqueta clara y se describieron a sí mismos con expresiones como “partidarios del libre mercado”, “partidarios de la economía de oferta”, etc. Otras corrientes más técnicas y académicamente serias, como la escuela de Chicago, adoptaron términos muy concretos y específicos, como el de “monetaristas”. Ya hablaremos de la escuela de Chicago.

En EEUU se empezó a utilizar mucho el término “libertario” (del inglés libertarian, aunque en mis textos habréis observado que los llamo a menudo también “libertarianos” para no confundirlos con los anarquistas y socialistas libertarios europeos), porque allí designan con “liberal” a alguien asociado a la izquierda, a los progresistas, principalmente a los del partido Demócrata. De hecho, los conservadores estadounidenses llaman despectivamente a los demócratas, liberals. Ya que estamos hablando de ello, nótese que el término “neoliberal” nació en Europa y se empleó, ante todo, en Europa y por parte de europeos… para denominar a un puñado de economistas e intelectuales de una época muy concreta (años cuarenta y cincuenta y quizás los sesenta). El término prácticamente no se conocía al otro lado del Atlántico, y eso también tuvo su importancia, porque cuando el término resurgió en los años ochenta, los estadounidenses lo emplearon con otro significado distinto al original e incluso a su vez distinto de lo que hoy entienden los movimientos antiglobalización, y todo ello contribuyó a que se formara un lío tremendo a la hora de definir qué es neoliberalismo hoy en día.

En resumidas cuentas:

1) -El término “neoliberalismo” cayó en desuso en los sesenta. Se olvidó.
2) -Su lugar fue ocupado por términos mucho más específicos y concretos.

Si bien no hubo en esta época un término general que englobara a todos estos autores o intelectuales partidarios del nuevo liberalismo, en literatura académica económica, la cuestión está mucho más clara: si bien los intelectuales de nuestros días tienden a identificar a Friedrich Hayek y Milton Friedman como las cabezas pensantes o líderes del neoliberalismo, lo cierto es que los intelectuales de la época que estamos hablando (años cuarenta, cincuenta y sesenta), entendían por neoliberalismo las políticas y teorías económicas de mercado social de gente como los alemanes Eucken, Röpke, Rüstow y Müller-Armack. Pero ya en los años sesenta ni siquiera estos autores se identificaban a sí mismos como neoliberales.

Este “abandono” del término neoliberalismo, la adopción de numerosas etiquetas que le sustituían y el posterior resurgir del término con otros significados distintos, es lo que ha causado que, a día de hoy, exista una gran confusión acerca de lo que realmente significa el término “neoliberalismo”. Es por eso que veréis en numerosos medios de comunicación, auténticas batallas dialécticas por causa de que muchas personas llaman “neoliberales” a otras personas que se niegan a admitir que las califiquen así porque consideran que no es un calificativo justo o que es peyorativo y malsonante.

Y llegó la crisis del petróleo de 1973 o también, “las crisis de principios de los años setenta” (porque se derivaron varias de ésta), que fueron las grandes responsables de que diversos gobiernos de conservadores-liberales llegaran al poder en países clave (EEUU, Reino Unido)… en los años ochenta. La ardua y paciente labor de los think-tanks, fundaciones e intelectuales liberales y partidarios del libre mercado acabó por dar(les) su recompensa en esa nueva época.
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3.4. Trasfondo inmediato del neoliberalismo actual. Finales de los años 70 y años 80.

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Érase una vez que se eran… los años 80.

Por aquella época, U2 empezaba a hacerse famoso, era el momento dorado del pop de Michael Jackson, el Heavy Metal empezaba a hacerse un hueco, en la televisión veíamos Barrio Sésamo, la Bola de Cristal, el Coche Fantástico, el Equipo A, MacGyver y se llevaban las hombreras, las “chupas” de cuero y las mujeres se peinaban… no sé cómo decirlo… de manera muy rara.

Collage con imágenes de los años ochenta.

Collage con imágenes de los años ochenta.

Algunos de vosotros han comentado con guasa en otros artículos que redactamos sobre Historia “el mal que hicieron los 80 al mundo” cuando visteis las fotografías de los alemanes echando abajo el Muro de Berlín en 1989 y las ropitas que se gastaban en aquel momento.

Cuestiones de índole estética aparte… también fue el período final de la Guerra Fría.

Los más jóvenes que nos lean, no llegaron a vivir aquel momento, pero los que tenemos treinta añitos o más, sí.

Y fue un acojone total. No pasamos más miedo porque no pudimos. En serio, ustedes no saben lo que es acostarse por las noches sin saber si al día siguiente iba a haber un planeta o no en el que vivir.

Vamos a resumirlo todo lo más que se pueda sin marear al personal.

El mundo estaba dividido en dos bloques enfrentados: Occidente, bajo el liderazgo de Estados Unidos, y el mundo comunista, dirigido por la Unión Soviética (China comunista aparte). Todo el que no estaba en uno de estos dos bloques o al servicio de estos dos bloques, pues casi que no contaba (triste, pero cierto).

Esos dos bloques de países se llevaban como el perro y el gato, ya que se disputaban el liderazgo y la supremacía mundial, y cuál modelo social, político y económico iba a triunfar y a imponerse a escala global:

-El capitalismo y la democracia…
-…o el socialismo comunista.

Este enfrentamiento global se produjo a todos los niveles: político (democracia contra socialismo), económico (capitalismo de libre empresa contra economía dirigida planificada), informativo (libertad de prensa contra censura), estético (cine de Hollywood contra cine propagandístico soviético), en las Olimpiadas (a ver quién se llevaba más medallas), militar (guerras de Corea, Vietnam, Angola, Grecia, Nicaragua, El Salvador, intervención en Cuba, Granada, Indonesia, Congo, Etiopía, Mozambique…).

A este enfrentamiento a escala global, se le llamó… la Guerra Fría (término acuñado por Bernard Baruch y difundido por Walter Lippman, sí, el del coloquio que dio origen al neoliberalismo).

Se la llamó así porque nunca llegó a materializarse en un conflicto directo… “caliente”, a tortazo limpio. Aunque estuvimos cerca (la crisis de Cuba, por ejemplo).

Las dos superpotencias se enfrentaban en las alcantarillas (con su espionaje y sus maniobras políticas) y a través de otros países (como en Vietnam y Corea), pero sin darse de guantazos a cara descubierta… porque pelearse en vivo y en directo… podía suponer la destrucción del mundo.

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Collage con imágenes de los elementos más representativos de la Guerra Fría.

Collage con imágenes de los elementos más representativos de la Guerra Fría.

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Así, tal cual. La carrera de armamentos se había elevado de tal manera que los dos bandos estaban armados hasta los dientes de misiles intercontinentales con cabezas nucleares. Estos juguetitos eran (y son) capaces de cargarse el mundo.

Los dos bandos lo sabían. Por eso ninguno se atrevía a apretar el botón. Se había instaurado el “equilibrio del Terror” (el terror a que todos la palmáramos, claro), dado que ningún bando iba a ganar de esa manera. Los dos sabían que apretara quien apretara el botón primero, todos íbamos a perder. Las armas se tenían para atemorizar al enemigo diciendo “¡Eh! ¡Ni te atrevas a utilizarlas que yo también las tengo!”

Os voy a adelantar el final de la película: el comunismo cayó, se derrumbó, se fue a la porra. Los pueblos de Europa del Este se alzaron en contra de la tiranía, mostrando al atónito mundo que el sistema comunista no sólo no funcionaba sino que era… emmm… ¿cómo decirlo lo más rápidamente posible?… la mierda más grande desde el fascismo.

Hoy día sólo quedan dos o tres reductos como recuerdo de aquellos tiempos: Cuba y Corea del Norte, principalmente (no, China no cuenta, China es ahora casi más capitalista que Inglaterra). Fijaos qué ejemplos han quedado.

Peeeero antes de que el comunismo cayera, eso de que no funcionaba no se sabía. O, mejor dicho, no se podía demostrar que no funcionaba.

Bien, pues llegaron los años 80.

Y con ellos llegó… él…

Ronald Reagan.

Los más jóvenes no lo conoceréis, pero ese tipo todavía se aparece en las pesadillas de los de mi generación. Ese tipo personifica y personificará para siempre el arquetipo de yanqui imperialista anticomunista. Para que los más jóvenes os hagáis una idea, pondré un símil rápido y facilón: era como George W. Bush… pero un poco más inteligente y enérgico.

Fue un presidente republicano (muy de derechas), religioso (no tanto como Bush junior, pero sí bastante), amante del American Way of Life y de todo lo relacionado con los cowboys (fue actor en Hollywood de películas del género western), muy liberal en economía, muy guerrillero y pendenciero (El Salvador, Nicaragua, Granada, aumentó el armamento nuclear a cascoporro, e incluso intentó llevarlo a las galaxias, etc., etc.), amigo de Margaret Thatcher (¡toma ya!), y sobre todo, el enemigo más feroz contra el comunismo a escala planetaria. Para él, la Unión Soviética era “el Imperio del Mal”… ¿Os suena de algo esa expresión? ¿No se parece algo a lo que dice George W. Bush cuando habla del “Eje del Mal”? Eso os lo pongo para que veáis cuán interrelacionadas están las cosas.

Vamos, que Reagan era “una joya” de hombre.

Ronald Reagan no es recordado con mucho cariño que digamos en el resto del mundo (porque fue un cabrón, y todos los hispanos nos cagamos en los muertos de su persona por todas las intervenciones y dictaduras que provocó en Hispanoamérica), pero en Estados Unidos le veneran como el vencedor del comunismo (por lo que le perdonan todos los “errores” que hubiera podido cometer durante su mandato).

Voy a especificar una cosita: es cierto que ese hombre ayudó a vencer el comunismo, pero… de ahí a decir que lo hizo él solo, va un abismo. El comunismo fue vencido por varias cosas a la vez: la lucha sin descanso del mundo occidental, las revoluciones populares en Europa del Este (desde la caída del Muro de Berlín), la resistencia de los intelectuales como Sajarov, la lucha polaca del papa Juan Pablo II y del sindicato Solidaridad, la perpetua crisis económica de los países de la esfera comunista, que veían cómo el mundo capitalista cada vez los iba dejando más y más atrás… y las reformas del último premier de la Unión Soviética: Mikhail Gorbachov, que aunque no lo pretendía, acabó socavando el comunismo y destruyendo la Unión Soviética.

Como dicen en mi tierra, entre todos la mataron y ella sola se murió.

¿Dónde estábamos?

Ah, sí. Era la época de Ronald Reagan y de la Guerra Fría.

Mapa geopolítico (en inglés) de la Guerra Fría con los dos bandos y sus aliados más relevantes.

Mapa geopolítico (en inglés) de la Guerra Fría con los dos bandos y sus aliados más relevantes.

Ronald Reagan, y su “amante ideológica” en Europa, la premier británica Margaret Thatcher (otra joya… de mujer, con deciros que la llamaban la “Dama de Hierro”), eran la antítesis del comunismo. Para ellos, que personificaban la derecha de la época, el comunismo era el Mal, y había que combatir contra él con todos los medios a su alcance… no importaba cuáles fueran… y en todos los ámbitos. Reagan recurrió a promover golpes de estado para frenar insurgencias comunistas (por ejemplo, en Guatemala), financió a guerrilleros anticomunistas (la “contra” nicaragüense, los paramilitares en Colombia), lanzó a sus espías de la CIA contra todo lo que oliera a “rojo”, promocionó a sus atletas para que ganaran más medallas que los comunistas en los Juegos Olímpicos, aumentó el armamento nuclear, sembró de bases militares americanas el mundo, etc., etc.

Todo valía en la lucha contra el comunismo, que amenazaba con conquistar y destruir al “mundo libre occidental democrático y capitalista”, sin importar si los métodos utilizados eran sanos, buenos o legítimos.

¿Por qué os cuento todo este “rollo”?

Porque uno de los ámbitos en los que se desarrolló esta lucha ideológica planetaria, fue… la economía.

Mientras los espías se degollaban unos a otros en las alcantarillas, los científicos de uno y otro bando se quemaban las cejas intentando desarrollar el arma más “bestia”, los atletas se dejaban la salud en entrenamientos brutales, y los medios de comunicación y propaganda se decían de todo menos “bonitos”… los economistas también contribuían al esfuerzo de guerra.

Los comunistas hacían guerra psicológica con las cifras de producción de sus cereales y maquinaria industrial y alardeaban de que sus ciudadanos tenían cubiertas todas sus necesidades en educación, sanidad, pensiones, etc. (hoy sabemos que todo eso era mentira y propaganda, pero bueno, tengo que decir lo que ellos decían para asustar al contrario). El socialismo comunista hacía hincapié en una economía dirigida con puño de hierro desde el Estado, por y para el Estado, totalmente regulada y sometida a las necesidades del Estado.

Los capitalistas, por aquel entonces, estaban saliendo de la crisis económica del 73 (la llamada “crisis del petróleo”).

Cartel en una gasolinera estadounidense durante la

Cartel en una gasolinera estadounidense durante la “crisis del petróleo de 1973”. En él se lee: “Escasez de gasolina. Ventas limitadas a 10 galones [unos 37 litros en este caso] de gasolina por cliente.”

Los países árabes, en solidaridad con los palestinos y con aquellos a los que Israel había derrotado en las últimas guerras (Egipto, Jordania, Siria y Líbano), decretaron una subida de los precios del petróleo brutal. El mundo occidental capitalista sufrió una crisis sin precedentes debido al súbito aumento de su fuente de energía primaria, muy barata hasta entonces… La economía del mundo capitalista se tambaleó. Y los comunistas (si bien también resultaron afectados, no lo fueron tanto o no lo parecía) se reían de las supuestas debilidades del “sistema capitalista”. Esa crisis económica venía a sumarse a la derrota estadounidense en la guerra de Vietnam, y a un sinfín de reveses menores en el mundo occidental, especialmente en Estados Unidos (aumento atroz de la delincuencia y las drogas, el paro, protestas estudiantiles, revolución cultural, crisis de valores, guerras de descolonización, el apartheid en Sudáfrica, terrorismo “rojo” como el de las Brigadas Rojas en Italia, etc.). Parecía como si todos los males se cernieran sobre Estados Unidos. La población de EEUU, cansada de tanto problema, decidió darle la victoria en las elecciones de 1981 a un hombre que prometía soluciones enérgicas y acabar con tanto drama: Ronald Reagan ganó, sacando de la Casa Blanca al incompetente Carter (que no había podido solucionar la “Crisis de los Rehenes en la embajada de Irán”)… En el Reino Unido sucedió más o menos lo mismo: una población cansada de los efectos de la crisis del petróleo, los conflictos sociales, las manifestaciones obreras y el aumento de precios, aupó al poder a una mujer que se caracterizó por tener siempre una mano dura, especialmente en economía: Margaret Thatcher. Y se pusieron manos a la obra.

Joder que si se pusieron manos a la obra.

Ya hemos visto lo que se hizo en otros ámbitos, pero aquí nos vamos a centrar en la economía, donde se pusieron manos a la obra, recurriendo a una especie de nueva teoría económica que era la antítesis total y absoluta del socialismo y del comunismo: lo que se dio en llamar posteriormente de manera popular por movimientos alternativos y antiglobalización… el neoliberalismo.

Pero las teorías económicas de los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher nunca se conocieron en su momento por el nombre de neoliberalismo, ni aun por parte de los que las diseñaron o ejecutaron. Sí, sin embargo, en el Chile dirigido por el dictador Augusto Pinochet.

Oh, sí, los hispanoparlantes, los que hablamos español, somos los mayores responsables de que a aquellas políticas y teorías económicas se las llame hoy en día “neoliberalismo”. Pero no adelantemos acontecimientos… A las políticas de Reagan y Thatcher se las llamaron de muy diversas maneras. Las de Reagan, por ejemplo, se las denominó Reaganomics (de “Reagan” y economics, “Economía”).

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Margaret Thatcher y Ronald Reagan no llegaron al poder por nada… llegaron en un momento de crisis económica generalizada. Hasta entonces, las teorías keynesianas y una actitud más o menos intervencionista en economía y la búsqueda de la creación de un Estado social del Bienestar, con educación y sanidad pública y gratuita, pensiones estatales, atención al desempleado, etc., habían funcionado (más o menos) o se consideraban deseables y constituían temas “intocables”, al menos en los países más occidentalizados del mundo capitalista (Europa occidental, especialmente Reino Unido y los países nórdicos, EEUU, los países más importantes de la Commonwealth británica, como Canadá, Australia, Nueva Zelanda, algunos países de Latinoamérica, como Argentina y México, y países más aislados en lo geográfico, pero afines al sistema capitalista, como Japón). Si bien la crisis de principios de los años setenta que aupó a estos gobiernos conservadores estuvo marcada por varias causas (conflictos bélicos, cambios morales y culturales, inestabilidad política…) hubo una causa, muy estudiada en Economía, que fue especialmente clave: la inflación. La subida de los precios.

Esa subida de precios (y el caos económico, político y social que llevó aparejada) vino, a su vez, producida por una serie de factores que ya hemos visto: agotamiento del modelo de Bretton Woods, inoperatividad del patrón oro en EEUU, cambios geopolíticos (nuevos países emergentes con monedas fuertes como Alemania y Japón que competían con los hasta entonces decisivos EEUU y Reino Unido) y, especialmente, la tremenda y repentina subida de los precios del petróleo (decidida por los países productores árabes), la fuente de energía por excelencia del mundo: se llegó a doblar el precio de producción a nivel de refinería. Los gobiernos previos al ascenso de Thatcher y Reagan se demostraron incapaces de frenar o combatir esa inflación, que fue uno de los rasgos más importantes, si no el más importante, de que la crisis se volviera “palpable”, “evidente”, a pie de calle. La gente podía ver por sus televisiones que se estaba perdiendo la guerra de Vietnam, por ejemplo, pero aunque parezca increíble eso “no les llegaba tanto”, como el hecho de que el combustible subía de precio desorbitadamente (así de triste es el asunto: a la mayoría de las personas no les afecta mucho que mueran soldados de su país… pero que les suban la gasolina y, por ende, los precios de prácticamente todo es un auténtico drama que les afecta más y peor en sus vidas cotidianas). Porque espero que entendáis, oh lectores, que el que suba la gasolina no sólo hace subir el precio de llenar el depósito de nuestros vehículos, sino que hacía subir el precio de casi todo lo demás: las cosas que se fabricaban con energía producida por combustible fósil, la electricidad producida en centrales termoeléctricas, el precio de los transportes (personales y de mercancías), etc. Los sindicatos, muy poderosos por aquel entonces tras años de intervencionismo económico, se lanzaron a las calles para protestar por el aumento de precios y exigiendo subidas salariales para compensarlo, se produjeron disturbios que se sumaron a los de la juventud que protestaba contra las guerras y el imperialismo estadounidense… en fin, una época “interesante”. Vamos a poner unos ejemplos estadísticos para que veáis las dimensiones de la crisis.

En 1973, el efecto combinado de la subida de precios por el petróleo y el shock de Nixon (el fin de la convertibilidad de los dólares en oro), provocó la mayor caída hasta entonces desde 1929 de las bolsas mundiales. La de Nueva York cayó un 45%… pero la de Londres ¡cayó un 75%! Como se dice en inglés, sufrieron un bear market o mercado en caída regular durante un periodo de tiempo, de gigantescas dimensiones. El Reino Unido no recuperó los niveles previos al crash de 1973… ¡hasta 1987! Los índices de stock de los países del G7 de por aquel año, perdieron un 34% en conjunto. ¡El Reino Unido llegó a tener niveles de inflación de un 18%! Como podéis ver, cifras propias de un país subdesarrollado. Y, el detalle más significativo que hizo temblar los cimientos de muchos países: el desempleo. Reino Unido, por ejemplo, llegó a acumular tres millones de desempleados, la cifra más alta de su historia, más o menos una tasa de desempleo del 13% (hoy en día eso es una cifra anecdótica comparada con cifras de desempleo como las del 27% de la actual España, pero por aquel entonces aquello se consideraba una monstruosidad en países acostumbrados a una tasa de paro bajísima, prácticamente de pleno empleo). Fue una hecatombe económica. Y, vuelvo a repetir, a todo ello se le sumaba la época de inestabilidad bélica y política de la Guerra Fría, con los comunistas riéndose tras el Telón de Acero (aunque ellos ocultaban muy celosamente que estaban tan mal o peor que sus enemigos capitalistas), y con un tremendo temor a que el comunismo aprovechara la ocasión para expandirse. Se llegó a racionar la gasolina, a crear controles de precios de productos de primera necesidad, y surgieron pánicos populares. En Japón, una anécdota casi cómica… estalló el rumor de que como el papel higiénico estaba hecho con derivados del petróleo, el gobierno iba a eliminarlo como producto, y los japoneses se lanzaron en masa a comprar y acaparar papel higiénico.

Índices de inflación en el Reino Unido entre los años 1959 y 1981.

Índices de inflación en el Reino Unido entre los años 1959 y 1981.

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Resumiendo: fue la crisis más grave desde la mítica del crash de 1929 (aunque no tanto como aquella).

Quiero señalar una cosa, porque con mis artículos no quiero sólo enseñar datos académicos, sino que podáis aprender y tener en cuenta cuestiones más prácticas, que podáis entender cómo funciona el mundo, vaya… Observad:
-Siempre que hay una crisis, se producen cambios.
-Dicho de otra forma… se necesita de una crisis para cambiar radicalmente una época (especialmente una época que “iba bien” o era estable).
-Los movimientos pendulares de la Historia, “giran”, “cambian”, cuando hay una crisis, un “algo” que causa la ruptura y el cambio de mentalidad: en el siglo XX fueron principalmente la Primera Guerra Mundial, el crash del 29, la Segunda Guerra Mundial, la crisis del petróleo de 1973…

Hizo falta una crisis tan terrible como la de 1973 para que la gente se olvidara de los treinta años estables de los que habían disfrutado para aupar al poder a gente como Reagan y Thatcher que predicaban lo contrario (recortes en beneficios sociales, despidos, bajada de impuestos a los más ricos, privatizaciones…) con tal de salir de la crisis.

Señalo esto porque quiero que veáis que es ahora, en nuestros días, tras la crisis económica de 2007-2008 (y la subsiguiente recesión, cada vez más llamada “la Gran Recesión”), cuyas consecuencias todavía estamos sufriendo, cuando aparecen teorías, movimientos sociales, etc., contrarios a lo que se estilaba en la época anterior. Por ejemplo, hoy en día es la época dorada de los movimientos antiglobalización, movimientos alternativos, ecologistas, anticapitalistas… suyo es el modus o la mentalidad característica (que no el poder) de esta época y que se anteponen a los yuppies procapitalistas, generación X, nihilistas, etc., de la época anterior. Es en las épocas de crisis cuando los movimientos más radicales surgen o crecen (el fascismo, por ejemplo, medró en gran medida por las penalidades sufridas por los alemanes durante la Gran Depresión). Estamos experimentando un resurgir del anarquismo, el comunismo, el fascismo y, sobre todo, el populismo… ¡Fijaos que incluso los economistas austríacos como Jesús Huerta de Soto están obteniendo más atención y presencia en los medios! ¿Qué mensaje quiero lanzar? Que hay que tener MUCHO cuidado con qué escogemos para salir de una crisis porque es muy difícil hacerlo con la cabeza fría y con seriedad en un momento de desesperación como es una gran crisis económica, ya que es cuando más eco obtienen las soluciones extremas y radicales (de cualquier tipo). Hay que analizar muy detenidamente qué camino vamos a tomar y que no suele ser ni los radicalismos ni las políticas escleróticas, inútiles y desfasadas de la época anterior.

Es tema para otro artículo, pero quiero dejar claro lo evidente… si algo ha caracterizado a la crisis de 2007-2008 (al menos en países como España)… es que para lo terrible que ha sido (y está siendo) la crisis, no se está produciendo un cambio significativo de las estructuras de poder. Hay algo así como “mucha protesta y mucho movimiento social, pero mucha inercia política y moral”. En nuestra época actual, con una facilidad pasmosa para el intercambio de información (a través de internet, sobre todo), existe mucha más diversidad de opinión que en otras eras, pero no hay corrientes que “arrasen con todo” y cambien desde la raíz o siquiera significativamente lo establecido (no a fecha de 2014). Eso no es necesariamente malo per se, pero sí es cierto que lo vuelve todo mucho más fragmentado, se ralentiza más la acción social y política, no acaba de quedar claro qué es lo que hay que hacer, no al menos para la mayoría de la población. Y, cuanto más tardamos en deshacernos de las redes de poder tradicionales, tanto más se radicaliza la “solución por venir”. Pero, insisto, eso es tema para otro momento.

Nosotros, a lo nuestro, vamos a enumerar los pilares principales sobre los que se sustentó la llegada al poder en países clave de los conservadores-liberales.

1) La crisis económica de la primera mitad de los años setenta.

2) La labor de propaganda de los grupos de presión, think-tanks, fundaciones, lobbies, etc., de corte liberal… y la alianza entre conservadores y liberales.

Estos dos ya los hemos visto, pero hubo un tercero que no hemos mencionado hasta ahora, más propio del mundo académico de la Economía…

3) Un nuevo armazón teórico económico: las teorías económicas pro-libre mercado, especialmente las creadas y difundidas por la escuela de Economía de Chicago, con el economista Milton Friedman a la cabeza. Esto es de lo que más nos interesa tratar.

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3.5. La aparición del neoliberalismo económico. El monetarismo de la escuela de Chicago. Las políticas económicas de los años 80.

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La crisis del 73 no sólo se manifestó en la “vida real”, sino que también lo hizo en el mundo académico de la Economía.

Como ya vimos, la teoría económica imperante hasta entonces, fue la del keynesianismo. Hasta entonces había estado indiscutida… porque funcionaba. Treinta años de estabilidad la avalaban, ni más ni menos: crecimiento económico elevado, estable y sostenido, bajo desempleo (prácticamente pleno empleo en muchos países), atención social del ciudadano, prosperidad generalizada, Estado del Bienestar, baja inflación… eran sus rasgos más destacados. Rasgos que envidiamos hoy en día, por qué no decirlo.

Pero la crisis del 73 cambió todo eso.

Casi de la noche a la mañana, aumentó monstruosamente el desempleo, la prosperidad se vio afectada, cayó la producción, se decreció económicamente, las bolsas se precipitaron en un gran caos, se eliminó la convertibilidad del dólar en oro, las fluctuaciones entre monedas se volvieron locas… y, una vez más, no dejaré de reseñarlo… aumentó la inflación (los precios subieron).

Ya he tratado de lo que es la inflación mucho más detalladamente en este artículo, pero os lo resumiré para vuestra comodidad.

La inflación es, básicamente, un aumento generalizado de los precios en un periodo determinado de tiempo (el que sea: un año, un mes…). Cuanto más aumenten y más rápido aumenten, tanto más problemático es. Imaginaos que cobráis un sueldo mensual de 1000 euros y os gastáis 300 en comida… Imaginaos que la comida suba de precio a 700€ mensuales a lo largo de un año. Imaginaos que suba a 1200€ mensuales en dos años. Un problema muy, muy, muy grave, ¿verdad?

En los años setenta la inflación subió mucho y en muy poco tiempo en casi todos los países. Como ya vimos, esa subida se debió a varios factores (caída de las bolsas, inestabilidades políticas, fin de la convertibilidad del dólar en oro…), pero el principal de los cuales fue que subieron los precios del petróleo a causa del embargo de los países árabes productores de la OPEP (por aquel entonces, los mayores productores de esa materia prima).

Fijaos en un ejemplo, las tasas de inflación anuales del Reino Unido por esta época:

1981: 11.90%
1980: 18.00%
1979: 13.40%
1978: 8.30%
1977: 15.80%
1976: 16.50%
1975: 24.20%
1974: 16.00%
1973: 9.20%
1972: 7.10%
1971: 9.40%

En 1960, el Reino Unido había llegado a tener tasas del 1%, y del 0,60% en 1959.

Fuente.

“Pa” echarse a llorar. Si bien en la actualidad los economistas sólo consideramos como hiperinflación aquella que supera el 50% intermensual o el 100% a tres años, también advertimos de que una inflación de más del 2% anual empieza a ser inaceptable, y más allá del 5% anual es para que salten todas las alarmas, porque es señal de que está descontrolada o a punto de descontrolarse.

Los gobiernos de la época no supieron hacer frente a esta situación. ¿Por qué? Porque no tenían herramientas técnicas (medidas económicas concretas) correctas con las que hacerles frente.

En Economía, existe algo que llamamos informalmente, “la tríada del crecimiento económico”. Esto es, lo bien que va la economía de una sociedad la medimos conforme a grandes rasgos con:

1) -El crecimiento económico, la prosperidad, el aumento del Producto Interior o interno Bruto (PIB), etc. A mayor crecimiento económico, mayor aumento del bienestar, en líneas generales. Un número negativo es un desastre: significa que vamos hacia atrás. Un número positivo (hay correlación entre PIB positivo con un aumento del bienestar de la población) es deseable… pero en el mundo académico se discute si es deseable un número “excesivo” (por ejemplo, de dos dígitos), porque un número muy elevado suele llevar aparejados gigantescos desequilibrios sociales en el país que lo sufre (un ejemplo, China). No hay consenso académico pero, en líneas generales, se considera que un número entre 0,1% y 2,5% es crecimiento “débil” y por encima del 5% está muy, muy bien para economías ya plenamente desarrolladas como, por ejemplo, la francesa… para las economías en desarrollo es mucho más fácil obtener cifras más altas de crecimiento porque lo tienen todo por hacer.

2) -La tasa de desempleo. Lo más deseable es que haya, cuantos menos desempleados, mejor. Aquí la cosa sí está más clara. Actualmente se discute si es necesario o deseable el llegar a tener pleno empleo (porque puede hacer subir la inflación), pero no se discute que una baja tasa de desempleo es muy deseable.

3) -La inflación. Cuanto más baja (hasta cierto límite), mejor. Esto es, que los precios permanezcan lo más cerca posible de un 0% interanual pero no por debajo (por debajo, esto es, en números negativos puede causar deflación, una escalada en la caída de los precios, que es tan indeseable o más que la inflación y que constituye una señal de que el país está en una crisis económica básica, estructural). En líneas generales, es más deseable que la inflación no se acerque tanto al 0% como que ronde hasta el 2%, porque sería señal de que el país se “mueve” algo… Una tasa de inflación del 0% desincentiva la producción y la inversión (no tengo que mover mi dinero porque no va a perder con el paso del tiempo, puedo guardarlo… si mi dinero pierde con el paso del tiempo, ya me veo más o menos obligado a invertirlo, porque si lo dejo quieto, la inflación va a hacer que pierda valor, “se lo va a ir comiendo”).

En la actualidad, existe un cierto consenso entre los economistas en que puedes tener, como mucho, dos de tres. Más bien habría que decir que puedes tener ninguno, uno o dos bien, pero prácticamente nunca los tres indicadores en buenos niveles. Obviamente, en una economía constituida por un solo individuo, por ejemplo un náufrago en una isla desierta, que se acabe de construir su cabaña, sí se dan los tres indicadores positivos: el tipo no ha estado desempleado, se ha producido crecimiento económico (producción de una cabaña con aumento de valor asociado) y, obviamente, no se ha producido inflación (aunque sí en estricta teoría: al náufrago le es menos deseable producir otra cabaña o vivienda: inflación de bienes). Digo todo eso antes de que se me aparezca algún imbécil en los comentarios hablándome de las “economías Robinson Crusoe” (ya tengo experiencia al respecto). Aquí estamos hablando de cómo manejar las economías de sociedades y países, el que se quiera ir a montar una economía en una isla desierta allá él. O ella. Y que se lleve a su puta madre, a ser posible.

Sigamos.

En líneas generales, un crecimiento económico es lo más deseado de los tres, porque es lo que más bienestar genera a la población y lo que arrastra positivamente a las otras dos variables (obvio: si no hay riqueza, no hay nada para repartir ni hay nada para subir los precios), así que casi ningún economista serio cuestiona esa variable en concreto (muchos “alternativos”, que no entienden lo que es un crecimiento económico, quieren o predican un decrecimiento). El problema está en las otras dos: desempleo e inflación.

En líneas muy, muy, muy generales, los economistas más progresistas defienden que lo que hay que vigilar es el desempleo.

Los economistas más liberales y conservadores, dicen que lo que hay que evitar a toda costa es la inflación.

Cada uno defiende a los suyos: los progresistas defienden los problemas de los más necesitados y débiles, que suelen constituir la mayoría de la población y para los cuales tener un empleo con el que ganarse la vida es lo prioritario. Para liberales y conservadores, el drama reside en que el (su) dinero pueda perder valor con el paso del tiempo… porque afecta a toda la población, no sólo los más desfavorecidos, argumentan. Si hay que echar gente a la calle para evitarlo, se la echa.

Eso es hablando en términos extremistas y a grandes rasgos, claro. En principio, no te encuentras con economistas progresistas que nieguen el peligro de la inflación ni con liberales con tan mal corazón que nieguen que todo el mundo tenga derecho a poder comer. En realidad habría que vigilar los tres indicadores, por supuesto, pero insisto… El consenso es que es extremadamente difícil por no decir prácticamente imposible tener los tres en “buenos” niveles. Un crecimiento económico casi siempre va a generar algo de inflación (porque hay más gente para gastar y eso hace subir los precios) y normalmente se le asocia a la creación de empleo. Si no hay crecimiento económico es muy difícil crear empleo (si no se producen más bienes y servicios, no hacen falta más trabajadores para producirlos).

La teoría económica keynesiana, imperante hasta entonces, los años setenta, decía que las tasas de inflación y las tasas de desempleo eran mutuamente incompatibles. La relación entre ambas se reflejaba en la llamada Curva de Phillips (llamada así por el economista neozelandés William Phillips).

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Curva de Phillips.

Curva de Phillips.

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Es decir, la teoría keynesiana (los economistas keynesianos) constataron, estudiando el desarrollo económico de varios países en los años cincuenta y principios de los sesenta, que cuando había una inflación muy alta, el desempleo descendía mucho (no sólo Phillips, sino Samuelson y Solow, encontraron la misma relación). Las explicaciones variaban, pero una de las citadas era porque al empresario le interesaba contratar más trabajadores (acaparar trabajadores antes de que sus sueldos subieran) para que produjeran más productos con los que compensar la subida de precios y abaratar así la producción por hacerla de mayor volumen y, por tanto, más barata.

La creencia en la curva de Phillips y en la relación inversa entre inflación y desempleo tuvo varias consecuencias, sobre todo en política económica: se creía que un nivel de inflación era saludable para mantener el empleo y que controlar los precios podría causar desempleo. Se creía que era cierta porque, por ejemplo, en EEUU, a principios de los sesenta, se intentó controlar algunos precios que se estaban disparando (efectos de la guerra de Corea)… ¡y aumentó el desempleo! Así, se pensaba que si el Estado gastaba lo suficiente en hacer aumentar el Producto Interior Bruto, podía llegar un momento en el que aumentara la inflación lo justo como para que, a su vez, aumentara el empleo. Son los peligros de la falacia anecdótica en estadística por ausencia de recorrido histórico.

Todo eso se demostró como falso en la crisis del 73. Más correctamente, que era falso… a largo plazo: se demostró que no existía una relación estable y clara entre inflación y desempleo.

Una corriente o escuela de economistas, estadounidenses en su mayoría, fueron constatando a lo largo de principios de los setenta, que esa correlación de la curva de Phillips era falsa, y así lo expusieron en público. Fueron los economistas de la escuela de Chicago, muchos de los cuales recibieron el mal llamado “Premio Nobel de Economía” por su papel entre otras cosas, en demostrar como falsa esa correlación: Robert Emerson Lucas, Robert A. Mundell, Edward Prescott (hubo más que no pertenecieron estrictamente a la escuela de Chicago, como Edmund Phelps, Christopher Sims, Thomas Sargent… pero ésos fueron los principales). El líder o cabeza visible de la escuela de Chicago fue Milton Friedman, también “premio Nobel de Economía” (1976), y el considerado como el autor más relevante de esta nueva oleada de economistas de corte liberal-conservador. De hecho, a veces se le llama “padre del neoliberalismo” (pero él no se llamó a sí mismo “neoliberal”).

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Milton Friedman (1912-2006), economista estadounidense miembro y cabeza visible de la

Milton Friedman (1912-2006), economista estadounidense miembro y cabeza visible de la “escuela de Chicago”. “Premio Nobel de Economía” en 1976. Considerado en el mundo académico de la Economía como el “padre del neoliberalismo”, junto a Friedrich Hayek.

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Estos economistas predijeron que la nueva situación iba a generar elevada inflación, elevadas tasas de desempleo y estancamiento del crecimiento económico, al contrario de lo que predecía la curva de Phillips. Fue lo que se dio en llamar estanflación (stagflation en inglés, como la definió el político conservador británico Iain Mcleod).

Friedman, en concreto, argumentó que la relación de la curva de Phillips sólo era un fenómeno a corto plazo y que, a largo plazo, tanto empleadores como empleados acabarían por tener en cuenta el coste de la inflación en sus sueldos, con lo que el coste de contratar subiría y el desempleo, por tanto, aumentaría y acabaría acompasando el incremento de la inflación. Dicho de otra forma: tras un primer momento, el desempleo volvería a incrementarse pero ahora, encima, con mayores tasas de inflación. Resumiendo: que no había relación, al menos a largo plazo, entre inflación y desempleo. Friedman desarrolló esto más, añadiendo que, en términos prácticos, eso significaba que los bancos centrales no deberían tener como objetivo mejorar las tasas de desempleo por encima de su tasa natural (los neoliberales, en líneas generales, no predican el pleno empleo, lo consideran perjudicial en términos económicos).

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La estanflación se produce principalmente de dos formas:

1) Porque se producen shocks o crisis concretas en el suministro de productos, especialmente productos clave para la economía, como por ejemplo, una escasez o aumento del precio del petróleo en países importadores de petróleo como se dio en los setenta. Ese suministro “desfavorable” hace que aumenten los precios y eso reduzca la marcha de la economía al hacer que la producción sea más cara y menos eficiente. En palabras de Milton Friedman: demasiado dinero para hacer demasiado poco.

2) Por políticas macroeconómicas ineficaces. También se dio en los setenta. Por ejemplo, muchos bancos centrales aumentaron el suministro de dinero en exceso, más allá de lo necesario, causando una subida de precios aún mayor. Los bancos centrales y los políticos, con las creencias de la época en la mano creían que, así, reducirían el desempleo.

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Obviamente, las soluciones son: para el primer caso, asegurar el suministro de ese producto que está desestabilizando la economía… Como ese producto era el petróleo, y el monopolio de su producción estaba en otras manos distintas de los gobiernos afectados, poco se podía hacer. Lo que más se hizo fue mejorar la eficiencia energética de electrodomésticos, vehículos (autos que gastaban menos gasolina), medidas de ahorro, racionamiento, confiar en y desarrollar fuentes de energía alternativas, etc. En el segundo caso, queda muy bonito decir que la solución es aplicar medidas correctas, pero cuáles son esas medidas están sujetas a discusión… La estanflación es muy difícil de frenar una vez ha comenzado, ya que crea dilemas a los políticos económicos sobre qué hacer: una política que afecte positivamente al empleo puede generar efectos negativos en la inflación, y viceversa: hoy en día, al contrario de lo que sucedía en los años setenta, nuestro software nos permite tomar decisiones de tipo monetario que rozan una precisión acojonante… la prueba es el control de la inflación que han logrado alcanzar instituciones como el Banco Central Europeo incluso en mitad de una crisis tan grave como la que estamos, la que comenzó en 2007-2008, pero en los años setenta no se disponía de esas herramientas. Ése es uno de los dilemas de la Economía moderna: o combatir la inflación o combatir el desempleo. Se tenga o no constancia de cuáles son esas medidas monetarias correctas, la escuela de Chicago dejó claro que para ella, lo mejor era tomar decisiones como desregulación, privatizaciones y, sobre todo, medidas monetarias (de control de la emisión del dinero). De ahí que se le llamara al conjunto de teorías diseñada por Friedman y autores similares, “monetarismo”.

En la facultad llamábamos a Friedman el “señor botones y palancas”, porque fue de los principales economistas que predicaron en firme el control de las políticas económicas a partir del control del suministro de dinero, especialmente a través de las tomas de decisiones de los bancos centrales (emisión de bonos de deuda pública, determinación de los tipos de interés, etc.). Ésa es una de las razones por las que se percibe actualmente por parte de grupos contestatarios que los bancos centrales son “neoliberales”. Y también motivó las mayores fricciones y peleas dentro del mundillo liberal: la escuela austríaca y los fundamentalistas del capitalismo acusaron de traidores a los de Chicago y a los liberales modernos porque eso que predicaban los segundos (defender que el Estado y sus instituciones como los bancos centrales podían llegar a “curar” las crisis o que estaba justificado intervenir en economía) era anatema, una blasfemia, una pérdida de los valores tradicionales fundamentales del liberalismo clásico y una mentira cochina. Los liberales modernos y los de Chicago acusaron, a su vez, a los austríacos y partidarios de la vieja escuela de estar más obsoletos que las lanzas de sílex, de no emplear el método científico ni una metodología seria y de estar aferrados más a la ideología que al pragmatismo (son muy conocidas las peleas entre Mises y Friedman de los últimos tiempos; os recuerdo: Mises llegó a llamar “socialista” a Friedman directamente y en persona).

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Como podréis suponer, el prestigio ganado por los economistas como Friedman en la predicción de la estanflación, sirvió de mucho para que su teoría económica ocupara el lugar del ahora desprestigiado “consenso keynesiano”. El auge de las teorías económicas de corte liberal y conservador (el monetarismo y otras que se aprovecharon de su prestigio de forma colateral, como la escuela austríaca) de los años ochenta encuentra su raíz en el fallo keynesiano en predecir las crisis de los años setenta (especialmente la del 73), de cara a economistas y políticos.

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Resumiendo:

1) -La crisis del 73 mostró que muchas de las creencias económicas hasta entonces incuestionables (que había relación estable entre inflación y desempleo) eran erróneas. Los políticos de la época estaban desarmados ante las nuevas condiciones creadas por la crisis.

2) -Una nueva oleada de economistas de corte liberal y conservador predijeron (que no necesariamente solucionaron, ahora lo veremos) las causas y evolución de esa crisis. La escuela de Chicago fue el grupo más relevante de esos economistas.

3)El prestigio ganado con esa predicción, les valió un papel de primer orden en los gobiernos conservadores (Margaret Thatcher, Ronald Reagan) que llegaron al poder en los años ochenta como justificadores teóricos de las acciones que estos gobiernos iban a tomar.

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Lo que estáis leyendo.

Los economistas de la escuela de Chicago (propagandistas teóricos, académicos) y de la escuela austríaca (propagandistas políticos, fundamentalistas del libremercado y del laissez-faire) son los creadores de lo que posteriormente conoceríamos como teoría económica neoliberal, aunque en su momento no se la llamara así.

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Vistas del campus de la universidad de Chicago con el

Vistas del campus de la universidad de Chicago con el “skyline” de la ciudad al fondo. Foto: Alex MacLean, 2005.

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Los gobiernos de Margaret Thatcher, Ronald Reagan, los australianos Bob Hawke y Paul Keating y el dictador chileno Augusto Pinochet, entre otros muchos políticos y gobernantes a lo largo y ancho del mundo, utilizaron a los economistas de las escuelas austríaca y/o de Chicago como inspiración para sus políticas económicas o, directamente, como equipo de consejeros económicos.

Si bien algunas (muy pocas) medidas concretas de estos economistas (los de Chicago, no los austríacos) sirvieron para salir de la crisis de principios de los setenta, la mayoría de ellas (que conllevaron un paulatino desmantelamiento del Estado del Bienestar) fueron, especialmente a largo plazo, tan drásticas y tuvieron efectos tan devastadores que dejaron una especie de “impronta cultural” en grandes sectores de la población mundial (especialmente sectores desfavorecidos, los pobres, sindicalistas, gentes de izquierda, socialistas, grupos y movimientos antiglobalización y anticapitalistas, Hispanoamérica, países en vías de desarrollo, del Tercer Mundo, etc.) los cuales, desde entonces, le tomaron un odio mortal a todo lo que se asemejara a esas políticas que, años después, fueron calificadas con un término general que las englobara para resumir: neoliberalismo.

Espero que entendáis que si hoy en día vemos a miles de personas en manifestaciones a lo largo y ancho del mundo, quemando contenedores, enfrentándose a los antidisturbios, que llevan pancartas y letreros con eslóganes como “abajo el neoliberalismo”, presentándose a las puertas de parlamentos, congresos, conferencias del Fondo Monetario Internacional, reuniones del G7 o del G20 tirando piedras mientras se desgañitan en contra de algo que llaman “neoliberalismo”, “políticas neoliberales”, “políticas de libremercado” y “muerte al capitalismo salvaje”… es por algo. No vemos a gente manifestándose y gritando consignas como “abajo el keynesianismo”, “muerte al Estado del Bienestar”, “viva el neoliberalismo” o “queremos más privatizaciones”.

Así que, si bien algunas de las políticas llamadas “neoliberales” tuvieron indudables efectos positivos, no fueron para tanto y al describiros los negativos podréis entender, por qué se le tiene tanto odio y tanto asco a “eso” que se llama neoliberalismo.

¿Qué fue lo que hicieron que tanto odio crearon?

Con la excusa de que tenían que salvar a los países de los efectos de la crisis del 73, del malvado comunismo que acechaba al otro lado del Telón de Acero, y que iban a traer de vuelta la tan ansiada prosperidad, los gobiernos que hemos citado y sus consejeros e inspiradores económicos, diseñaron y aplicaron una serie de políticas económicas que fueron, por decirlo suavemente, “polémicas” y no tan efectivas como aseguraron en un principio.

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El movimiento pendular de la Historia, llevó, tras la crisis de los años setenta, a adoptar medidas opuestas a las que hasta entonces “se llevaban”. Vamos a hablar en términos muy generales (lamentablemente no dispongo de espacio ni tiempo para pormenorizar) de las políticas más significativas o que más llamaron la atención de entre las que se llevaron a cabo en los países que adoptaron esta nueva forma de ver la economía, pero he de recordar que no todos estos países aplicaron las mismas medidas económicas ni en el mismo grado ni tuvieron el mismo éxito o fracaso (necesitaría de un artículo por país, por ejemplo). La mayoría de esas políticas se acabaron por resumir (o así se percibió por parte de sus detractores) en el Consenso de Washington, que veremos más adelante:

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1) -Liberalización del comercio y liberalización de la inversión extranjera (que todo extranjero que quiera y pueda, compre sin límites en el país, y viceversa, que todo nacional pueda comprar en el extranjero, como ya vimos). Una de las cuestiones con las que más se asocia al neoliberalismo, es con el fenómeno de la globalización, que comenzó a hacerse palpable y tangible en esta época. Empezaron a deslocalizarse las empresas. Dejó de dificultarse el que si una empresa quería producir más barato en otro país, pudiera irse (se eliminaron aranceles a la importación de productos baratos que pudieran arruinar las industrias locales). Numerosas empresas en Europa y en EEUU empezaron a emigrar a China y el Sudeste asiático, así como muchas empresas norteamericanas empezaron a fabricar en México (maquilas) y otros países de Latinoamérica: producían barato en el extranjero y vendían a buen precio en los países del Primer Mundo: es la época en que los vehículos, las radios y electrodomésticos orientales inundaron los mercados occidentales mientras que la una vez grandiosa industria del motor estadounidense empezó a hundirse. El sector industrial fue perdiendo peso en las economías del Primer Mundo a favor del sector Servicios (la llamada “economía post-industrial”). Eso fue generando progresivamente un aumento del desempleo y del empobrecimiento de la calidad del empleo en muchos países, si bien generaron una cierta cantidad de empleo temporal. De esta época son las primeras agencias de empleo temporal que actuaban masivamente, por ejemplo. Como efectos positivos, tuvo el del aumento de la diversificación de productos, una gran mejora tecnológica (y mejores métodos) en la producción, un incremento del comercio mundial y de las relaciones internacionales, y un abaratamiento de una gran gama de productos (nota: los productos agrícolas o alimentarios no dejaron de protegerse arancelariamente, fueron la gran excepción. Una mayoría de países, todavía hoy, los protegen como parte de sus políticas de seguridad alimentaria).

Imagen alegórica de la globalización.

Imagen alegórica de la globalización.

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2) –Se relanzó el concepto de competitividad. Se eliminaron gran cantidad de subsidios y se redujeron muchos otros, así como se congelaron o, directamente redujeron, los salarios. Por ejemplo, los subsidios al desempleo y a la Educación pública. Se suelen poner como ejemplos ilustrativos, la eliminación thatcheriana de las ayudas a los comedores escolares y los subsidios a la obtención de vivienda (alquiler y compra). También se eliminaron las ayudas o el mantenimiento de sectores deficitarios (unos ciertamente y otros supuestamente) como astilleros, ferrocarriles, tabacaleras, correos y el sector metalúrgico. El ejemplo más emblemático fueron las minas de carbón británicas que tantas manifestaciones causaron en la Gran Bretaña de los años ochenta y que quedaron incluso reflejadas en numerosas ocasiones en el cine inglés (Billy Elliot, 2000). Mirando en retrospectiva, si bien es cierto que muchos de esos sectores eran deficitarios, se achaca a estas políticas liberales el aumento del desempleo, desempleo de trabajadores cualificados y el que no crearan alternativas (“reconversiones”) que fueran reduciendo paulatinamente esos sectores en vez de destruirlos prácticamente en seco . También se combatieron mucho las huelgas y las ausencias (justificadas o no) de los puestos de trabajo. Y se congelaron, limitaron o, directamente decrecieron, los sueldos, especialmente los de los sectores más “obreros”. Es más, la clase media fue sufriendo serios reveses ya en esta época. En EEUU y Gran Bretaña, por ejemplo, el fenómeno de la pérdida de poder adquisitivo y de nivel de vida de la clase media tienen incluso su propio nombre: middle-class squeeze (“el exprimido de la clase media”).

El periodista estadounidense Charles Weston lo describió muy gráficamente:

Pertenecer a la clase media solía significar tener un trabajo estable con un sueldo decente; acceso a la sanidad; un hogar seguro y tranquilo; tiempo libre para las vacaciones y para los acontecimientos importantes; y la seguridad de que te quedaría un retiro digno. Pero hoy en día ese estándar de vida se ha vuelto cada vez más precario. La clase media que queda está exprimida y muchos de los que luchan para alcanzarla lo encuentran sistemáticamente fuera de su alcance.

La redistribución de riqueza sufrió serios reveses en los indicadores de estos años. Los trabajadores perdieron una inmensa cantidad de poder adquisitivo y se produjo un brutal aumento de desequilibrios entre ricos y pobres. De hecho, el país del mundo que más ha experimentado esta brecha entre ricos y pobres en los últimos cuarenta años, desde la adopción de estas medidas ha sido… Estados Unidos.

Es uno de los efectos más malos, si no el más perverso e incontestable de la aplicación de políticas neoliberales y de las que menos hablan los partidarios de políticas fundamentalistas de libre mercado: el empobrecimiento masivo y paulatino de la inmensa mayoría de la población.

Como efectos positivos, se mejoró la productividad y mejoraron temporalmente las condiciones presupuestarias de los diferentes Tesoros, pero a costa de los sacrificios de los de siempre: los trabajadores.

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Huelga sentada de esposas de mineros afectados por la privatización de las minas de carbón británicas y que protestaban, a su vez, por la eliminación de la leche gratuita en los comedores de las escuelas por parte de Margaret Thatcher. La

Huelga sentada de esposas de mineros afectados por la privatización de las minas de carbón británicas y que protestaban, a su vez, por la eliminación de la leche gratuita en los comedores de las escuelas por parte de Margaret Thatcher. La “premier” británica siempre se enfrentó, desde que tomó aquella medida siendo ministra de Educación, al grito contestatario de “milk snatcher!” (“robaleche”). Años ochenta, Gran Bretaña.

3) –Eliminación de impuestos… especialmente a los más ricos (los famosos tax cuts, “recortes de impuestos”). Thatcher, por ejemplo, redujo los impuestos sobre ingresos e incrementó los indirectos: una de las formas de proteger a los que más tienen y de hacer recaer el peso de la recaudación para mantener el aparato estatal sobre los que consumen. La idea “neoliberal” se condensa en la llamada peyorativamente “teoría del goteo” (trickle-down economics): esta teoría argumentaba que cuanto más dinero tuvieran los ricos y emprendedores o más se les redujeran los impuestos, tanto más dinero dispondrían para crear más empresas, crear más empleos, gastar más (y, por tanto, aumentar la producción y el subsiguiente número de trabajadores) o pagar más a los empleados (lo que sobrara a los ricos “gotearía” hacia abajo, hacia los obreros). No me voy a parar mucho en comentar esto, ya que esa teoría está totalmente demostrada como directamente falsa tanto en la práctica como en el estudio econométrico y científico, con extensa literatura académica a cuestas. En EEUU, los neoliberales intentaron “colar” esa teoría con la llamada Curva de Laffer, parte de la Reaganomics. Ya le dediqué un artículo en exclusiva a ese concepto, pero os lo condenso: el economista republicano Arthur Laffer argumentaba que si los impuestos se reducían, la clase rica o emprendedora dispondría de más dinero con el que crear más empresas, más producción… tanta más que ese nuevo escenario produciría más recaudación por impuestos que si se tasara tanto. Una vez más, esa teoría está demostrada como falsa… más bien habría que decir que bastante incorrecta: allá donde se ha aplicado (Laffer la llegó a aplicar cuando Reagan llegó al poder, fue uno de sus consejeros y llegó a reconocer que no funcionaba) no ha producido ese efecto esperado… la clase rica optaba, en líneas generales, por quedarse con el dinero ahorrado de no tener que pagar tantos impuestos (o dirigirlo a paraísos fiscales aprovechando las nuevas condiciones de desregularización fiscal). Esta medida no tuvo prácticamente efectos positivos para el grueso de la población ni del Estado.

Gráfica de la relación entre tasas de impuestos para rentas más altas (línea rojo oscuro, se mide en el eje izquierdo) en relación  al crecimiento ecconómico (Producto Interior Bruto, línea azul, se mide en el eje derecho). Cifras para EEUU en los años 1950-2008. Nótese la línea rojo claro de la tendencia: a mayor recorte a los ricos, MENOR crecimiento económico.

Gráfica de la relación entre tasas de impuestos para rentas más altas (línea rojo oscuro, se mide en el eje izquierdo) en relación al crecimiento económico (Producto Interior Bruto, línea azul, se mide en el eje derecho). Cifras para EEUU en los años 1950-2008. Nótese la línea o flecha rojo claro de la tendencia: a mayor recorte en impuestos a los ricos, MENOR crecimiento económico.

Fuente.

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4) -Privatización de las empresas públicas, servicios públicos y reducción del gasto público en general. Uno de los aspectos más polémicos, más emblemáticos y quizás más universales de las políticas neoliberales, porque se dio masivamente y en prácticamente todos los países que las aplicaron. Según lo que se dio en llamar neoliberalismo, el Estado debe reducirse al mínimo (minarquismo, Estado mínimo), y deshacerse de pagar o costear servicios innecesarios (que suelen ser sufragados con los impuestos)… y, además, compite en calidad de monopolio con empresas que podrían ofertar más o mejores servicios. Por ejemplo, según muchos partidarios de las políticas de libre mercado, las pensiones, la educación y los seguros médicos deberían ser privados.

La lista de empresas privatizadas (vendidas al sector privado), tan sólo en el Reino Unido de Margaret Thatcher fue impresionante: la empresa de aviación British Airways (1987), la aeronáutica British Aerospace (1985-1987), la petrolera British Petroleum (1979-1987), la gasística British Gas (1987), las automovilísticas Rover Group (antiguamente Leyland Group, en 1988) y Rolls-Royce (1987), las empresas suministradoras de agua (eran de ámbito local, en 1989), la metalúrgica British Steel (1988), la empresa de telecomunicaciones British Telecom (1984), la empresa de ferries Sealink (1984), y los ferrocarriles British Rail (cuya privatización terminó bajo el mandato del sucesor de Thatcher, John Major, en 1993). Se pusieron incluso a la venta las casas de protección oficial (eso sí, se les dio el derecho de compra primero a los inquilinos).

Sede de la antigua compañía estatal española de telecomunicaciones, Telefónica. Gran Vía, 28 de Madrid. Comenzó a privatizarse en 1995, bajo Felipe González, pero el grueso de la privatización se realizó durante el gobierno de José María Aznar.

Sede de la antigua compañía estatal española de telecomunicaciones, Telefónica. Gran Vía, 28 de Madrid. Comenzó a privatizarse en 1995, bajo Felipe González, pero el grueso de la privatización se realizó durante el gobierno de José María Aznar.

¿Fueron “malas” o fueron “buenas” estas privatizaciones? Seguramente hayáis leído en muchos otros lugares, incluso en la esfera académica, a defensores de una u otra postura: los hay que justifican como acertada la privatización de empresas ineficientes, caras y escleróticas… y hay detractores de la medida, porque se vendieron cosas pertenecientes al Estado común, y no se vieron beneficios.

¿La respuesta? Que no se puede generalizar: depende de cada privatización. Para responder a esa pregunta habría que ir analizando caso a caso. La “regla de oro” (léase, p.e., a Massimo Florio) que hasta ahora se ha ido demostrando como más o menos cierta es que: cuanto más informado y culto es el consumidor y más honrada y transparente la privatización, tanto más beneficiosa es en líneas generales… siempre que la empresa privatizada pertenezca a un sector de por sí rentable y no se dedique a una necesidad básica.

Esto es: no es lo mismo privatizar los ferrocarriles en Chile (peor) que en Gran Bretaña (mejor). No es lo mismo privatizar un sector rentable como una compañía telefónica en un marco transparente y con poca o ausente corrupción (Canadá) que lo contrario (España). No es lo mismo privatizar un sector básico y necesario para vivir (sanidad, pensiones, eléctricas, agua) que uno no básico (correos, minería de carbón, aerolíneas, telefonía)… porque causa mucho más perjuicio al conjunto de la población sin que vea beneficio… si es que llega a obtener alguno con respecto a la propiedad estatal.

Eso sí, quiero insistir en el hecho de que este aspecto de las privatizaciones de empresas y servicios públicos fue de los más negativos y duraderos de las políticas de libre mercado de los años ochenta (y noventa) en muchos países, porque si bien sirvieron para eliminar parte del déficit público con lo que se ganó por su venta y aumentó algo la eficiencia productiva que estaba atascada en éstos, el empleo temporal y la oferta privada de esos servicios, tuvieron efectos muy, muy, muy negativos. Tanto que, a día de hoy todavía nos planteamos muchos economistas si de verdad hicieron falta… Señal de que no se hizo del todo bien, como mínimo. Algunas cuestiones:

a) Los estados afectados dejaron de percibir ingresos por esas empresas. Vieron muy mermados los dineros que podía poner a disposición de su población. El estado prácticamente se vio abocado desde entonces, “a vivir” sólo de impuestos y emisión de bonos de deuda pública.

b) El alivio del déficit fue temporal. Muchos neoliberales de la era thatcheriana sacan pecho diciendo que redujeron el déficit público heredado de la época de crisis de los años setenta. Eso es pan para hoy y hambre para mañana… y también sabe hacerlo cualquiera: vender lo que se tiene para sacar líquido. Y es un truco de un solo uso. David Cameron, el actual primer ministro conservador del Reino Unido… no puede repetir ese mismo truco de sus antecesores en la crisis actual porque ya se habían vendido anteriormente las empresas públicas.

c) El empleo generado, aunque en mayor volumen, fue de mucha menor calidad (normalmente empleo temporal, en peores condiciones o más inestable), y no siempre justificó la venta de esas empresas. Y el servicio generado a partir de entonces no fue necesariamente mejor en muchísimas ocasiones (se demostró que no es cierto que siempre sea mejor la labor del sector privado que el público como aseguraban los posteriormente llamados “neoliberales”)… como estamos viendo actualmente con la privatización del servicio eléctrico en España o el intento con los servicios sanitarios de la Comunidad de Madrid (más caros y más ineficientes que los públicos), o viéndolo en el hasta hace poco vigente sistema sanitario estadounidense (mayoritariamente privado), hasta la aparición del llamado Obamacare. Aquí, un análisis del servicio médico estadounidense.

d) Los gobiernos pusieron a la venta las empresas más “deseables” y, en líneas generales, se quedaron con las más deficitarias (por ejemplo, la Sanidad o las empresas de producción de carbón), las que nadie quería comprar. Eso es muy fácil (y muy hipócrita) de hacer: vender los activos más deseados y quedarme apechugando con los menos deseados. El mérito en un buen vendedor o gestor reside en saber venderlo o gestionarlo todo, no sólo lo de más calidad… o lo más fácil de vender. Vender gangas lo sabe hacer cualquiera.

e) Uno de los aspectos más indeseables fue que… en muchos países esas empresas cayeron en manos no de los mejores postores sino de aquellos con conexiones en el gobierno. Que hubo muchas corrupciones en las privatizaciones, vaya. En España, por ejemplo, que acometió la privatización final de Telefónica, nuestra compañía estatal de comunicaciones, en 1999, el proceso lo dirigió y se benefició de él Juan Villalonga, un amigo personal del presidente del gobierno de por aquel entonces, José María Aznar. La privatización de Telefónica fue muy mala en líneas generales… Pero también tenemos ejemplos de privatizaciones nefastas en Latinoamérica. Un muy buen texto en castellano sobre los errores y aciertos de la política de privatización en la Latinoamérica de los ochenta y noventa.

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5) –Desregularización y facilitación de movimientos de capitales: como ya dijimos, abolición de regulaciones (leyes y normas legales, como las cada vez más liberalizadoras reformas laborales) que impidan la entrada en los mercados o que restrinjan la competencia, y que las instituciones financieras no sean muy severas en su vigilancia. Eliminación de convenios y de asociaciones sindicales, y una cada vez mayor desprotección de los trabajadores. Uno de los efectos más positivos de estas medidas fue la reducción del aparato burocrático y la ralentización que conllevaba, pero uno de los grandes efectos negativos (mayor que su supuesta ventaja), que todavía hoy se sufre y muy relacionado con el fenómeno de la globalización, es que se facilitó terriblemente la fuga de capitales y evasión de impuestos a los llamados “paraísos fiscales”. Por decirlo de una forma “suavecilla”, las leyes y castigos penales se quedaban en los países originarios, y los dineros podían “volar” hacia sitios seguros para sus dueños. Otra cosa que empezó en esta época pero que fue desarrollándose paulatinamente hasta los años 2000 (estallando en la crisis actual), fue la permisividad con la especulación, especialmente la relacionada con la bolsa, las inmobiliarias (hipotecas subprime, que provocaron la crisis actual), los hedge funds… fruto de la desregularización gubernamental: los neoliberales son inflexibles al respecto de permitir ganar dinero de la forma más fácil posible, repitiendo los errores de la especulación salvaje de los años veinte y el crash de 1929.

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Vista aérea de la isla caribeña de Gran Caimán (

Vista aérea de la isla caribeña de Gran Caimán (“Grand Cayman” en inglés), la mayor y más importante de las islas Caimán. Uno de los más famosos paraísos fiscales del mundo, en este territorio de ultramar británico se encuentra el mayor índice de contables por habitante del planeta. De las casi 40000 compañías que se encuentran registradas en la isla 600 son bancos, los cuales manejan 500 mil millones de dólares estadounidenses en activos.

6) -Garantías legales para los derechos de propiedad privada. Protección contra las expropiaciones estatales, por ejemplo. Y más individualismo. Ya entrando en cuestiones casi que más “filosóficas” pero que indudablemente tuvieron un impacto físico, fue que se adentró en la moral de la época la progresiva justificación del llamado “egoísmo sano”: que estaba justificado hacerse rico, aunque fuera a costa de volverse agresivo. El individuo y sus deseos son lo más importante para el neoliberalismo. La persona individual (y no la “comunidad”, la sociedad o el Estado), es la medida de todas las cosas: mi felicidad va por delante (y, por tanto, mi libertad).

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7) -Tipos de interés determinados por el mercado (no por el Estado) y Tasas de intercambio competitivas entre monedas. Que las monedas no estén protegidas por el Estado, sino que “floten” libremente unas respecto a otras… y que gane la mejor. Ésa fue una propuesta austríaca, no exactamente de la escuela de Chicago. Y ni que decir tiene que los de Chicago, con su monetarismo, consideraban un suicidio dejar los tipos de interés exclusivamente en manos del mercado y el sector privado: recordemos que ellos son partidarios de una política monetaria fuerte dirigida por el gobierno. Sí es cierto, no obstante, que ambos grupos favorecen la competitividad entre monedas… poder irse a producir donde más barata esté la moneda y vender donde esté más cara.
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Bueno, pues hasta aquí y muy generalizadamente, las políticas económicas (especialmente las más odiosas) que comenzaron en los años setenta y ochenta y que posteriormente se darían en llamar “neoliberalismo”.

Pero… ¿cómo llegaron a conocerse como “neoliberalismo” si en aquella época esas políticas no tenían un nombre general definido?

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4. El resurgir del término “neoliberalismo”.

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El término “neoliberalismo” resurgió en dos fechas y dos lugares distintos… y con significados o matices diferentes a aquellos con los que nació en los años treinta:
-En EEUU, en los años ochenta, en inglés.
-En el Chile de los años ochenta (aunque tuvo algunos antecedentes a finales de la década de los sesenta), en español.

Analicemos cada caso. Vamos a empezar por el caso estadounidense porque aunque fue posterior en el tiempo al chileno y no tuvo apenas relevancia académica, conviene hacerlo para que podamos comparar mejor. Si hoy en día se utiliza el término “neoliberalismo” con las connotaciones tan negativas con las que se le asocia es, precisamente, por el uso que se le ha dado desde el español, no desde el inglés.

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4.1. El resurgir del término “neoliberalismo” en EEUU en los años ochenta.

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El término “neoliberalismo” resurge en el llamado Un manifiesto neoliberal, del periodista y escritor estadounidense Charles Peters en 1983.

Charles Peters, periodista estadounidense fundador de

Charles Peters, periodista estadounidense fundador de “The Washington Monthly”.

Charles Peters es conocido, sobre todo, por ser el fundador en 1969 de The Washington Monthly, una revista bimensual gratuita sobre política estadounidense muy influyente. De hecho, ese A neoliberal’s Manifesto fue publicado en esa revista.

Charles Peters se define a sí mismo (todavía vive, a fecha de noviembre de 2014) como un “demócrata del New Deal” y predica desde su revista el que el gobierno intervenga para resolver problemas sociales… pero Peters describió en ese manifiesto la necesidad de redefinir (y, por tanto, la necesidad de renombrar) qué era exactamente un liberal en la sociedad estadounidense de su tiempo porque consideraba que algunas de las ideas tradicionalmente adscritas a los demócratas comenzaban a quedarse obsoletas.

Peters se declara un heredero del liberalismo americano (ojo: lo que ellos entienden allí por liberalismo), pero decía que había que actualizar cuáles eran las metas del liberalismo en los años ochenta tras las crisis de los años setenta. De ahí, “neoliberalismo”. Según sus propias palabras en ese manifiesto:

Si los neoconservadores son liberales que han adoptaron una mirada crítica hacia el liberalismo y han decidido convertirse en conservadores, nosotros somos liberales que adoptamos la misma mirada y decidimos mantener nuestras metas pero abandonando algunos de nuestros prejuicios. Todavía creemos en la libertad y la justicia y una justa oportunidad para todos, en la misericordia hacia los desfavorecidos y en la ayuda hacia los que están más abajo y fuera [de la sociedad]. Pero ya no favorecemos automáticamente a los sindicatos y un gobierno fuerte o nos oponemos a lo militar ni a los grandes negocios.

Más claro, agua clara.

¿Cuál es el problema aquí con el uso del término “neoliberalismo”, entonces?

En que Peters y la inmensa mayoría de estadounidenses consideran como “liberal” algo muy distinto de lo que entendemos en el resto de Occidente. En EEUU, un “liberal” es lo más parecido que tienen por allí a un izquierdista. De hecho, a los seguidores del partido Demócrata se les llama liberals, muchas veces con tono despectivo, especialmente por parte de sus principales rivales, esto es, los conservadores del partido Republicano. Pero como podéis haber leído en las palabras de Peters, los liberales-demócratas NO son izquierdistas. No al menos tal y como entendemos europeos y latinoamericanos que debe ser un izquierdista. Los “liberales” (demócratas) estadounidenses están bastante más próximos a un conservador europeo de lo que ni ellos mismos se imaginan. Y los republicanos serían ya directamente considerados ultraconservadores en Europa.

En los EEUU, los demócratas de los años ochenta ya no tenían empacho alguno en asociarse con las grandes campañas bélicas o en solicitar la ayuda económica de las grandes corporaciones. En Europa, aunque sólo sea “de boquilla”, los izquierdistas intentan que no se les vea asociados a los intereses de la gran empresa (aunque luego muchos lo hagan), no es algo que los haga “populares”.

Y ahí es donde residió en su momento el problema con el neoliberalismo estadounidense: para sus partidarios yanquis, el neoliberalismo como regeneración de la ideología demócrata era una ideología muy progresista y con raíces muy bondadosas… y lo curioso es que hasta se lo creen. Pero para el resto del mundo, al oírles hablar o leerles, ya notamos enseguida que no están en la misma “onda” que nosotros.

Ese “neoliberalismo americano” no fue más que un nuevo relanzamiento de los viejos ideales demócratas actualizados con vistas a combatir el nuevo empuje conservador en la sociedad estadounidense. Recordemos: Ronald Reagan había ganado las elecciones presidenciales de 1981 y con él sobrevino un auge de las ideas republicanas más conservadoras con las que muchos votantes esperaban solucionar los problemas de las crisis de los años setenta (como la del petróleo). Obviamente, los demócratas como Peters creían que había que modernizarse si querían volver a ganar las elecciones y uno de esos intentos por modernizarse o actualizarse fue… emplear el término “neoliberalismo” y asociar ese término a nuevas cuestiones: desvinculación con los sindicatos, apego a las grandes empresas, privatizaciones, dejar los enfrentamientos con los militares, desregulación, etc. Es por eso que, al leer a Peters da la sensación de que los demócratas se estaban vendiendo (aún más) a los intereses de la oligarquía económica.

El máximo exponente de este nuevo liberalismo-redefinición del partido demócrata estadounidense fue… el gobierno de Bill Clinton. Clinton y su equipo económico adoptaron, cuando llegaron al poder en 1992, varias ideas que hasta entonces se consideraban propias de sus rivales conservadores pero que percibían como inevitables para los nuevos tiempos: desregulación favorecedora de la especulación, alianza con las grandes corporaciones, eliminación de aranceles, progresivo desmantelamiento del poco aparato asistencial (especialmente el sanitario), etc. No es que los demócratas “clintonianos” adoptaran todos los ideales republicanos (por ejemplo, subieron los impuestos), pero sí es cierto que las diferencias fundamentales con ellos se redujeron notablemente, especialmente en política económica. Así, podemos ver que, si bien se tiene asociado popularmente el neoliberalismo a la políticas económicas del gobierno republicano de Ronald Reagan (y George Bush padre), los demócratas que le sucedieron… no les hicieron ascos y las continuaron en gran medida.

Bill Clinton, (derecha), presidente demócrata (progresista) durante 1993-2001 y su sucesor, George W. Bush (izquierda), presidente republicano (conservador) de EEUU desde 2001 a 2009. Si bien ambos aplicaron políticas neoliberales, fue Bush quien se llevó el odio mundial de grandes sectores al presentarse como un firme defensor radical de esas medidas. No le ayudaron a mejorar su imagen ni la Guerra de Irak ni su estilo de mandatario, caótico, ridículo y con una administración muy prepotente y claramente defensora de los ricos. La era Clinton fue, además, mucho mejor en lo económico.

Bill Clinton, (derecha), presidente demócrata (progresista) durante 1993-2001 y su sucesor, George W. Bush (izquierda), presidente republicano (conservador) de EEUU desde 2001 a 2009. Si bien ambos aplicaron políticas neoliberales, fue Bush quien se llevó el odio mundial de grandes sectores al presentarse como un firme defensor de esas medidas. No le ayudaron a mejorar su imagen ni la Guerra de Irak ni su estilo como mandatario, caótico, ridículo y con una administración muy prepotente y claramente defensora de los ricos. La era Clinton fue, además, mucho mejor en lo económico. Foto: Reuters.

¿Qué consecuencias tuvo todo esto?

1) El término “neoliberalismo” (entendiéndose como tal esa “renovación ochentera” de los ideales del partido demócrata) nunca fue muy popular en EEUU y tampoco se utilizó mucho. En términos académicos ni se tiene en cuenta, prácticamente. No fue “popular” porque a los viejos demócratas maldita la gracia que les hacía esa “renovación traidora con sus ideales tradicionales” y lo cierto es que en EEUU se percibía (especialmente por parte de los conservadores) que esa “renovación” no era sino el reconocimiento por parte de los liberals de que habían estado equivocados siempre y no habían tenido más remedio que “agachar los cuernos” y aceptar que esas ideas o temas hasta entonces asociados a la derecha eran objetivamente buenos y necesarios y que había que aplicarlos por cojones. Una vez más, los diferentes gobiernos y técnicos empleaban otra gran variedad de nombres para referirse a estas políticas económicas (Reaganomics, políticas de libre mercado, políticas de desregulación, economía del lado de la oferta, etc.).

2) Relacionado con ello, con el hecho de que esas ideas y temas centrales ahora eran políticas a implementar tanto por demócratas (progresistas) como por republicanos (conservadores), que el resto del mundo, especialmente los movimientos alternativos y antiglobalización, terminaron percibiendo que el neoliberalismo es un invento netamente estadounidense. Que el neoliberalismo es un invento yanqui… tan insidioso que daba igual ser de un partido de derechas o de izquierdas, todos los partidos políticos tradicionales acababan por venderse a esos ideales del libre mercado.

3) Esa percepción se extendió después al resto del mundo: conforme pasaban los años y llegaban al poder diversos gobiernos supuestamente de izquierdas a países de Europa y Latinoamérica, Australia, etc., los grupos contestatarios observaban con horror y estupefacción que, más tarde o más temprano, acababan por emplear esas políticas en mayor o menor medida. Un ejemplo: España… El PSOE (Partido Socialista Obrero Español) llegó al poder en 1982 y se mantuvo en el mismo durante cuatro legislaturas consecutivas… y si bien su primera legislatura se puede calificar como bastante apegada a los ideales socialistas o propiamente izquierdistas, conforme iban pasando los años, sus políticas económicas se fueron volviendo cada vez más próximas a cuestiones como la desregulación, la privatización de empresas públicas, la globalización, reducción de las prestaciones sociales, reducción del papel de los sindicatos, reformas laborales cada vez más en línea con los intereses empresariales, mayores conexiones con las grandes empresas (muchos consejeros y altos cargos de las empresas privatizadas participaron en gobiernos del PSOE, el mismísimo ex presidente de gobierno socialista de España, Felipe González Márquez participa en el consejo de Administración de “alguna que otra” empresa hoy privatizada –Gas Natural Fenosa que incluye las antiguas Repsol y Enagás, anteriormente públicas-) y, en líneas generales, políticas más propias del libre mercado.

4) Expansión. Relacionado con el anterior punto… numerosos partidarios de esta nueva forma de ver la política económica supuestamente “progresista” (a sus ojos) intentaron que esta nueva aceptación se extendiera al resto del mundo. Esto es, dado que se percibía en determinados ambientes políticos y económicos que estas políticas económicas eran “buenas”, se intentó extrapolarlas a otros países y áreas geopolíticas, especialmente Latinoamérica. Esta “expansión” se manifestó, aparte de apoyos puntuales del mundo político anglosajón y conservador (política exterior de Reagan, Thatcher y gobiernos afines), a través de las recomendaciones de la escuela de Chicago, otros diversos economistas (especialmente británicos), y las recomendaciones de diversas instituciones mundiales como el Banco Mundial pero especialmente el Fondo Monetario Internacional… el cual se hallaba a estas alturas ampliamente “invadido” por partidarios de las políticas de libre mercado, como ya vimos en anteriores apartados.

Uno de estos intentos principales por exportar las “bondades” de estas políticas económicas fue el hoy tan famoso y odiado “Consenso de Washington”.

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4.1.1. El Consenso de Washington.

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¿Qué es el Consenso de Washington?

Básicamente se trata de un texto donde se detallan las reglas y propuestas básicas de las reformas neoliberales (más concretamente, de su aplicación a los países de Latinoamérica) por parte del economista británico y antiguo trabajador del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, John Williamson, en 1989.

John Williamson, economista asesor de varios gobiernos, especialmente latinoamericanos , la ONU y el FMI. Autor de

John Williamson, economista asesor de varios gobiernos, especialmente latinoamericanos , la ONU y el FMI. Autor de “El Consenso de Washington”, percibido ampliamente entre los grupos antisistema y antiglobalización como las bases teóricas de las políticas económicas neoliberales para el mundo subdesarrollado.

Se ha hablado mucho y se ha malinterpretado más aún lo que significa o quería decir el Consenso de Washington, así que voy a adoptar un tono lo más neutro posible para que podáis entenderlo, sin connotaciones ideológicas.

Lo que pretendía Williamson era definir una serie de ideas y temas comunes en política económica que constituyeran las recomendaciones básicas de una serie de organismos que tenían su sede en Washington, DC: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Departamento de Tesorería de los EEUU, y varios think-tanks (más concretamente, el think-tank Institute for International Economics, hoy llamado Peterson Institute for International Economics pero más conocido en español como “Instituto Peterson”), al que pertenecía el mismo Williamson por aquel entonces.

Al final, esas líneas básicas, que luego constituyeron “recomendaciones de política económica” quedaron en este decálogo:

1. Disciplina presupuestaria (reducir o eliminar el déficit en los presupuestos públicos).
2. Reordenamiento de las prioridades del gasto público de áreas como subsidios (especialmente subsidios indiscriminados) hacia sectores que favorezcan el crecimiento, y servicios para los pobres, como educación, salud pública, investigación e infraestructuras. Básicamente, reducir cosas como el subsidio de desempleo que se percibía que desalentaba a la gente a crear empresas o buscar trabajo a favor de políticas que mejoraran la educación y formación de la población.
3. Reforma Impositiva: buscar bases imponibles amplias y tipos impositivos moderados, esto es, cobrarle a todo el mundo impuestos, pero que esos impuestos fueran bajos (“moderados”).
4. Liberalización financiera, especialmente de los tipos de interés. Que cada entidad financiera pueda ofrecer el interés que quisiera.
5. Tipos de cambio entre monedas competitivos. Que las diferentes monedas compitieran entre sí, que no se “subvencionara” o “falseara” la fortaleza de la divisa nacional.
6. Liberalización del comercio internacional (disminución de barreras aduaneras).
7. Eliminación de las barreras a las inversiones extranjeras directas. Que quien quisiera invertir o comprar en el país pudiera hacerlo sin trabas o con las menos trabas posibles.
8. Privatización. Venta de las empresas públicas (o su participación en ellas) y de los monopolios estatales.
9. Desregulación de los mercados. Eliminar o reducir leyes y regulaciones que controlen el mercado económico (como las normas de contratación, los convenios, etc.) porque se percibía que un exceso de normas dificulta las transacciones económicas.
10. Protección de la propiedad privada. Puede parecer innecesario, pero recordemos que estas recomendaciones van dirigidas a Latinoamérica… Esta recomendación va dirigida, en concreto, a pedir que no se hagan nacionalizaciones ni expropiaciones, porque eso asusta a los inversores y desalienta a que alguien (nacional o no) cree una empresa por miedo a que luego venga el Estado y se la quite, cosa que era frecuente en según qué países latinoamericanos.

Como habéis podido observar, la mayoría de estas recomendaciones es lo que normalmente se entiende hoy como fundamentos del neoliberalismo.

¿Cuál es el problema con el “Consenso de Washington”? ¿Qué tiene que ver con el “neoliberalismo”?

Pues que esas recomendaciones acabaron por asociarse con el neoliberalismo por parte de los movimientos sociales antiglobalización, alternativos y muchas otras organizaciones y personas de índole izquierdista o progresista, especialmente desde Latinoamérica. De hecho, a menudo se describe a esas recomendaciones como una especie de “decálogo del neoliberalismo”, y una manifestación expresa del imperialismo (en este caso, económico) estadounidense.

¿Son ciertas esas acusaciones?

En parte.

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a) El hecho de que se le llame “Consenso de Washington” fue una de las cosas que más lamentó Williamson en su vida. Él mismo llegó a reconocer que fue uno de los nombres más políticamente incorrectos que se le pudieran ocurrir. Si le hubiera llamado “consenso de Springfield” o “consenso de Villalpando” seguramente no habría tenido tantas connotaciones negativas. El hecho de que se llamara “de Washington” (la capital de EEUU, donde reside el gobierno) ya hizo percibir a muchos, correcta o incorrectamente, que esas recomendaciones venían dictadas o influenciadas por el gobierno estadounidense. En Latinoamérica (y, por extensión aunque en menor medida, en países como España), región geopolítica a la que iban dirigidas expresamente estas recomendaciones, se percibe ampliamente al Consenso de Washington como una muestra más (una de las más relevantes) del “imperialismo yanqui”.

¿Es cierto eso? Si bien no vinieron dictadas directamente por el gobierno estadounidense, sí es cierto que varios organismos de su estructura, más concretamente, la Tesorería, aplaudieron y predicaron conscientemente estas recomendaciones.

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b) No fue un “consenso”, ahí el término es descaradamente incorrecto, y el mismo Williamson se vio obligado a reconocerlo.

Fue un consenso redactado de cara a varios organismos, de forma más o menos “entre amigos”, como en un congreso y, supuestamente con un fin noble, esto es, dar recomendaciones a varios países de Latinoamérica para que pudieran solucionar las crisis que sufrieron en los años ochenta (fruto a su vez de otras crisis anteriores como la del petróleo de 1973).

¿Dónde está el problema? En que muchas personas, al leer “consenso”, creyeron ver que esas recomendaciones eran como una especie de doctrina impuesta y que no había habido debate (o muy poco) para decidirlas y que nadie en EEUU, en el mundo occidental o si acaso en el mundo académico de la Economía, cuestionaba esas recomendaciones. Y eso es falso. Sí se debatieron (a fin de cuentas se trataba de poner en limpio y en común las distintas recomendaciones de distintas organizaciones de análisis económico), y es falso que haya habido alguna vez un consenso en el mundo académico económico acerca de esas recomendaciones.

Esto que os quede muy claro: el mundo académico económico JAMÁS ha tenido un consenso sobre que esas “recomendaciones” hayan sido, sean o vayan a ser las únicas posibles o que siquiera sean eficientes. Es más, gran parte del mundo económico cuestiona como directamente falsas o ineficientes algunas de esas cuestiones. Por ejemplo, la necesidad de privatizar por narices. Sí es cierto que en un contexto histórico determinado (el mundo económico anglosajón de finales de los ochenta), esas recomendaciones fueron vistas generalmente como “básicas”. Y a mí, a título particular, me hace muchísima gracia que Williamson esquive como la peste el contestar si le parece que el punto 8 (privatizaciones) no es una medida neoliberal… o si simplemente se ha demostrado acertada y eficiente.

Seguramente muchos querréis preguntarme si yo como economista veo como eficientes esas medidas, a lo que responderé lo mismo que cualquier economista y persona con dos dedos de frente: depende. Algunas son medidas muy básicas, y las predicaría cualquier economista digno de tal nombre (puntos 1, 2 y 3). Otras son para implementarlas modificándolas según las circunstancias (punto 4). Y otras son directamente dañinas o muy ineficientes, especialmente si se llevan a cabo sin muchísimo cuidado (puntos 8 y 9). Lo que sí es cierto es que a Williamson “se le ve mucho el plumero” cuando redactó ese decálogo de medidas que “proviene” de un público muy concreto con unos intereses muy específicos (FMI, Banco Mundial, políticos americanos): está más que claro que la mayoría de las recomendaciones son de tipo neoliberal-libre mercado o desprenden un tufo a ello que tira de espaldas, y era evidente que se iba a acabar viendo más tarde o más temprano una asociación de esas recomendaciones con el neoliberalismo… aunque sólo fuera porque aquellos que las elaboraron tenían interés particular en elaborarlas (FMI, Banco Mundial, Tesorería de los EEUU). Hasta el mismo Williamson reconoce que su decálogo se asocia al neoliberalismo (aunque él no se haya calificado a sí mismo como “neoliberal”).

Por supuesto que nunca he pretendido que mi término implicara políticas como la liberalización del capital contable (…excluí eso explícitamente), monetarismo, economía del lado de la oferta o siquiera un estado mínimo (esto es, sacar al estado de suministrar seguridad social o la redistribución de riqueza), que es lo que yo creo que son la quintaesencia de las ideas neoliberales.

Si es por eso por lo que se entiende el término, entonces todos podemos disfrutar de su velatorio [nota: porque hasta él mismo lo daría por muerto], aunque tengamos al menos la decencia de reconocer que estas ideas han dominado raramente el pensamiento [económico] en Washington y ciertamente nunca llegaron a obtener un consenso allí o en ninguna otra parte…

Fuente.

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c) Williamson se queja enorme y amargamente de que se le ha malinterpretado, y mucho.

Es más, él elabora la situación al decir que el consenso de Washington ha pasado a tener dos significados:

I-El estricto, al cual él se refería, esto es, un conjunto de recomendaciones muy, muy básicas y resumidas en un contexto determinado (organizaciones de análisis económico con sede en Washington en los años ochenta), explicadas de cara a un público muy concreto (gobiernos latinoamericanos de los años ochenta), con un fin específico: aconsejarles cómo salir de la crisis económica.

II-Un significado más amplio, que es el que más repercusión ha tenido: que su resumen venía a definir una agenda político-económica liberal y de fundamentalismo del mercado. Ese significado no era el que él pretendía (eso dice), y es el que le han dado autores como Joseph Stanislaw, Daniel Yergin, Joseph Stiglitz, Dani Rodrik, Noam Chomsky, Tarik Ali, Susan George, Naomi Klein, etc.

Es difícil incluso para el creador del término el negar que la frase “Consenso de Washington” es un nombre de marca desprestigiada (Naím 2002). Hay audiencias a lo largo y ancho del mundo que creen que significa un conjunto de políticas neoliberales que han sido impuestas sobre países indefensos por instituciones internacionales con sede en Washington y que les han conducido a la crisis y a la miseria. Hay gente que no puede ni murmurar el término sin que le salga espuma por la boca.
Mi punto de vista es, por supuesto, bastante diferente. Las ideas básicas que intenté resumir en el Consenso de Washington han continuado ganando una amplia aceptación a lo largo de la década anterior, hasta el punto en que Lula [Nota: Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil entre 2003 y 2011] ha tenido que aceptar la mayoría de ellas con vistas a ser elegido. En su mayor parte son la madre del cordero [de la Economía], que es por lo que llegaron a obtener un consenso.

Fuente.

Pues haberlo explicado mejor. Y no haberle puesto el nombre de “consenso”. La malinterpretación… estaba servida. Williamson ahí no tiene excusa.

Williamson viene a quejarse, principalmente, de que su decálogo se ha visto (en parte ayudado por sus errores y su poca corrección política), como un resumen de las políticas neoliberales, del fundamentalismo del mercado, del ultracapitalismo, etc., especialmente por parte de determinadas “audiencias”, como ya hemos visto según sus propias palabras. Él mismo asegura no ser ni un neoliberal ni un fundamentalista del libre mercado. Y cita como prueba y contracrítica el hecho de que alternativos y antiglobalizadores no mencionen el punto 3 ni mencionen el hecho de que en el resumen se cita explícitamente que la función principal de las medidas es acabar con la pobreza. Williamson añade que esas políticas, bien llevadas, no son inherentemente dañinas como muchos dan a entender (puntos 6 y 7, por ejemplo… aunque sigue sin citar el 8) y añade que si bien muchos se han hecho eco de ese decálogo para denostarlo, nadie se ha hecho eco de siguientes medidas (“medidas de segunda generación”) que él predicaba y predica donde no simplifica tanto y expande mucho más, en donde menciona que es deber del Estado el hacerse cargo de la Seguridad Social y de mantener la justicia social (siempre que se haya logrado previamente la estabilidad socio-política).

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d) La otra gran cuestión que queda por tratar es… ¿los gobiernos latinoamericanos se hicieron eco de este decálogo? ¿Llegaron a intentar implementarlo? ¿Qué influencia real tuvieron estas recomendaciones en las políticas económicas latinoamericanas (o de otros países?

Lo cierto es que si bien se percibe a nivel popular en Latinoamérica que los gobiernos de la época (salvo los no influenciados por los EEUU sino por la Unión Soviética, como Nicaragua o Cuba) acataron las recomendaciones como si fueran órdenes de la metrópoli colonial, al final esos gobiernos hicieron lo que les dio la real gana… o pudieron. Hubo países que ni se enteraron de que esas recomendaciones existían (Honduras, que yo sepa), hubo otros que las leyeron pero no les hicieron ni puñetero caso (Paraguay) y hubo otros que se las leyeron y las intentaron aplicar (Chile, Argentina) pero nunca al pie de la letra por la sencilla razón de que cada país tenía una serie de circunstancias sociales, políticas y económicas que le empujaron a adoptar unas sí, otras, no y otras, según. A ese respecto, el poder e influencia del “Consenso de Washington” está muy sobrevalorado, especialmente entre los sectores de la izquierda anticapitalista, a la cual le ha gustado desde siempre ver en el Consenso una especie de forma facilona de crítica contra el sistema y al “Imperio” (yanqui). Es cierto que el gobierno de EEUU intentó que algunos de sus aliados latinoamericanos más próximos aplicaran esas medidas (y otras incluso más restrictivas y ultracapitalistas que las que aparecen en el decálogo) a través de una presión política más o menos aceptada (por ejemplo, las privatizaciones en el Perú de Alberto Fujimori, políticas neoliberales de Carlos Menem en Argentina), pero no a través de las reglas generalistas del Consenso de Washington en concreto, sino de políticas mucho más específicas. Es más, el caso más paradigmático de supuesto éxito neoliberal, Chile, no empleó necesariamente las normas del Consenso de Washington… la implementación de políticas económicas neoliberales le vinieron por otro lado (en el siguiente apartado lo veremos).

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e) Lo quiera Williamson o no, lo cierto es que las recomendaciones del Consenso de Washington han quedado como una forma muy clara y muy efectiva de ilustrar un contexto histórico muy concreto y que ayudan a visualizarlo de forma clara. Por poner un ejemplo… ¿a que en los libros de Historia suelen aparecer anexos al texto ilustraciones que ayudan a entender o “visualizar” lo que se dice en ellos? Un cuadro como Las Meninas de Velázquez ayuda muchísimo a ilustrar un contexto determinado (la corte de los Austrias españoles en el siglo XVII). De la misma forma, el Consenso de Washington ayuda a ilustrar lo que se pensaba en el mundo económico anglosajón y en las instituciones económicas mundiales de finales de los años ochenta… nos ayuda a ponernos en situación y a saber comprender mejor lo que pensaban las personas de aquella época. Que hoy consideremos esas cuestiones como más o menos acertadas es otra cuestión… pero ni Williamson ni nadie puede negar eso mismo: que aquello era lo que se pensaba por entonces… y se intentaba aplicar.

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4.2. El resurgir del término “neoliberalismo” en el Chile de los años ochenta. Un ejemplo de aplicación práctica del neoliberalismo y sus consecuencias y del movimiento pendular de la Historia.

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Por fin hemos llegado a los antecedentes directos y que más nos interesan a los que hablamos español como lengua materna.

Si hoy en día se emplea el término “neoliberalismo” con las connotaciones negativas y por las que son más popularmente conocidas a lo largo y ancho del planeta las políticas fundamentalistas de libre mercado contemporáneas… es “por culpa” del caso chileno.

Voy a tratar la historia económica reciente de la república de Chile con bastante detalle para que podáis entender cómo y por qué llegó a adoptar el neoliberalismo, por qué el mundo académico chileno (e hispanohablante) utilizó el término, y las consecuencias que tuvo. Observad las similitudes con las corrientes mundiales de la época y las singularidades del caso chileno, que si bien las hubo no fueron tan importantes como para desvirtuar la visión comparativa de conjunto. Aprovecharé para mostraros cómo puede afectar el neoliberalismo a un país. Más concretamente, a un país que los partidarios del neoliberalismo ponen como ejemplo de éxito de sus políticas liberalizadoras… y sus detractores ponen como ejemplo de las maldades de esas políticas económicas. Aviso: vamos a romper muchos mitos que circulan sobre Chile, tanto a favor como en contra.

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Liberalismo decimonónico:

El movimiento pendular de la Historia (del siglo XX) que vimos al comienzo de este ensayo afectó a Chile de una forma más o menos parecida a la que afectó a otras naciones: Chile comenzó el siglo XX siendo un país con una economía que, si bien no era industrializada o propia de lo que por aquel entonces se entendía como “naciones industrializadas” (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Estados Unidos…), se podía comparar relativamente bien con los países de su entorno más inmediato (Perú y Bolivia, principalmente). Chile disponía al entrar en el siglo XX de una economía agrícola sólida y bastante diversificada y, especialmente, de una característica de la que no disponían muchos otros países: una riqueza mineral inmensa.

Mina El Teniente (actaulmente Codelco División El Teniente), en la comuna de Machalí, Chile, es la mina subterránea de cobre más grande del mundo.  Comenzó a ser explotada en 1904.  Posee 2400 kilómetros de galerías subterráneas. produce más de 450 mil toneladas métricas finas anuales de cobre en forma de barras de cobre anódico y ánodos de cobre. Como resultado del procesamiento del mineral también se obtiene molibdeno. Fotografía nocturna de la empresa CODELCO.

La mina El Teniente (actualmente CODELCO División El Teniente), en la comuna de Machalí, Chile, es la mina subterránea de cobre más grande del mundo. Comenzó a ser explotada en 1904. Posee 2400 kilómetros de galerías subterráneas. Produce más de 450 mil toneladas métricas finas anuales de cobre en forma de barras de cobre anódico y ánodos de cobre. Como resultado del procesamiento del mineral también se obtiene molibdeno. Fotografía nocturna de la empresa CODELCO.

Sus problemas principales eran los típicos de una sociedad latinoamericana de su tiempo: una gran inestabilidad política con numerosos golpes de estado, debilidad democrática y una clase terrateniente latifundista o gran propietaria que tenía en su poder prácticamente todos los medios de producción dejando en la pobreza a la mayor parte de la población.

Resumiendo y lo que solía y suele pasar en muchos otros lugares del mundo: Chile no es un país pobre para nada, pero sí lo era gran parte de su población. De esa desigualdad nace, como en muchas otras sociedades, la raíz del conflicto.

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Belle Époque:

Chile fue durante gran parte del siglo XIX y principios del XX un gran suministrador mundial de productos agrícolas (trigo, centeno, vino), madera de sus bosques australes, y materias primas en forma de minerales especialmente el salitre y el cobre, a partir de los cuales se crearon inmensas fortunas personales.

[Nota cultural: el salitre, más concretamente el “salitre chileno” o nitratina es un nitrato de sodio simple que se puede encontrar en yacimientos poco profundos y tiene una gran cantidad de usos químicos, principalmente como agente fertilizador para las cosechas y para la producción industrial (pólvora). Chile llegó a luchar y ganar varias guerras (Guerra de la Confederación, Guerra del Pacífico) contra sus vecinos (Perú y Bolivia) por el control de las zonas salitreras de sus hoy día provincias norteñas (Arica y Parinacota, Tarapacá y zonas de Antofagasta). Ni que decir tiene que peruanos y bolivianos no pueden ver ni en pintura a los chilenos. Bolivia, en concreto, que perdió su salida al mar, ni tan siquiera mantiene relaciones diplomáticas de alto nivel con Chile incluso hoy en día.]

Todos esos recursos económicos atrajeron a una inmigración considerable (especialmente de origen europeo y, más significativamente, alemán) y la inversión del gran capital extranjero (británico al principio, y estadounidense a partir de los años veinte), que acudía al calor de la exportación de materias primas en dirección a los mercados estadounidense y europeo y que provocaron a su vez un aumento de la creación de infraestructuras (el ferrocarril, principalmente). Con aquellas inversiones… vinieron también las injerencias políticas extranjeras, por supuesto.

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Primera Guerra Mundial y posguerra:

Tan importante era esa riqueza mineral, que la mayoría de las ganancias chilenas se centraba en ella (entre los nitratos y el cobre llegaron a componer el 73% de las exportaciones en el periodo 1920-1937). Para 1914, la apertura del Canal de Panamá provocó que las rutas marinas cambiaran totalmente (no hacía falta pasar por los puertos chilenos para circunvalar el continente americano). Eso, y el hecho de que los alemanes descubrieran un proceso artificial (proceso de Haber-Bosch) de producción de nitratos durante la Primera Guerra Mundial (sus rutas comerciales no podían llegar a Chile, estaban bloqueadas por la guerra) produjo una crisis económica masiva en Chile que tuvo como efecto el que cada vez más dependiera de su minería cuprífera.

Hasta esta época y desde la independencia se habían sucedido en el gobierno los partidos conservador (de derecha) y liberal (más progresista) en un bipartidismo tradicional muy parecido al de la Restauración española.

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Años veinte:

Chile no llegó a disfrutar plenamente de unos “felices años veinte” por eso mismo. Justo cuando empezaba a recuperarse de su crisis de 1914, le cayó encima la Gran Depresión mundial. Es el problema de tener una economía relativamente especializada (si cae lo que produces especializadamente, cae todo lo demás). Tan mal le fue que la Liga de Naciones (antecesora de la ONU) reconoció que el país más afectado por la Gran Depresión fue… Chile. El gobierno chileno de por aquel entonces invitó al economista estadounidense Edwin W. Kemmerer, famoso por su intervención en la estabilización (bueno, relativa) de la economía polaca (recién independizada de Rusia) y éste ayudó a implementar una serie de reformas económicas muy básicas pero muy necesarias y que ya estaban siendo empezadas por el gobierno pero él ayudó a acelerar: creación de un banco central, leyes financieras básicas… e incluso la obligatoriedad de redactar leyes presupuestarias (no, no existía hasta entonces en Chile, fijaos si eran básicas las medidas de Kemmerer). Ojito, porque esto tendría su influencia posterior cuando, décadas más tarde, el gobierno de Pinochet se propuso mejorar la economía chilena, guardaba en el recuerdo histórico que la intervención de economistas modernos puso el orden en las finanzas chilenas en los años veinte (y posteriormente en los años cincuenta) quiso repetir la historia. Tan beneficiosas resultaron las medidas de Kemmerer, que los años veinte fueron uno de los periodos con menor inflación de la historia de Chile. ¿Problemas? Que aquel orden abrió las puertas a la solicitud masiva de préstamos en el exterior por parte del gobierno de Chile (deuda externa)… y, con ello, la intervención e injerencia política cada vez mayor de otros países (EEUU, sobre todo, que buscaba proteger y aumentar sus inversiones en la minería chilena).

En el ámbito político fue una época tremendamente inestable debido, sobre todo, a la precariedad económica: el bipartidismo tradicional se vio sujeto a los “ruidos de sable” de los militares… desde el golpe militar del general Luis Altamirano en 1924, ¡hubo diez gobiernos hasta 1931!, año en el que el caótico general Carlos Ibáñez del Campo renunció al poder en favor de un gobierno elegido democráticamente (1932).

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La Gran Depresión y la intervención estatal:

Recordemos: la Gran Depresión golpeó muy duramente a Chile. Las exportaciones de materias primas cayeron a plomo. El país se empobreció tremendamente y el electorado decidió dar de lado al bipartidismo e incluso a los militares y eligió a una serie de partidos de centro y centro-izquierda, dirigidos principalmente por el nuevo Partido Radical (en realidad fue un “Frente Popular”, en coalición frecuente con socialistas y comunistas), un partido político cuyo electorado lo constituían las clases medias, iniciando con ello un periodo de relativa estabilidad de veinte años (1932-1952), interviniendo decididamente en economía con políticas keynesianas e incluso alguna que otra influenciada por el comunismo. [Nota: aunque el partido Comunista fue prohibido en 1948 por presiones estadounidenses durante la Guerra Fría, sus votantes siguieron eligiendo partidos con la misma ideología. Fue la llamada Ley Maldita.]

Estos gobiernos de tendencias progresistas o centro-izquierdistas recurrieron, como el resto de países de la época, a la intervención estatal para tratar de resolver los acuciantes problemas de la inflación y el desempleo: controles arancelarios, cuotas de importación, aumentando la demanda interna (comprar poco, producir lo necesario y vender mucho fuera), fomentando la agricultura, relanzando y diversificando la industria, creando empleo desde el Estado, etc. Medidas básicas para proteger el mercado interno. La inflación fluctuó mucho durante este periodo, con años en los que se controlaba y años en los que mejor echarse a llorar.

De esta época data el inicio de la gran industrialización textil y química (petróleos, cementos) de Chile, junto con su siderúrgica, las eléctricas y los grandes programas asistenciales gubernamentales para tratar de reducir la pobreza. También se intentaron programas de Reforma Agraria (reparto de tierras entre los campesinos pobres) y mecanización de la agricultura (una gran tarea pendiente, como en la España de entonces).

¿Fueron eficaces estas medidas? Principalmente trajeron la estabilidad presupuestaria, una reducción del desempleo y ayudaron a Chile a encajar muy bien los golpes procedentes del exterior ya que dependía menos de las importaciones. El crecimiento económico fue muy bueno durante este periodo (1932-1952), pero conforme fue pasando el tiempo, se fue ralentizando. El problema principal fue que estas medidas no lograron “despertar” el mercado interno chileno suficientemente. Su población seguía siendo excesivamente pobre y se dependía mucho de la intervención estatal. No se fomentaba la competitividad y la producción de bienes y servicios se hizo demasiado “nacional”, no se modernizaba.

Resumiendo y comparando: ¿os acordáis del “movimiento pendular de la Historia”? Tras la Gran Depresión, la mayoría de países optaron por abandonar la “mano dura estatal” porque se demostró tan mala como la liberalización extrema. El consejo keynesiano fue “término medio”, pero en Chile no se llegó a ese “término medio” sino que las políticas de intervención estatal férrea (proteccionismo) duraron más (más allá de la Segunda Guerra Mundial, que fue cuando la inmensa mayor parte de países occidentales y capitalistas las abandonaron) y fueron más feroces que en muchos otros países, que supieron combinar mejor libertad económica e intervención estatal. El proteccionismo chileno se fue alejando cada vez más de la moderación hacia una estatalización que no era sostenible a largo plazo (el Chile de esta época es considerado como ejemplo de economía proteccionista en muchos libros de historia de la Economía). Los buenos resultados iniciales (y el no haber sufrido la Segunda Guerra Mundial directamente) dieron la impresión a los chilenos de que había que seguir por ese camino indiscutiblemente.

Una cosa que quiero hacer notar con todo esto es que es falso el mito neoliberal de que Chile hubiera sido una nación fracasada en lo económico antes de la llegada al neoliberalismo al país, ni muchísimo menos. Me explico: los neoliberales aducen que, gracias a ellos, Chile quedó, económicamente hablando, por encima de la media de sus vecinos latinoamericanos. A lo que hay que responder… que Chile, mucho antes de la llegada del neoliberalismo, también fue superior a la media latinoamericana en muchos indicadores económicos durante bastantes periodos: los neoliberales sólo se fijan en el desastroso periodo de Allende, olvidando los demás. Los chilenos no han sido unos torpes subdesarrollados como muchos neoliberales, especialmente estadounidenses y británicos de la era thatcheriana dieron a entender en un lenguaje con tintes racistas. La llamada “superioridad económica chilena” con respecto a algunos de sus vecinos latinoamericanos reside en multitud de factores: su cultura, su evolución histórica, su idiosincrasia, su disciplina, su capacidad de modernización, etc., no en que “unos economistas yanquis le enseñaran a esos indios a hacer economía”.

Otro problema muy particular de la economía chilena es que dependía (sigue haciéndolo, aunque menos) en gran medida de la producción mineral (cobre, principalmente) para sus exportaciones y la obtención de divisas. El hecho de tener una fuente de ingresos segura y abundante es que se suele descuidar la investigación, el desarrollo y el interesarse o invertir en otros sectores para diversificar la economía nacional (en Economía se le llama a eso “la enfermedad holandesa” o “el mal holandés”).

Algo que quiero hacer notar de este periodo es que cuando digo veinte años de “relativa estabilidad” me refiero a económica. En política, nada de nada. Hubo montones de intentos de golpe de estado en Chile durante estos años, muchos de ellos dirigidos por militares como el general Ibáñez, que gozaba de las simpatías fascista y nazi de la época. El electorado chileno, como el español previo a la Guerra Civil, estaba muy dividido en partidos que por sí solos no eran capaces de gobernar, precisando de amplias coaliciones…

Y la corrupción.

Siempre la corrupción de por medio: uno de los factores económico-sociales más determinantes para explicar las cosas. El proteccionismo chileno no acabó, por ejemplo, con el poder económico de terratenientes y grandes compañías mineras (de propiedad estadounidense, muchas de ellas) debido a esa misma corrupción.

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Las tensiones previas a la dictadura.

Los problemas se fueron acumulando al final de este periodo hasta que desembocaron en cambios de gobiernos. Algunos de los principales problemas del Chile de entonces que sucesivos gobiernos intentaron solucionar:

-Corrupción.
-No se acababa de eliminar la pobreza (la mayor parte de la población no tenía medios, ni educación, ni tierras).
-Proteccionismo a ultranza.
-Enfermedad holandesa (cobre).
-Inestabilidad política (golpismo).
-Inflación.

Voy a hacer un alto en el camino porque seguramente muchos otros latinoamericanos se extrañarán de por qué de pronto los chilenos cambiaron su voto cuando los índices de sus países eran peores que los chilenos. Vamos a dejar esto claro: uno se cabrea principalmente con lo que le pasa a él. El que lo estén pasando peor en la casa del vecino no suele ser un argumento para NO enfadarse, protestar o cambiar el voto. Yo mismo he conversado con mexicanos que se extrañan de que los españoles nos quejemos tantísimo de la situación en nuestro país cuando en México hay peores índices de desigualdad económica, delincuencia, educativos, etc., y que estemos pensando en cambiar el voto a partidos tan supuestamente radicales como Podemos. Ya, pero es lo que hay. Por esa regla de tres entended que ninguno de nosotros deberíamos quejarnos “porque en el Congo lo están pasando peor”. No nos moveríamos, no cambiaríamos a mejor. Por no decir que es un argumento pueril que invita a la inacción.

Volvamos a lo nuestro…

En 1952, el electorado percibía que la corrupción política después de tantos años de estabilidad (bueno, aquello que entendían por estabilidad) estaba generalizada y los votantes, hartos, le concedieron el poder a un tipo que no era precisamente un adalid de estabilidad política, económica o tan siquiera personal. El general Carlos Ibáñez del Campo (me recuerda un poco a Perón, fue muy errático políticamente hablando, una mezcla entre fascista, socialista, nacionalista y populista) llegó al poder otra vez pero electoralmente en 1952, al prometer barrer la corrupción (le llamaban el “general de la Esperanza”), con un variopinto apoyo basado en pequeños y medianos propietarios agrícolas, socialistas populistas… ¡y el apoyo del movimiento feminista! rompiendo la racha Radical. Pero perdió el poder porque hizo promesas muy vagas, muy poco definidas ante un electorado muy diverso ideológicamente hablando, dando numerosos bandazos políticos… y porque se decidió a emprender una serie de políticas económicas de tipo liberal que no gustaron a la ciudadanía (misión Kleik-Saks).

El general Ibáñez cometió una insensatez al abandonar repentinamente la política keynesiana en favor de una economía liberalizadora, dirigida por asesores estadounidenses procedentes del mundo de la banca… aconsejado, entre otros, por el entorno liberal-conservador del diario El Mercurio (sobre todo el dueño del periódico, Agustín Roberto Edwards Budge, que tenía grandes contactos con el mundo financiero tras haber trabajado en la Banca Morgan… de hecho, también era el dueño del banco chileno banco Edwards Citi, uno de los más antiguos del país). Como se puede comprobar… la alianza entre clases pudientes y economía (neo)liberal que defendiera sus intereses era más que evidente.

Las principales recomendaciones de aquella “misión económica” fueron: reducir el déficit fiscal y limitar el crédito bancario al sector privado (para reducir la inflación, decían…); eliminar los reajustes automáticos de sueldos y decretar la libertad de negociación de remuneraciones (que no hubiera convenios salariales ni sueldos ajustados por sector… sino que lo negociara la empresa con el trabajador de uno en uno: medida neoliberal donde las haya, para evitar el poder negociador colectivo de los obreros); eliminar el sistema que fijaba múltiples tipos de cambio; aumentar las importaciones (medida errónea) y diversificar las exportaciones (medida acertada); atraer capitales extranjeros (cómo no… especialmente inversores extranjeros para la minería); eliminar los controles de precios por parte del Estado (que buscaban proteger el poder adquisitivo de los más pobres) y reformar el sistema tributario en favor de las rentas superiores. Como se puede observar, medidas muy particularmente dirigidas a defender las posiciones de aquellos que más dinero y medios de producción tienen. No todas las recomendaciones de la misión Klein-Saks fueron seguidas por los partidos políticos del periodo, desde luego, pero sí influyeron significativamente en dos cosas: sentó las bases para que el gobierno de Pinochet llamara a otros asesores económicos de corte liberal (los Chicago boys, que trataremos ahora) y demuestra a las claras que el movimiento neoliberal tenía antecedentes, y muy sólidos en el país… especialmente entre las clases privilegiadas (sobre todo los financieros y grandes empresarios), las cuales estaban más que de acuerdo con las recomendaciones de estas “misiones económicas” a las que llamaban por interés (y muy descarado, hay que decirlo). El neoliberalismo de Pinochet ni fue original (ya se había experimentado antes: ni él ni los Chicago boys se pueden arrogar ese “mérito”)… y el experimento obtuvo malos resultados.

La inflación llegó a un bestial 83% durante su mandato, aunque la redujo algo al final. Un intento de perpetuarse en el poder a través de un golpe de estado al final de su mandato apartó al general Ibáñez de la política.

Desde la aplicación de estas políticas económicas, Chile inició un turbulentísimo y delicado periodo económico, que duró hasta bien entrada la dictadura de Pinochet.

En 1958 ganó con el 31,6% de los votos Jorge Alessandri, que dirigía una coalición de conservadores, liberales y radicales, que intentó estabilizar el país. El problema de gobernar en coalición es el de siempre: es muy difícil contentar a todos, especialmente cuando grupos tan dispares como conservadores y radicales forman parte de la misma: Alessandri intentó gestionar el país como una empresa privada y tuvo un cierto éxito en algunas cuestiones como la inclusión de tecnócratas en el gobierno, la reducción de la inflación al fijar la moneda respecto al dólar… e incluso intentó una Reforma Agraria. Pero congeló por decreto los salarios públicos, su reforma agraria fue muy desigual, su política social de regular para abajo (se le criticó mucho una condena a muerte que no indultó para un preso reinsertado), no reformó las anquilosadas estructuras de poder institucional y su política exterior de sumisión a los intereses de los EEUU (el gran inversor y poseedor de las minas de cobre chilenas) le hicieron perder imagen ante un electorado que se estaba radicalizando cada vez más y que tampoco le perdonó su manejo de la situación del gran terremoto de 1960 (en realidad fueron varios, el de Valdivia fue el terremoto más grande jamás registrado).

El problema básico de la política chilena durante este subperiodo fue la cada vez mayor polarización de la ideología pero sin que ningún partido obtuviera una mayoría clara. Ya les fue costando ganar incluso a las coaliciones, que quedaron establecidas en los llamados “tres tercios”, virtualmente empatados en intención de voto: conservadores (de derechas), demócratas cristianos (liberales) y Unidad Popular (coalición de socialistas y comunistas).

Las clases altas chilenas y los EEUU, inmersos en el combate a escala mundial contra el comunismo observaron, con creciente terror, que la Unidad Popular (que sustituía al anterior Frente de Acción Popular) de Salvador Allende y que incluía al Partido Comunista, iba ganando cada vez más terreno electoral. La CIA estadounidense llegó incluso a financiar la campaña electoral del partido Demócrata Cristiano de Frei.

En 1964 ganó el cristianodemócrata Eduardo Frei Montalva e inició una serie de reformas (“Revolución en Libertad”) que pretendía que fueran un camino medio entre el conservadurismo y el radicalismo izquierdista: educación, viviendas estatales, permiso para sindicarse entre los obreros del campo, continuación de la reforma agraria… Pero se vio cada vez más y más presionado por los conservadores que veían sus políticas demasiado radicales y los izquierdistas, que creían que eran muy lentas o insuficientes. No le dejaron gobernar de manera estable en un periodo de intrigas y constantes vaivenes de alianzas políticas.

Y llegaron las elecciones de 1970.

Las que ganó, contra todo pronóstico, la coalición Unidad Popular dirigida por el socialista Salvador Allende.

Salvador Allende Gossens (Valparaíso, 1908 - Santiago de Chile, 1973). Político chileno, líder del Partido Socialista, del que también fue cofundador en 1933. Fue presidente de Chile desde 1970 hasta el golpe de estado dirigido por el general Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973, día en que falleció en el Palacio de la Moneda, que fue bombardeado por los golpistas.

Salvador Allende Gossens (Valparaíso, 1908 – Santiago de Chile, 1973). Político chileno, líder del Partido Socialista, del que también fue cofundador en 1933. Fue presidente de Chile desde 1970 hasta el golpe de estado dirigido por el general Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973, día en que falleció en el Palacio de la Moneda, que fue bombardeado por los golpistas.

A ver, no me voy a enredar mucho en explicaros cómo llegó al poder Salvador Allende porque si sois lo suficientemente cultos e instruidos, todo lo que rodea al mandatario chileno y el posterior golpe de estado que lo derribó está cargadísimo ideológicamente. Hasta el cómo murió (suicidio o asesinado por los golpistas) se discute y defiende desde uno u otro lado (los partidarios del golpe defienden la tesis del suicidio y los detractores, el asesinato). [Nota: lo siento por sus partidarios, la tesis del suicidio es la que tiene más visos de ser real.]

Fueron unas elecciones reñidísimas, que ya desde el principio se vieron como una lucha épica entre izquierda y derecha. El país estaba prácticamente polarizado ideológicamente. Lo voy a resumir: Allende llegó al poder en una campaña muy reñida, en la que entraron en juego un montón de factores: una relativamente mala campaña electoral por parte de Alessandri (que se volvió a presentar), violencia verbal, la sempiterna crisis económica, etc. Las encuestas daban ganador a Alessandri (tanto fue así que los EEUU apenas ayudaron en su campaña electoral, porque daban por segura su victoria)… pero ganó Allende con una diferencia de menos de cuarenta mil votos. El Congreso, tras muchas intrigas (la Democracia Cristiana de Frei, se negó a coaligarse con la derecha de Alessandri para arrebatarle el gobierno a UP), le dio la presidencia a Allende.

En aquel momento, el jefe de las Fuerzas Armadas de Chile era el general René Schneider, un hombre moderado cuya doctrina (“doctrina Schneider”) era que el Ejército aceptaría como presidente a aquel candidato que obtuviera mayoría aunque fuera simple (justo lo que decía la Carta Magna) y no se inmiscuiría en la política (por cierto, Schneider fue asesinado al mes de hacer esas declaraciones por un grupo ultraderechista). Allende, pues, fue de los primeros políticos marxistas en llegar al poder de forma democrática.

Pero su mandato no estuvo exento de problemas, especialmente en el ámbito económico.

Existe una gran discusión acerca de si el gobierno de Allende fue desastroso de por sí o porque le boicotearon las fuerzas conservadoras y la intervención de EEUU, que veían en él a un peligroso aliado de los comunistas.

¿Cuál fue la verdad?

Las dos cosas.

Es cierto que los sectores más conservadores chilenos vieron con auténtico terror la ascensión al poder de un marxista y que boicotearon en la medida de sus posibilidades el gobierno de Allende: los bancos comerciales se negaban a dar préstamos, hubo gigantescas fugas de capital por parte de propietarios y terratenientes, estos últimos amenazaron a sus obreros con el despido, los EEUU enviaron agentes desestabilizadores y la oposición centro-conservadora fue de todo menos colaboradora (Allende estaba afectando a sus intereses… ¡incluso se declaró amigo y aliado de Fidel Castro!).

Pero vamos a dejarlo claro, la política económica de Allende (“vía chilena al socialismo” o “revolución con sabor a empanada y vino tinto”), de verdad muy influenciada por el marxismo, fue bastante errática… por decirlo suavemente. Y un desastre hablando con sensatez.

Allende adoptó medidas como congelación de precios, incremento de salarios y reformas fiscales que intentaban motivar el consumo interno y la redistribución de riqueza (hacia las clases bajas). Intentó un programa de obras públicas que creara empleo y una reforma agraria francamente radical y rápida. El problema era que no tenía con qué financiar todo eso. Y los bancos no le dejaban ni un céntimo. La respuesta de Allende fue nacionalizar algunos bancos y dejar caer en la quiebra a los demás (consecuencia: caos financiero). Seguía sin tener dinero para tanto gasto público (nadie compraba su deuda pública porque los posibles compradores, entre ellos, los EEUU de Richard Nixon, temían que no se les pagara de vuelta).

¿La respuesta de Allende? Nacionalizar y expropiar las minas de nitratos y cobre, y la mayor parte de las industrias (siderúrgicas, químicas, etc.).

Y eso era más de los que los conservadores más extremos y los inversores estadounidenses estaban dispuestos a soportar.

Otras medidas no estrictamente económicas pero sí muy polémicas fueron su enfrentamiento con la judicatura, que él veía como partidaria de los intereses de sus adversarios y ésta, a su vez, lo veía como un gobernante que no paraba de cometer ilegalidades, tales como gobernar por decreto y crear una suerte de justicia paralela (“legalidad socialista”). El nuevo presidente también reforzó el papel de las milicias populares del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria).

Allende seguía sin tener dinero para sus políticas. La nacionalización del cobre, si bien pasó unánimemente por el Congreso, no aportó los ingresos esperados (en un mundo inmerso por la crisis del Petróleo, nadie tenía ni dinero ni ganas de comprar cobre al menos, momentáneamente, mientras durara la inflación). Así que llegó a tomar medidas tan contraproducentes como… ¡¡¡imprimir más dinero!!! Y solicitar préstamos exteriores a un interés altísimo.

Durante el primer año, la producción industrial aumentó y se creó algo de empleo, pero conforme pasaba el tiempo, la producción cayó y el desempleo aumentó. Pero lo que más aumentó fue la inflación, que lo hizo horrorosamente. Las expropiaciones, no muy bien llevadas a cabo, provocaron el desabastecimiento del país. Recordemos: las ideas políticas de Allende iban en favor de la clase obrera chilena, por lo cual ordenó aumentar la emisión de divisas nacionales y ponerlas en circulación para poder financiarse, además de vender la totalidad de las divisas internacionales del Banco Central, lo que incrementó a niveles estratosféricos el déficit fiscal, depreciando la moneda y causando una hiperinflación insostenible del 342% al final de su mandato y extraoficialmente en torno al 700%. La medida causó, eso sí, un aumento (aunque transitorio) del consumo y la producción del país, mientras pudo mantener la inflación a niveles razonables gracias a la fijación de precios del mercado, los cuales eran dictaminados por el Ejecutivo (por decreto).

Allende no tuvo mucha ayuda exterior. Estalló la crisis del petróleo de 1972-73 y la URSS nunca le ayudó demasiado… por no decir que no le ayudó prácticamente nada. La Unión Soviética no estaba dispuesta a ayudar a un tipo que había llegado al poder de manera pacífica en vez de mediante una revolución armada. Los rusos, aparte, estaban sin dinero entonces.

La necesidad creciente de bienes y la exagerada emisión de dinero físico producidas por la Hacienda a finales de 1971 crean enormes manifestaciones de la clase media y alta contra el gobierno como, por ejemplo, las denominadas “caceroladas”, “cacerolazos” o “marchas de las cacerolas vacías”. Estas marchas se originaron por el descontento social y económico causado por los efectos del sistema económico que se había implantado que impuso, entre otras medidas, pesadas restricciones a los comerciantes a los que obligaron a bajar sus precios y aumentar la paga a los obreros, con lo cual muchos terminarían quebrando. Este cierre de negocios, sumado al que ahora mucha más gente tenía dinero para comprar (por el aumento de sueldos), acarreó un vasto desabastecimiento (parecido a lo que sucede en la Venezuela de hoy). A medida que transcurre el tiempo, estas medidas terminan por rebasar las medidas de equidad social del gobierno: cada vez se pueden subvencionar menos. Crece la tasa de desempleo, las ganancias totales del país se reducen y se divide con mayor fuerza la sociedad… en posturas cada vez más extremistas.

La fijación de precios de mercado da nacimiento al mercado negro: cuando los precios se vuelven artificialmente fijos, por orden del gobierno, los comerciantes, productores y contrabandistas recurren a vender sus productos al margen de las vías oficiales, para saltarse los impuestos y regulaciones y para poder venderlos al precio que ellos creen conveniente… Como hay desabastecimiento, los consumidores tienen que recurrir de todas formas a este mercado negro. Para 1973 era evidente que la economía chilena se estaba desintegrando, las pérdidas económicas sufridas por la nación eran superiores a las exportaciones cupríferas totales ¡¡¡…de 7 años!!!

Ya en 1973 la inflación estaba fuera de control: se sucedieron las manifestaciones y huelgas en contra de Allende de trabajadores, estudiantes, mineros, médicos, camioneros y pequeños propietarios… Muchos chilenos no veían que sus políticas funcionaran. Se recrudeció la violencia entre partidarios y detractores del presidente. La sociedad chilena se polarizó en extremos irreconciliables… y todo se sumó a las cuestiones ideológicas para que algunos militares se decidieran a actuar.

El general Carlos Prats, jefe de las Fuerzas Armadas, sucesor de Schneider (y seguidor de la doctrina Schneider) dimitió por un escándalo menor (“caso Alexandrina Cox”: el hombre se cabreó con unas personas que le estaban insultando desde un coche y sacó la pistola para detener el vehículo) y las consecuencias que le acarreaó posteriormente entre la cúpula militar. Y le sustituyó… el general Augusto Pinochet.

El general Augusto José Ramón Pinochet Ugarte (Valparaíso, 25 de noviembre de 1915 - Santiago, 10 de diciembre de 2006) fue un militar chileno que encabezó la dictadura militar existente en ese país entre los años 1973 y 1990, después de haber derrocado al presidente Salvador Allende en un golpe de estado el 11 de septiembre de 1973.

El general Augusto José Ramón Pinochet Ugarte (Valparaíso, 25 de noviembre de 1915 – Santiago, 10 de diciembre de 2006) fue un militar chileno que encabezó la dictadura militar existente en ese país entre los años 1973 y 1990, después de haber derrocado al presidente Salvador Allende en un golpe de estado el 11 de septiembre de 1973.

Pinochet, aunque ayudó a acabar con otros intentos de golpe de estado anteriores y era considerado apolítico por el público, en realidad odiaba a muerte las políticas marxistas de Allende. Dio un golpe de estado el 11 de septiembre de 1973 (ni un mes había pasado desde su nombramiento) con el apoyo de las Fuerzas Armadas, el Tribunal Supremo, los sectores chilenos más conservadores y el apoyo tácito (que no directo) de los EEUU de Richard Nixon, el primer país en reconocerle a través de su secretario, Henry Kissinger. Allende murió suicidándose en el bombardeo y asalto militar golpista al Palacio de la Moneda, sede del presidente chileno.

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4.3. La dictadura militar de Chile. El gobierno de Augusto Pinochet y la llegada del neoliberalismo a Chile con los Chicago boys.

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Una junta militar presidida por el general Augusto Pinochet Ugarte tomó las riendas del país en 1973 y gobernó el país con mano de hierro hasta 1990, año en el que la democracia volvió a Chile.

La represión fue brutal. Las violaciones de los derechos humanos, continuas durante, al menos, los primeros años de la dictadura. Diferentes comisiones por la verdad dan cifras de alrededor de tres mil muertos y más de treinta mil torturados, incluyendo mujeres, niños y ancianos, sin contar los miles de tristemente famosos “desaparecidos”. Otras cifras tienen en cuenta las represiones de la junta posteriores al golpe, lo que hacen elevar el número a más de treinta mil muertos. Se prohibió toda actividad política, se restringieron los derechos civiles, se disolvieron las milicias populares y el Congreso, y miles de personas (se calculan unas doscientas mil) hubieron de exiliarse, especialmente los de tendencias más progresistas. La represión, principalmente a través de la hoy infame DINA (“Dirección de Inteligencia Nacional”) fue tan dura que incluso acabó por poner en contra a la Iglesia Católica, partidaria en un primer momento, del golpe en contra de un marxista.

Una vez hubo tomado el poder, Pinochet tuvo que hacer frente a la devastada economía de Chile.

Y ahí es donde nos interesa Chile con respecto a la elaboración de este artículo sobre el neoliberalismo.

El dictador no era ningún tonto: sabía que, para mantenerse en el poder que había tomado con un golpe de estado, necesitaba mostrar tanto para el interior como el exterior del país (ni los EEUU se quisieron asociar directamente mucho con él después del golpe, ya que Allende había quedado como mártir), que éste había sido necesario y qué mejor forma de hacerlo que tener éxito en la economía, destrozada tras años de crisis y vaivenes políticos.

Pinochet recurrió, para solucionar los problemas de la economía, a una serie de economistas chilenos que habían estudiado en la universidad de Chicago (el centro neurálgico académico de lo que hoy conocemos como “neoliberalismo”, los hoy popularmente conocidos como Chicago boys (los “chicos de Chicago”) que iniciaron una terapia de choque brutal de aplicación de medidas neoliberales, de la mano de las ideas monetaristas de Milton Friedman y austríacas de Friedrich Hayek. En 1973-75, tenedlo en cuenta… años antes de que las medidas neoliberales se aplicaran en otros países de la mano del neoconservadurismo y de una manera mucho, mucho más radical (más incluso que en Gran Bretaña, considerada la “cuna” de las privatizaciones neoliberales).

Vamos a analizar cuáles fueron esas medidas y cómo afectaron a Chile. Los que seáis españoles observaréis, incluso sin que yo os lo haga notar, las asombrosas similitudes con la historia reciente de España. Nosotros, en nuestro país, también sufrimos un recorrido muy similar: una república con tintes muy marxistas intentó llevar a cabo en medio del caos político y las injerencias extranjeras, una economía socialista y en extremo intervencionista. Ello desembocó en una respuesta violenta por parte de las fuerzas conservadoras que trajeron al poder un gobierno dictatorial militar (el de Franco)… el cual, tras unos primeros desastrosos años en materia económica, optó por traer al gobierno una serie de tecnócratas y economistas que crearon o “parecieron crear” algo así como un “milagro económico” que asombró al mundo (“milagro español”, parecido al “milagro chileno”). Estos supuestos “milagros económicos” constituyeron la base de la propaganda (acertada o no) sobre la efectividad o superioridad de las políticas de libre mercado o que “la derecha sabe más de economía que la izquierda” durante la Guerra Fría y en los años inmediatamente posteriores a ésta (años noventa y principios del siglo XXI). Los parecidos no son fruto de la coincidencia.

Insisto en que el ejemplo chileno es extremadamente significativo para poder entender qué significa el neoliberalismo… e incluso por qué se le llama así, con ese tono peyorativo que tiene hoy en día. También estoy convencido de que en muchos lugares habréis leído que se tiene al caso de aplicación chileno como “exitoso” y que demuestra que “el neoliberalismo funciona”, ¿verdad? Otra cuestión interesante es que el gobierno neoliberal de Pinochet se contrapone de manera drástica con la de su predecesor, el socialista marxista de Salvador Allende… Ésa es una de las razones por las cuales se estudia tanto el caso chileno: porque permite una comparativa pronta y evidente entre dos formas radicalmente distintas de ver (y aplicar) la política y la economía. Es una de las claves de por qué os encontraréis tanto con detractores como partidarios del neoliberalismo chileno y por qué el debate es tan encendido: porque mezcla economía e ideología política, dificultando su estudio objetivo.

Como ya vimos anteriormente, el uso del término “neoliberalismo” declinó muchísimo desde los años sesenta. El único país que lo empleaba profusamente hasta entonces era Alemania y ya vimos que los políticos y economistas alemanes lo fueron abandonando progresiva pero sistemáticamente en favor de términos más específicos y concretos como “economía social de mercado” u “ordoliberalismo”. Los primeros y más relevantes en volver a recibir el nombre de “neoliberales” fueron estos Chicago boys chilenos. De hecho, si el término “neoliberalismo” tiene esas connotaciones tan negativas por las que hoy es conocido, es “gracias” a lo que hicieron en la economía chilena.

Los Chicago boys (término creado por Milton Friedman en sus memorias, escritas en los años ochenta) fueron un grupo de estudiantes latinoamericanos, la inmensa mayoría de ellos, chilenos, que estudiaron en el departamento de Economía de la universidad de Chicago bajo Milton Friedman (a veces llamado “padre del neoliberalismo”) y Arnold Harberger o en el departamento afiliado que existía en la Pontificia Universidad Católica de Chile (aunque algunos estudiaron también en Harvard y en el MIT), fruto de un programa de becas e intercambio organizado por el Departamento de Estado de los EEUU y subvencionado por la Ford Foundation y la Rockefeller Foundation. Alrededor de un centenar de estos estudiantes participaron en estos programas (que incluían post-grados) entre 1957 y 1970. [Nota: la conexión entre Chile y la universidad de Chicago continúa hoy en día como, por ejemplo, con la Latin American Business Group at Chicago Booth School of Business.]

Una lista no exhaustiva de los Chicago boys con los cargos (algunos de ellos) que ocuparon durante la dictadura, aunque muchos de ellos continuaron ejerciendo cargos gubernamentales después de ésta:

Jorge Cauas (ministro de Finanzas 1975–1977); Sergio de Castro (ministro de Finanzas 1977–1982, probablemente el Chicago boy más relevante); Carlos Massad (ocupó varios cargos en la CEPAL, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y fue gobernador del Banco Central de Chile); Ernesto Fontaine (profesor en la Universidad Católica de Chile, ocupó algunos cargos en el Banco Interamericano de Desarrollo, el Banco Mundial y la OCDE); Pablo Baraona (ministro de Economía 1976–1979); José Piñera (ministro de Trabajo, 1978-1980, de Minas, 1980-1981); Hernán Büchi (ministro de Finanzas, 1985-1989, otro de los Chicago boys más relevantes); Álvaro Bardón (ministro de Economía, 1982-1983); Juan Carlos Méndez (director de presupuestos, 1975-1981); Emilio Sanfuentes (asesor del Banco Central de Chile); Sergio de la Cuadra (ministro de Finanzas, 1982-1983); Francisco Rosende (director de investigación del Banco Central de Chile entre 1985-1990); Miguel Kast (ministro de Planificación, 1978-1980, ministro de Trabajo 1980-82 y gobernador del Banco Central de Chile entre 1982-1983); Martín Costabal (director de Presupuesto, 1987-1990); Juan Ariztúa Matte (superintendente del sistema de pensiones privadas, 1980-1990); María Teresa Infante (ministra de Trabajo, 1988-1990).

Otros considerados como Chicago boys que no ejercieron durante la dictadura pero que fueron muy relevantes: Joaquín Lavín (ministro de Educación, 2010-2011, y actual ministro de Planificación); Cristián Larroulet Vignau, trabajó para el ministerio de Finanzas, miembro de la Comisión Nacional para la Privatización, presidente de la Comisión Antitrust, Director Ejecutivo del think-tank Libertad y Desarrollo, decano de Económicas en la Universidad del Desarrollo de Santiago de Chile, miembro de la Junta de Gobierno de varias empresas públicas… y miembro de la Sociedad de Mont Pelerin; Juan Andrés Fontaine (ministro de Economía, 2010-2011); Francisco Pérez Mackenna (CEO de Quiñenco desde 1998, uno de los conglomerados de empresas más grandes de Chile, y presidente de varias de esas empresas, como el Banco de Chile, Madeco, CCU, inversiones y rentas, LQIF, ECUSA. Es MBA por la universidad de Chicago; José de Gregorio, vicegobernador del Banco Central de Chile (2003-2007) y gobernador desde 2007, “tri-ministro” de Economía, Minas y Energía en los años 2000-2001 y economista investigador del FMI.

En otros países latinoamericanos también tuvieron sus Chicago boys. El otro caso más paradigmático de la influencia por parte de economistas que habían estudiado en la universidad de Chicago (o siguiendo sus ideales) en las políticas económicas radicales neoliberales de un país sudamericano fue… Argentina. En Argentina, los Chicago Boys tomaron la dirección de la economía también con un golpe de estado: el del 24 de marzo de 1976 (“el Triunvirato”), liderados por el economista y empresario José Alfredo Martínez de Hoz, y también en la década de los años noventa y principios del siglo XXI (después de que Raúl Alfonsín los echara del poder) bajo la presidencia de Carlos Menem. Entre los Chicago boys de Argentina se encuentran nombres tan conocidos Adolfo Diz, Juan Alemann, Roque Fernández, Pedro Pou, Carlos Alfredo. Hay quien incluye incluso al hoy día infame Domingo Cavallo entre ellos.

Espero, lectores, que hayáis observado, si sois inteligentes… que para analizar los resultados de las medidas neoliberales en la economía de un país… he escogido el caso chileno en vez del argentino. ¿Por qué lo he hecho así? Porque si yo fuera un crítico mordaz, con el prejuicio ya asentado y totalmente opuesto al neoliberalismo de base… habría escogido el caso argentino pero que de inmediato. Como veremos más adelante, las medidas neoliberales en Chile fueron bastante malas por decir algo moderado. Pero en el caso argentino fueron absolutamente desastrosas. Para mí habría sido mucho, mucho, mucho más fácil tomar el ejemplo argentino para criticar al neoliberalismo y reírme de él a mandíbula batiente… Se le percibe a todos los niveles como un fracaso gigantesco y, de hecho, está más que probado científica, econométrica e incluso moralmente: no hay debate relevante al respecto, vamos (hasta ha tenido su “herencia cultural”: la palabra “corralito” ha quedado incrustada en el acervo cultural internacional). Si he escogido el caso chileno es porque se le percibe, incluso hoy en día, como un ejemplo de éxito neoliberal hasta en algunos sectores académicos del mundo de la Economía (es cierto que tiene bastantes indicadores macro favorables). Yo he venido a mostrar que, incluso en uno de los casos más favorables de aplicación del neoliberalismo, hay muchas cosas que son desastrosas y/o perjudiciales. Como divulgador científico, he venido a mostrar la verdad y derribar falsos mitos o confirmar los que se demuestren como ciertos… no a hacer un ensayo fácil que cualquiera podría hacer recopilando artículos periodísticos de una hemeroteca. Aparte, tengo otro motivo práctico: si me pongo a hacer un análisis del fracaso neoliberal en la Argentina de la dictadura de Videla y del gobierno de Carlos Menem… no acabo en mi repajolera vida.

Pero no nos desviemos del tema. Centrémonos en el caso de los Chicago boys chilenos.

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Algunos de los

Algunos de los “Chicago boys” más relevantes. Arnold Harberger fue su profesor en Chicago para los que estudiaron en aquella universidad. Otros, como Piñera, estudiaron en Harvard.

Conforme estos economistas iban volviendo a Chile fueron ocupando (o intentando ocupar) puestos de responsabilidad en el gobierno, el mundo de las finanzas y la educación. Lo intentaron en un principio con Alessandri, al que presentaron en 1970 sus propuestas conjuntamente en un documento de 189 páginas (“Programa de desarrollo económico”) que dieron en llamar de manera chistosa, EL Ladrillo (de grande y pesado que era). Alessandri (o el equipo electoral de Alessandri, los testimonios varían) rechazó el programa por ser extremadamente radical (¡ya tenía que ser radical para que un liberal lo rechazara!), pero hubo alguien que sí estuvo dispuesto a adoptarlo…

Augusto Pinochet.

Portada de

Portada de “El Ladrillo”, presentado por Sergio de Castro (el prólogo es suyo), documento que detallaba las reformas económicas neoliberales que, según los economistas del grupo “Chicago boys” deberían aplicarse (y se acabaron aplicando bajo la dictadura del general Pinochet) en Chile. Se empezó a redactar en 1970, y se terminó en 1972. Sólo se hizo público en 1992.

Joder que sí lo adoptó… como que constituyó la base de su nueva política económica tras el golpe de estado (más concretamente, a partir de 1975, si bien algunos de ellos ya llevaban trabajando algunos años en la estructura estatal).

Seguramente, todos mis lectores estén ardiendo de ganas de saber si las medidas de estos economistas neoliberales tuvieron éxito o no. No, las de los primeros años no las tuvieron y el legado de las posteriores es, cuando menos, polémico. Ahora lo veremos pero antes de eso, me van a permitir el hacer notar que hay una gran cantidad de literatura (académica o no) al respecto de si funcionaron bien o no… Y una gran pelea ideológica, también.

¿Por qué es esto así?

Porque dado que el ejemplo chileno es uno de los más paradigmáticos en el estudio de la aplicación del neoliberalismo (fue el que le dio el nombre con el significado que tiene hoy día: “políticas contemporáneas fundamentalistas de libre mercado”), partidarios y detractores del (neo)liberalismo y de las políticas económicas de laissez-faire lo usan para mostrar el éxito rotundo o el fracaso absoluto que, según cada uno de ellos, constituyeron. Es más, el caso chileno se utiliza también como “campo de batalla ideológico” entre ultracapitalistas y comunistas, en el cual cada uno intenta desacreditar al otro con los fallos y aciertos de las políticas de Allende (socialista marxista) y Pinochet (dictador conservador partidario del neoliberalismo). Para los neoliberales, la intervención de los Chicago boys fue un éxito rotundo, y para los marxistas, un fracaso absoluto.

¿Y qué fueron, un éxito rotundo o un fracaso absoluto?

Las dos cosas.

Para los ricos, funcionaron de puta madre. Para los pobres… no.

Aprovecharé este análisis del neoliberalismo chileno para desmitificar muchísimas cosas que sobre él se dicen “por ahí”. Una de las cuestiones más peliagudas de intentar hacer un análisis serio sobre temas tan candentes y cargados ideológicamente como el neoliberalismo, es tener que “escarbar” entre un montón de literatura, fuentes y datos, muchos de los cuales son material propagandístico e “interesado” de un lado o de otro. No se suelen encontrar, especialmente por internet, muchas críticas o análisis sin interés ideológico como el que voy a intentar detallaros a continuación, y eso es así porque la inmensa mayoría de los análisis sobre el neoliberalismo chileno están o decididamente a favor o totalmente en contra (y se suele mezclar crítica ideológica con económica: yo me voy a dedicar a la económica), muy pocas veces (especialmente en español) os podréis encontrar con un análisis al que le interese descubrir y describir lo que sucedió de verdad sin sesgos cognitivos ni prejuicios políticos o ideológicos (en mi caso, tal vez se deba al hecho de que no soy ni neoliberal ni marxista).

Varias cosas a tener en cuenta:

1) -Las políticas económicas de los Chicago boys fueron extremadamente radicales, tanto, que se habla de “terapia de choque”. Quisieron sustituir el radicalismo marxista de Allende… por un radicalismo ultraliberal. La economía dio un giro de 180º casi de la noche a la mañana. Como veremos más adelante, el giro fue tan brutal y las consecuencias tan desastrosas, que el periodo de actividad neoliberal pinochetista se divide en dos subperiodos, el primero (1973-1982), en el que los neoliberales dieron rienda suelta a sus ideas, creando un caos económico, y el segundo (1982-1990 aunque yo señalaría más acertadamente, 1985-1990), en el que los neoliberales “recularon” sus medidas más radicales, viendo que estaban dirigiendo cuesta abajo y sin frenos a la economía chilena. A este segundo periodo se le suele llamar, significativamente, “neoliberalismo pragmático”. Es este segundo periodo el que vio algunos éxitos en economía… éxitos que fueron aprovechados por los partidarios mundiales del neoliberalismo (en EEUU y Gran Bretaña, sobre todo) como herramienta propagandística de sus supuestas bondades y para atacar al “malvado comunismo”. Recordemos que era la época de la Guerra Fría. Los marxistas y ultraizquierdistas centran sus críticas en el primer periodo, sobre todo, pero aquí veremos los dos. Al primer periodo se le suele llamar, sobre todo en Chile, “primer milagro chileno” y al siguiente, tras la crisis de 1982-1985, “segundo milagro chileno”. Como economista, me niego rotundamente a llamar al primer periodo, “milagro” por mucho que así lo llamara Friedman interesadamente. Ni de lejos. El segundo, tuvo algunos éxitos en términos macroeconómicos pero, como en el caso del “milagro español” franquista, tiene mucho, mucho, pero que mucho de mito propagandístico.

2) -El entorno de las reformas. ¿Pinochet estuvo de acuerdo con esto? ¿Lo estuvieron los sectores partidarios del golpe de estado? Lo cierto es que no necesariamente. Es más, en la única entrevista que mantuvo Milton Friedman con Pinochet, en 1975, el economista aseguraba que no encontró al dictador muy receptivo a las ideas neoliberales. El problema de Pinochet es que él sabría mucho de fusiles y tácticas militares pero no tenía ni maldita idea de Economía ni de números (él era, como prácticamente todos los militares, más partidario del intervencionismo, el estatismo y la mano dura)… y no tenía a nadie más a quien recurrir que quisiera colaborar con él, un dictador “de estilo clásico”. Es más, no todos los sectores golpistas estuvieron de acuerdo con estas medidas… pero era lo que había. Los militares se habían metido en el golpe con su agenda política propia, pero sin tener un proyecto económico claro y definido… y la derecha chilena, lo que incluía a su empresariado, hacía piña con los golpistas por miedo al marxismo, a las expropiaciones y a los movimientos populares. Todos ellos “tragaron” con los economistas monetaristas de los Chicago boys pues… porque no tuvieron más remedio. Aquellos economistas, tan bien conectados con el exterior, estaban desvinculados de la política tradicional estatal y eran, por tanto, aceptables para los militares.

3) -Insisto en que se suele confundir e incluso identificar el análisis estrictamente económico con el ideológico. Fue esta “alianza” que se dio en Chile entre una dictadura de corte prácticamente fascista y neoliberalismo o políticas fundamentalistas de libre mercado lo que llevó a que se asociara, con mayor o menor acierto, especialmente en Latinoamérica y en español, al neoliberalismo con la derecha y los poderes fácticos conservadores; al capitalismo con dictadura… y que se percibiera al neoliberalismo como enemigo frontal, total y absoluto de los intereses de las clases pobres y trabajadoras. El término “neoliberalismo” pasó, después, a la lengua inglesa ya con ese significado que había adquirido en español: “políticas económicas fundamentalistas de libre mercado contemporáneas”… conforme la literatura (académica o no) en español sobre el tema se iba traduciendo al inglés y llegaba a un público global.

4) Lucha de datos y propaganda. Una de las cosas que más me enfurece a título personal y como técnico, cada vez que estudio cuestiones académicas sobre Economía y, especialmente sobre el estudio del neoliberalismo… es el cómo se miente descaradamente en los datos macroeconómicos o se exageran para refrendar el éxito de una política económica y, a través de esto, apoyar a la ideología que la promovió. Me explico: todos los que hemos estudiado Economía, nos solemos encontrar con que los primeros datos sobre la aplicación de uno u otro modelo económico suelen ser “maravillosos” para los que los aplican. Porque son ellos los que los suministran. Cuando yo estudiaba en la facultad, algunos profesores (pocos, porque Pinochet es muy odiado en España: recuerda muchísimo a Franco) ponían el caso del neoliberalismo chileno como un gran ejemplo de éxito económico… “el milagro chileno”, en palabras de Milton Friedman en su columna del Newsweek… y daban datos que lo corroboraban, como cifras de empleo, exportación y crecimiento económico entre otras cosas. Por aquel entonces no había internet (ahora te enteras en tres coma dos si la medida que adoptó el gobierno de Pakistán la semana pasada en contra de la inflación regional en Baluchistán tuvo éxito y en qué medida porcentual), y los que sabían leer inglés (y no fueran partidarios del neoliberalismo o el conservadurismo) se podían contar con los dedos de la mano. Los técnicos tuvimos que esperar veinte años para que datos más certeros llegaran a nuestros oídos y ojos, que revelaban que aquello no fue así por no decir que muchas cosas fueron al contrario. Y nos enteramos desde el inglés, a través de las referencias cruzadas por autores más científicos, más independientes, no politizados y con técnicas de medición estadística con recorrido histórico mucho más largo y detallado. Esto que os quede claro: el tiempo lo cura todo y añade la fría perspectiva, alejada del calor y del frenesí de la lucha política propagandística de los primeros años. Ahora es cuando podemos darnos cuenta o, mejor dicho, darnos cuenta más certeramente. Pero no os vayáis a creer que esto sólo sucedió con el neoliberalismo chileno… Son muy conocidas ahora las mentiras propagandísticas de la Unión Soviética, que estuvo durante décadas proporcionando datos falsos sobre la evolución de su economía: los soviéticos decían que su economía iba de puta madre y hoy sabemos, como dice la expresión popular, que “estaban pasando más hambre que la gallina Matilde, que traspasó la frontera por comerse una avispa”. De la misma forma, los datos suministrados por el gobierno del matrimonio Kirchner en Argentina están más que falseados de continuo como, por ejemplo, los índices de inflación… hasta el punto en que los organismos internacionales ya no les hacen ni maldito caso y se ven obligados a recurrir a métodos indirectos para calcularla. ¿Y los partidarios del marxismo no mentían sobre los datos de la economía chilena? También. Pero, como lo hacían desde el exterior, porque recordemos que Pinochet expulsó y obligó a exiliarse de Chile a una gran cantidad de partidarios del marxismo, no tenían acceso directo a los datos… y no se les hacía mucho caso, especialmente teniendo en cuenta que de ellos sí que se sabía que iban a criticar al neoliberalismo chileno con sesgo ideológico seguro por haber sido los principales afectados por el golpe de estado. Otro defecto a añadir es que los marxistas siempre han criticado al neoliberalismo más desde el lado “ideológico” que analizando los datos macroeconómicos. Lo que me vengo a referir con todo esto es que el análisis de datos no lo he efectuado con lo que decían por aquel entonces de la economía chilena, sino con lo que sabemos hoy en día. Es la mejor forma de enterarnos… y lo que debería hacer cualquier economista y científico social de bien.

Ahora pasaremos a explicar las medidas económicas de los Chicago boys y su impacto en la economía chilena pero, antes, veamos cómo (re)apareció la palabra “neoliberalismo” en Chile y cómo es que fue obteniendo ese significado que es con el que más se le conoce hoy en día (a fin de cuentas es uno de los temas principales de este ensayo: el estudio del recorrido histórico y académico de ese término).

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La reaparición del término “neoliberalismo”.

En los años sesenta, los primero Chicago boys, que eran unos intelectuales pro-libre mercado empezaron a notar, al estudiar en sus escuelas estadounidenses bajo profesores como Milton Friedman, Arnold Harbenger e incluso Friedrich Hayek (que, aunque crítico con las ideas las mostró en sus clases de los años cincuenta en la universidad de Chicago como ejemplo de “desviación” de la pureza de los ideales liberales clásicos del laissez-faire), las ideas de la escuela de Friburgo y el ordoliberalismo alemán y el inmenso éxito que tuvieron en la Alemania de la posguerra. Estos intelectuales empezaron a utilizar el término “neoliberalismo”, en castellano, para traducir directamente el término alemán neoliberalismus o neuen Liberalismus, el cual ya vimos que se empleó durante un tiempo en la Alemania de la posguerra por parte de los liberales germanos. Los Chicago boys (y otros intelectuales latinoamericanos levemente anteriores y posteriores) quedaron muy impresionados con el “milagro alemán” de Ludwig Erhard y pretendían alcanzar algo similar: unas cotas de crecimiento y control de la inflación efectivas en sus países (principalmente, Chile). Es decir, muy al principio, lo que estos señores pretendían al referirse con “neoliberalismo” era a la misma filosofía económica de la escuela de Friburgo: una versión más moderada del liberalismo clásico que favorecía el utilizar la política estatal para atemperar la desigualdad social y eliminar la tendencia hacia el monopolio.

La primera aparición “pública académica” del término “neoliberalismo” y “neoliberal” con esta acepción se produce en la revista chilena semanal PEC (siglas de “Política, Economía, Cultura”), que se publicó entre 1963 y 1973 [Nota: la fecha de fundación de la revista varía según la fuente, en otros sitios aparece que fue en 1967], la principal revista del ideario político conservador y derechista en el Chile pre-Pinochet.

La revista no empleaba demasiado extensamente el término, pero lo usaba para referirse al “milagro alemán”.

Otros autores como el historiador peruano Enrique Chirinos Soto contribuyeron a darle difusión en sus respectivos países. De él se conserva una crítica al presidente chileno Alessandri en 1964 por su incapacidad en dominar la inflación y le avisaba de que “debía implementar una política económica neoliberal idéntica [sic] a la de Erhard en Alemania”. El uso del término “neoliberalismo” en Hispanoamérica (sí, en este caso el término apropiado es Hispanoamérica, no se incluye el Brasil lusófono) era, pues, el mismo que se le daba en alemán: una economía social de mercado moderada que superara al liberalismo clásico. En esta época, incluso autores académicos marxistas como Hernando Aguirre, contrarios a la doctrina capitalista, se referían al neoliberalismo con este mismo significado.

¿Qué sucedió?

Que en los años ochenta, cuando ya se fueron notando los efectos más perversos de la aplicación más radical de estas ideas como “terapia de choque” sobre la población chilena, los opositores, principalmente marxistas y partidarios del difunto Allende, emplearon la palabra (o continuaron empleándola, según se mire) sólo que, ahora, para referirse a estas políticas con odio, desprecio, y de manera insultante y despectiva.

El neoliberalismo había pasado a asociarse al mismísimo Mal a ojos de contestatarios, izquierdistas, socialistas, pobres, marxistas, progresistas, marginados… todos los que, en suma, eran los afectados y perseguidos por la dictadura pinochetista y sus políticas económicas.

Y comenzaron los primeros patrones de “uso asimétrico” (desigual) de la palabra. Esto es, los opositores y críticos (Echevarría) a las reformas de libre mercado empleaban cada vez más la palabra “neoliberalismo” que sus defensores (Piñera), hasta el punto en que a mediados y finales de los años ochenta, la palabra adoptó su versión alternativa como “oficiosa” (que no “oficial”): para designar el fundamentalismo de mercado ultracapitalista, con un sentido radical, que transformaba de forma maligna las relaciones entre estado y sociedad en favor de los más ricos. La palabra “neoliberalismo” quedó asociada a un carácter negativo desde entonces. Los partidarios de las reformas, como Piñera, pasaron a emplear otras palabras y expresiones, como “autores liberales contemporáneos” para referirse a lo que anteriormente llamaba “neoliberales”. Incluso detractores ultraderechistas del capitalismo como el movimiento falangista español, empezaron a referirse al “neoliberalismo” con tono malsonante.

La revista Estudios Públicos del Centro de Estudios Públicos (CEP) de Chile (fundada en 1980), recoge en sus artículos esta evolución.

En un periodo como la Guerra Fría y en uno de sus campos de batalla más candentes, como era el Chile posterior a la muerte del marxista Allende, estaba cantado que la nueva acepción iba a acabar por extenderse entre los movimientos sociopolíticos revolucionarios, el mundillo marxista, anticapitalista, etc.

De ahí proviene la acepción con la que hoy conocemos el “neoliberalismo”.

Así pues, vuelvo a remarcar lo dicho: es un mito que circula en el mundo liberal y pro-libre mercado el que nadie en el mundo académico de la Economía hubiera usado el término “neoliberal” o “neoliberalismo” y que no lo hubiera utilizado para referirse a un algo específico. No es un término ni tan fantasmagórico ni inexistente como muchos ignorantes o desinformadores plantean: tiene su recorrido histórico, académico y serio. El término fue cambiando de acepción hasta que otros se apropiaron de su uso, sí, pero no antes de que los partidarios del mismo hubieran de abandonarlo conscientemente. Eso que no se les olvide jamás.

Fuente.

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Fotografía de la entrevista entre el economista de la escuela de Chicago Milton Friedman (de negro, en el sillón de la izquierda) y el dictador Augusto Pinochet (en el sillón de la derecha), en Santiago de Chile en marzo de 1975.

Fotografía de la entrevista entre el economista de la escuela de Chicago Milton Friedman (de negro, en el sillón de la izquierda) y el dictador Augusto Pinochet (en el sillón de la derecha), en Santiago de Chile en marzo de 1975.

¿Qué fue lo que hicieron los Chicago boys? ¿Cómo fue la aplicación del neoliberalismo en Chile?

Paralelamente a la represión política, se hicieron profundas reformas que condujeron a una transformación económica del país.

Repetimos: los Chicago boys implementaron una serie de medidas en el primer periodo de la dictadura (1973-1982) que se suelen calificar en literatura académica como de “terapia de shock“. Intentaron reducir el gasto público un 20%, despidieron al 30% de los empleados públicos, aumentaron el IVA (“Impuesto al Valor Agregado”… sí, ellos ya tenían un IVA, pero para los chilenos es un impuesto a la transferencia comercial de bienes muebles y activos M1 y M2), bajaron los sueldos (especialmente los de los sectores obreros), privatizaron la inmensa mayor parte de las empresas estatales y acabaron con los sistemas de ahorro y préstamos de vivienda… y pensiones públicas.

El infierno en la tierra, especialmente para los más humildes.

Al contrario que el gobierno de Allende, los Chicago boys postularon en su Ladrillo la necesidad de la apertura del mercado interno, aranceles bajos y uniformes, el fin de los controles de precios y los subsidios. En el área de las políticas públicas el documento formó la base de las iniciativas tendientes a reforzar el papel en la economía del sector privado, es decir, la entrega al sector privado, en condiciones de competencia, de diversas áreas de la economía, como el de la energía eléctrica, el agua potable, las telecomunicaciones, el sistema de pensiones, entre otros (aparte de revertir las nacionalizaciones de Allende). También se puso énfasis en la necesidad de orientarse a los mercados de exportación, dada la abundancia de recursos naturales y que el mercado interno era reducido… por decirlo amablemente (el pueblo chileno de la época tenía poco poder adquisitivo y más aún que perdió al inicio de la dictadura, era muy pobre y no podía consumir ni, por tanto, levantar económicamente a la nación desde dentro; ese problema continúa hoy en día, y no poco). Resumiendo: privatizaciones de empresas públicas y eliminación de ayudas y subsidios. Otros efectos muy perniciosos: la libre flotación del escudo (que luego se vieron obligados a cambiar al peso), la moneda de la época… y el hecho de que, muy hipócritamente, los neoliberales aumentaron los impuestos, al contrario de lo que sus ideales “dictan”.

A los Chicago boys les faltó coger látigos y fustigar a los ciudadanos chilenos al grito de “¡levantad el país para nosotros, rotos, weones!”

¿Qué efectos tuvo todo aquello? Terribles. El Producto Interno Bruto cayó… ¡¡¡un 12%!!!, la tasa de desempleo subió inicialmente hasta el 16% y posteriormente al 20% (en un país con una alta necesidad de mano de obra para sacar las materias primas) y el valor de las exportaciones se redujo en hasta un 40% (por la competencia exterior). Se produjo una carestía inmensa en el país, más acuciante aún teniendo en cuenta que se estaban eliminando, simultáneamente, los programas de ayuda social. El personal cualificado emigró en masa en busca de mejores oportunidades y sueldos. El dinero “circulante”, el líquido, escaseó sobremanera. Uno de los efectos que más ocultan los neoliberales de esta época es la gran cantidad de cierres de pequeñas y medianas empresas (y eso que se suponía que eran los defensores de los entrepeneurs y empresarios), muchas de ellas el único ingreso de familias enteras, que desaparecieron en quiebras masivas aplastadas bajo el peso de gigantescas deudas. Empresas con más de medio siglo a cuestas y una larga tradición y raigambre, tuvieron que cerrar. La dictadura se esforzó sobremanera en ocultar las imágenes de grandes cantidades de desempleados que buscaban trabajo en las plazas de pueblos y ciudades, como sucedió en la España de la posguerra.

También hubo otros efectos muy, muy desagradables y contraproducentes: las grandes empresas sí subsistieron… gracias a la reducción de sus plantillas de trabajo y la rebaja de salarios. Muchas de estas situaciones se prestaron a abusos de empresarios sin escrúpulos. A ese abuso se prestó, cómo no, el hecho de que ya no existían sindicatos que pudieran defender los intereses de los trabajadores porque los había eliminado la dictadura por su asociación marxista y/o de oposición a las élites partidarias del golpe y que solían ser grandes empresarios y propietarios. Aquellos que conservaron sus empleos debieron soportar recortes en sus sueldos, peores condiciones laborales (como mayores o peores horarios), los sueldos sectoriales descendieron bruscamente (como el minero) y el abuso empresarial fue la tónica de este periodo.

Otra “nota curiosa” es que tanto en el sector público como en el privado, los altos puestos claves fueron ocupados por oficiales del Ejército, Aviación o Marina… y la dirección de las empresas privatizadas que anteriormente fueron estatales pasaron a manos de partidarios de la dictadura, principalmente… los Chicago boys. Oh, la ironía. La clase alta pudiente se fortaleció y se enriqueció gracias a las franquicias otorgadas por el régimen militar.

La consecuencia más grave que tuvo todo esto fue un brusco deterioro social, las clases medias y bajas se empobrecieron tras un progresivo descenso de su poder adquisitivo, lo que provocaría una gran brecha en la distribución de la riqueza, que se mantiene hasta el día de hoy. Trataremos esto más detalladamente (Chile es el país del mundo donde más ha aumentado la brecha entre ricos y pobres en el periodo 1980-1990) cuando hablemos de “la herencia recibida”.

Llegó un momento en que a Pinochet se le pusieron los cojones por corbata… si aquello seguía así se temía que el pueblo le perdiera el miedo a rebelarse: se sucedieron las manifestaciones y las famosas “caceroladas” (ahora en su contra). ¿Os acordáis de las imágenes en la TV de la época? Todos aquellos manifestantes en Chile y la policía antidisturbios aporreándolos mientras los furgones echaban agua a presión contra el grueso de las manifestaciones. Yo era niño entonces, pero me acuerdo de aquel humorista español (me parece recordar que era Pedro Ruiz), que salió en la televisión disfrazado de Pinochet, haciendo el chiste: “¿Cómo que no gobierno limpiamente… no ven los duchazos que le doy al pueblo?”

Si habéis visto el listado de los Chicago boys habréis observado que la mayoría de ellos desempeñaron cargos en el primer periodo de la dictadura durante muy pocos años. Eso fue así por la inestabilidad: la junta militar iba cambiando a uno u otro conforme los resultados no daban para más. Algo que quiero que notéis, también, es el hecho de que todas esas medidas tan brutales que adoptó el gobierno de Pinochet… no podrían haberse dado en un entorno democrático de manera normal: cualquier gobierno elegido democráticamente que las aprobara tendría prácticamente asegurado el perder las elecciones. Se precisaba un gobierno dictatorial al que le importaran un comino las repercusiones que iban a tener sobre el pueblo porque éste no podría desbancarle electoralmente si las cosas fueran tan mal (y fueron muy mal). Es muy conocido el hecho de que Margaret Thatcher, que también aplicó estas medidas aunque no de forma tan radical, estuvo a punto de perder las siguientes elecciones de no ser porque la Guerra de las Malvinas le salvó en última instancia al recuperar su popularidad frente a un enemigo externo. Esto que os sirva de aviso: prácticamente nadie vota de por sí normalmente la aplicación de políticas de libre mercado fundamentalistas agresivas porque, como podéis ver, no son ni con mucho, del agrado de la mayoría de la población. Se precisa de circunstancias anormales para su implementación (guerras, crisis económicas, enfrentamiento ideológico polarizante, etc.).

Los resultados iniciales fueron tan rematadamente malos que los Chicago boys hubieron de cambiar gran parte de sus propuestas por algunas menos agresivas después de 1982 (el “neoliberalismo pragmático”, recordemos).

Quiero que notéis otra cosa… si los resultados iniciales fueron tan malos, ¿por qué Milton Friedman habló en su columna del Newsweek del 25 de enero de 1982 del “milagro chileno”?

Obviamente, Friedman necesitaba agarrarse a un clavo ardiendo si no quería mostrar que sus propuestas no funcionaban. Él no iba a criticar sus consejos, los que él dio a Pinochet. Friedman se refirió al único éxito constatable del primer periodo de los Chicago boys… es decir, el control de la inflación (el aumento de precios). Y el único palpable a nivel de calle, si se me permite añadir.

Inflación en Chile entre los años 1975-1982.

Inflación en Chile entre los años 1973-1982.

A eso le ayudó el que no se conocían de primera mano los datos globales de la economía chilena, recordemos. Tampoco señaló en otros artículos que ya en el mismo año 1982 la inflación repuntó a un 20,7%.

Parece un milagro, ¿verdad? Del 508,1% al 9,5% en 1981… Pues NO lo es. Esto que voy a decir no se sabía antes ni se tenían tampoco las técnicas monetarias tan finas que tenemos hoy en día, pero… bajar una inflación del 508% al 30% o al 10% lo hago yo con la punta de la polla. Basta con mantener el país en calma y firme aunque sea a punta de pistola (caso de la dictadura pinochetista). Para que lo entendáis más fácilmente: hoy día todo economista sabe que si la inflación está en hiperinflación (más del 50%) o tan alta (más o menos en torno al 10%) es por causas extraordinarias, no normales (como, por ejemplo, un gasto público desbocado o una impresión masiva de dinero como lo que hizo Allende, una guerra, un conflicto, etc.). En circunstancias normales es más difícil y tiene más mérito bajar la inflación de un 3% a un 2% que bajarla de 500% al 100%, por poneros un ejemplo.

Otra cosa que no señala Friedman o se le “olvida” es que para reducir la inflación… el gobierno de Chile tuvo que causar una devaluación interna con sus medidas de austeridad. ¿Alguna cuestión más? Que un mínimo de un 9,5% no es para estar orgulloso. España tuvo de máxima histórica en el siglo XX de un 26% durante UN año (1976).

Volvemos a repetir lo que dije en anteriores apartados: todo economista tiene que tener en cuenta TRES indicadores básicos: crecimiento económico, inflación y desempleo. De esos tres, lo normal es tener DOS bien porque es extremadamente difícil tener los tres a la vez. El crecimiento no se discute (si no hay riqueza no hay nada para repartir), así que sólo te queda elegir entre controlar la inflación o el desempleo. Allende controló el desempleo (en torno al 5%), pero la inflación se le desbocó (en torno al 700% extraoficial al final de su mandato). Los Chicago boys controlaron la inflación momentáneamente (veremos que luego volvió a aumentar), pero el paro se les desbocó… las cifras de desempleo chileno rondaron desde entonces un abominable 20% oficial (extraoficialmente fue mucho más). Los Chicago boys eligieron, como ya dijimos que suelen elegir los neoliberales, controlar la inflación (que el dinero de los ricos no pierda valor)… y el pobre, pues que se jodiera.

Pero ésa no es mi crítica principal. Mi crítica principal… y la de la comunidad científica de economistas actuales es que… para conseguir tan magros resultados, se creó un perjuicio brutalmente desproporcionado. “Para ese viaje no hacían falta esas alforjas”, que se suele decir.

Bueno… ¿cómo consiguieron frenar la inflación los Chicago boys? Con una serie de técnicas monetarias, algunas de ellas de dudosa calidad moral.

El sistema monetario fue cambiado a la moneda Peso, desvalorizando el anterior Escudo (Eº). En aquella época, el valor de lo que en Chile se llamaba Unidad de Fomento (una medida de cuenta creada por el presidente Eduardo Frei para equiparar los ahorros, los seguros, las pensiones y los sueldos a la inflación) se reajustaba el primer día de cada trimestre según la variación del IPC del trimestre anterior. El Decreto Supremo Nº 613 del 14 de julio de 1977 estableció que su valor se reajustaría en forma diaria a partir del 1 de agosto de dicho año. Uno de los indicadores más simbólicos, el precio del dólar, fue establecido a tasa de cambio fija, en 39 pesos, y se mantuvo estable hasta iniciada la década de 1980. Esta operación de reajuste sería una de las bases de la transformación económica. Dicha medida favoreció en un comienzo a la construcción que se encontraba paralizada y a la clase media quienes adquirieron viviendas con un valor de UF de apenas $5.000, pero que cinco años más tarde subiría a más de cinco veces su valor inicial dejando una estela de deudores hipotecarios en la ruina y descrédito al no poder pagar los elevados dividendos. En la práctica, una burbuja inmobiliaria, vaya. Posteriormente, los neoliberales tuvieron que agachar las orejas y crear un programa de vivienda protegida sufragado con una cuota llamada Serviu.

Una nota antes de continuar… ¿no notáis una serie de similitudes entre Chile y España tras la aplicación de medidas “liberalizadoras” en nuestro país desde el segundo mandato del PSOE y el primero del PP? Observad: aumento del paro, precariedad laboral, bajada de sueldos, abusos empresariales, burbuja inmobiliaria, eliminación de derechos adquiridos, pérdida de poder adquisitivo… la única gran diferencia es que ellos bajaron la inflación y nosotros la hemos bajado tanto que hemos entrado en deflación (diciembre de 2014).

Continuemos…

Los que sepáis más de Economía quizás os hayáis dado cuenta de un detalle curioso… ¿cómo es que Friedman alababa como un “milagro chileno” la economía de Chile… y se centrara en el control de la inflación en vez de la medida por antonomasia de todo éxito económico: el Producto Interno (o interior) Bruto (PIB)?

Friedman decía que el problema por antonomasia de la época en concreto (la crisis del Petróleo) era la inflación. Hasta ahí, podríamos estar de acuerdo. Pero, ¿por qué no se centró en el PIB?

Veamos el siguiente gráfico del PIB que mide el crecimiento económico (que no la desigualdad, recordemos). Observamos una caída brutal los primeros años de la entrada de los Chicago boys y un relativo aumento por encima de la media de Latinoamérica hasta alcanzar un punto no muy pronunciado por encima de esa media… hasta el año 1981 en el que el PIB cae estrepitosamente a unos niveles infernales. Los Chicago boys hablan del boom de estos años. A lo que yo añado: si eso es un boom, que se levante O’Higgins de la tumba y lo vea, porque ni para mí ni para nadie con dos dedos de frente, eso es ningún boom serio. Os recuerdo que Friedman habló de “milagro chileno” en 1982… la caída estrepitosa fue en 1981-1982. Debió haberla mencionado, más aún cuando según la gráfica, llevaba cayendo sostenidamente desde 1977. Y no lo hizo.

Índices de PIB: comparativa entre Chile y la media sudamericana. Años 1971-2007.

Índices de PIB: comparativa entre Chile y la media sudamericana. Años 1971-2007.

Fuente: División de Estadística de las Naciones Unidas.

Los neoliberales aducen que, con toda la “terapia del shock”, se experimentó un crecimiento económico entre 1975-1981 muy considerable, superando incluso la media sudamericana. ¿Qué es lo que pasó? ¿Cómo aumentó ese PIB? Tras la caída inicial de las exportaciones, el abaratamiento de las materias primas por la bajada obligatoria de sueldos de los obreros y la apertura (con aranceles bajos) a los mercados internacionales, hizo que las exportaciones, especialmente la riqueza nacional chilena por antonomasia, el cobre (que contaba por más de la mitad de los ingresos gubernamentales de la época, “eso” también se les olvida mencionar a los neoliberales), volviera a despegar. Pero… en 1981-82, una crisis regional, la crisis de la deuda latinoamericana (“la década perdida”) que devenía de la del Petróleo, causó el desastre. Aunque la crisis provenía de fuera, Chile quedó especialmente desprotegido ante esta crisis internacional por su excesiva dependencia del mercado externo, el excesivo endeudamiento privado (el crédito doméstico subió de 25%, en 1976, al 64% del PIB en 1982) y la fijación del dólar (a un tipo de cambio fijo, sobrevalorándolo artificialmente). Todo ello provocó una de las crisis más profundas que afectaron a la nación en su historia. Ésta provocó una caída del PIB de un 13,6% (¡¡¡la caída más alta registrada por Chile desde la crisis de 1929!!!), un notable incremento del desempleo con tasas en torno al 20% por varios años y la quiebra e intervención de numerosos bancos e instituciones financieras (¡¡¡fue intervenido el 60% del mercado del crédito!!!). La agricultura chilena (salvo algunas frutas y la silvicultura) sufrieron una severísima contracción. En un contexto de falta de libertades civiles y de constantes violaciones de los derechos humanos, la mala situación económica disparó las protestas callejeras de las que ya hemos hablado contra el régimen, que se extendieron con mayor o menor intensidad hasta fines de su mandato. Al contrario que Allende, que había más o menos blindado a Chile contra los vaivenes de las crisis especulativas exteriores, los neoliberales habían dejado a Chile en extremo vulnerable (bajos aranceles, precios baratos en las exportaciones, dependencia del mercado exterior, abandono del interior, reducción del poder adquisitivo interno…). Allende se estaría riendo en su tumba.

No es ningún “milagro”. A ese crecimiento repentino y momentáneo, en Economía, se le llama “efecto rebote”. En el caso de Chile, con respecto a la mala gestión de Allende.

Otra cuestión que quiero señalar… es que ese crecimiento económico está “falseado”. Me explico con un ejemplo: un país como Nigeria ha tenido incrementos en su PIB de en torno al 6,5% desde 2005 a 2014… ¡¡¡Guau!!! ¡¡¡Un milagro económico como el de Chile!!! ¡¡¡Por encima de la media africana!!! ¿Sí? Entonces… ¿cómo es que vemos hambrunas y necesidad en el país africano? ¿No ha aumentado terriblemente su Producto Interior Bruto como hizo Chile? ¿No deberían ser más ricos los nigerianos? La respuesta: cuando se producen incrementos elevados de PIB no tiene que ser necesariamente que vaya bien el conjunto de la economía nacional o que ésta se esté manejando bien… Ese aumento puede ser que se deba a factores como que han aumentado las exportaciones repentinamente de un recurso que ha aparecido (como el petróleo, en Nigeria)… o que ahora logro colocar masivamente tras el abaratamiento de ese producto bajando los aranceles y reduciendo los sueldos, los costes laborales y la inflación a golpe de látigo. En el caso de Chile… el cobre.

Eso es lo que cualquiera llamaría “espejismo económico” en vez de “milagro económico”. Y de los más crueles. Así, también hago yo “milagros”.

Recordad que aumento de crecimiento económico no significa necesariamente distribución y reparto de riqueza (por eso, en Economía, las medimos por separado: índices de PIB e índice GINI, por ejemplo). Un país puede aumentar sus números macroeconómicos y dar la apariencia de que se está volviendo más rica su población cuando en realidad lo que puede significar es que se esté volviendo más rica… una parte de esa población (los dueños de las grandes empresas y consorcios privatizados y los recursos mineros, por ejemplo).

El ministro de Economía y Hacienda, Sergio de Castro, rechazó una devaluación competitiva del Peso incluso en 1982… a pesar de la cada vez mayor tasa de bancarrotas empresariales, afirmando que sólo los más fuertes y mejor adaptados deberían sobrevivir. Pero con una crisis financiera y económica rampante esa posición se volvió cada vez más insostenible, y tuvo que dimitir. Uno por uno, todos los Chicago boys fueron sustituidos. Economistas más pragmáticos tuvieron que socializar (“rescatar”) a los bancos chilenos más grandes en 1982 y a otros siete más en riesgo de quiebra inminente en 1983. El Banco Central de Chile tuvo que socializar gran parte de la deuda externa. El gasto público llegó, con todo ello, a superar el 34%, cifra superior incluso a la que se alcanzó bajo el gobierno de Allende. Los críticos se reían de la situación, refiriéndose a ella como “el camino de Chicago hacia el socialismo“.

Pero que aún falta lo mejor.

¿Cómo sorteó Chile semejante crisis (la de 1982)? Pinochet pegó un puñetazo en la mesa y apartó a los Chicago boys de la dirección directa de la economía durante un par de años… ¡¡¡aplicando medidas keynesianas!!! Lo que estáis leyendo: Pinochet llamó al economista Luis Arturo Escobar Cerda, y éste empleó medidas contrarias y enemigas a las de los monetaristas Chicago boys para salir de la crisis: devaluó la moneda en un 23,6% y decretó un arancel parejo del 35%, aumentó el gasto fiscal, desarrolló planes en el terreno social y en obras públicas, decretó bandas de márgenes de precios para alimentos básicos… y un tipo de cambio flexible. El mismísimo Milton Friedman llegó a reñir a sus antiguos alumnos por haber hecho algo tan evindentemente desastroso como un tipo de cambio fijo con respecto a una moneda mucho más fuerte (el dólar).

Ridículo.

Bochornoso.

Me vais a perdonar el inciso, pero si hay algo que hermana a todos los hispanos (o latinos, como queráis decirlo) del mundo, chilenos y españoles incluidos… es ese hacer esperpéntico, ese ridículo estrepitoso y muchísimas veces cruel al que tantas veces nos vemos abocados uno no sabe ya si pensar que cultural o genéticamente. Fue un absurdo tremendo, rocambolesco: un dictador apartó a unos liberales para aplicar medidas intervencionistas mientras duró la crisis… y, cuando la hubo capeado… ¡¡¡los volvió a instalar!!! ¿Por qué? Porque los Chicago boys obtenían más ganancias para la élite del país… y, vamos a admitirlo, una vez pasado el peligro de la recesión, Pinochet podía manejar a los descontentos, sometiéndolos por la fuerza.

Una vez pasada la parte más cruda de la crisis, se volvió al sistema neoliberal con el nuevo ministro de hacienda, Hernán Büchi en 1985 el cual, con reformas menos ortodoxas (para ser neoliberales) que sus predecesores, lograría revitalizar la economía. A esto se le conoce como el “segundo milagro chileno”. Los neoliberales acabaron reconociendo implícitamente que sus medidas NO funcionaban: se dio paso al “neoliberalismo pragmático”, que duró hasta 1990.

Este periodo sí fue más benevolente y más efectivo que el anterior… aunque tampoco fuera para tirar cohetes celebrándolo. No, al menos, desde el punto de vista del conjunto de la población.

Como podréis haberos dado cuenta… el problema básico de las políticas económicas (de todas ellas) reside en el grado de radicalismo a la hora de aplicarlas. No es que el intervencionismo estatal o la libertad de mercado sean malas per se ni mucho menos. Es que hay que saber combinarlas y huir de los extremos. Si podemos aprender una lección de la aplicación neoliberal en Chile es, precisamente, ésa: no hay que ser radical. Término medio o, mejor dicho: a cada problema, su solución particular. Ni asfixiante marxismo intervencionista ni laissez-faire absoluto. ¿Cuántas veces tendremos que repetir eso los economistas moderados? ¿¿¿Cuántas???

Para conseguir la reactivación, Büchi optó por una serie de medidas, como:

1) -Una fuerte reducción del gasto en el sector público, con medidas como rebajar el gasto social y las jubilaciones. Estas medidas continuaron sin tener un efecto positivo: al contrario, la población chilena se siguió viendo afectada gravemente. El mercado interno chileno continuaba sin tener un buen poder adquisitivo… que seguía pobre, vamos.

2) -Aquí, muy astutamente, todo hay que decirlo, llevó a cabo una política de devaluación del peso en función del dólar muy fuerte, tal que sobrepasase la inflación. De esta manera, con el dólar alto, se favorecían las exportaciones y se restringían las importaciones.

3) –Continuó con las privatizaciones de las empresas que seguían siendo estatales: empresas del acero (CAP), eléctricas (Enersis, Endesa), comunicaciones (Entel, CTC), azúcar (IANSA), las líneas aéreas, Laboratorios Chile, y muchas otras. Ni que decir tiene que muchas de estas empresas se pusieron a precio de risa y fueron adquiridas por amigos y dirigentes del gobierno. Dichas privatizaciones, sin embargo, se realizaron fuera de toda fiscalización, sin bases de licitación y bajo una completa falta de transparencia, lo cual provocó un gran perjuicio económico a los intereses del país, en lo que la investigadora María Olivia Monckeberg denominó “El saqueo de los grupos económicos al Estado chileno”. Se estima que en dichas operaciones el Estado chileno perdió el equivalente a 222 millones de dólares, de hecho según la Contaduría General de la República sólo la privatización de CAP significó pérdidas para el Estado de 706 millones de dólares, y la de ENDESA 811,5 millones. Entre los principales beneficiarios de estas operaciones se encuentran el entonces yerno de Pinochet Julio Ponce Lerou, Roberto De Andraca, José Yuraszeck, los grupos de Hurtado Vicuña, Fernández León y el grupo Penta de Carlos Alberto Délano.

Una cuestión que quiero señalar con sorna y con ironía… es que los neoliberales serían muy partidarios de privatizar. Pero no pudieron con Pinochet a la hora de intentar privatizar el cobre. Porque suponía la mayor parte de ingresos gubernamentales (las exportaciones mineras de Chile aun hoy en día constituyen buena parte de los ingresos estatales).

4) -Büchi también inició la privatización de los bancos intervenidos por el gobierno durante la crisis: una vez más, una medida bastante hipócrita… el neoliberalismo dicta que se dejen caer en la quiebra los bancos fallidos: lo que se hizo fue rescatarlos con fondos públicos y, una vez saneados, ponerlos a la venta (algo parecido a lo que ha sucedido con algunos bancos y cajas de ahorro en España).

5) -Otra medida, mucho, mucho más eficaz fue decretar el control de las tasas de interés por el Banco Central y ya no por el mercado. Esta “táctica”, aplaudida por los monetaristas y reconocida como eficaz (aunque lógica y que se debería haber llevado a cabo antes) por keynesianos e intervencionistas fue, sin embargo, muy criticada por los austríacos… porque la veían como una “claudicación” o reconocimiento oficial por parte de sus hermanos liberales de que el Estado debía controlar los tipos de interés de la moneda en vez de dejar que compitiera libremente (con las crisis e inflación que eso conllevaba).

6) –Descenso controlado de los aranceles. Büchi vio (tampoco había que ser muy listo) que la eliminación de los aranceles de manera radical no había sido, ni con mucho, una medida eficaz al contrario de lo que planteaba, románticamente, la teoría económica neoliberal: había que llegar a acuerdos recíprocos con los países de otros mercados y no dejar abiertas la puertas a que entrara de sopetón una oleada especulativa o los efectos de crisis inversionistas exteriores. Una medida eficaz, pero contraria a sus ideales… y que se debió adoptar antes aunque fuera una medida keynesiana. El gobierno chileno, con el apoyo estadounidense, comenzó a abrirse a las organizaciones económicas mundiales (hoy día, por ejemplo, Chile es miembro de la OCDE).

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4.3.1. La herencia recibida.

El resultado de esta gestión fue el retorno al liberalismo económico que implantaron los Chicago Boys, pero de una forma mucho, mucho más controlada sin el dogmatismo que le imprimieron sus antecesores y un crecimiento económico que llevaría a Chile a duplicar su PIB en el lapso de diez años.

Dicha política económica fue ya seguida durante todo el régimen militar, y, sin ninguna modificación sustantiva, y también por los gobiernos que le han seguido. Es notable que los cuatro gobiernos sucesivos, de la Concertación de Partidos por la Democracia, coalición de centro-izquierda, han proseguido con dicha tendencia, habiendo privatizado la operación de los puertos e introducido concesiones al sector privado en carreteras y aeropuertos. Pero eso ha sucedido también en países como España, donde aun a pesar de haber gobernado partidos supuestamente de izquierdas, como el PSOE, se comenzaron las campañas de privatizaciones de empresas públicas. Los partidarios del punto de vista de Friedman se defienden señalando que sus políticas no habrían sido tan nefastas si cuando llegó la democracia, no revirtieron en gran medida la política económica realizada durante la dictadura. Durante el desarrollo de los años 1980 y 1990 se extendió este sistema (más bien parte de este sistema) por el mundo, primero por gobiernos conservadores como los de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, pero después de la caída del comunismo sería adoptado por una buena cantidad de países, incluidos los antiguos comunistas de Europa del Este, en busca de un mayor crecimiento económico, como el chileno.

Ahora, una nota matemático-económica… que un país suba su PIB no implica que suba… el poder adquisitivo de sus habitantes. Esto es, Chile pudo aumentar su riqueza global (que es lo que mide el PIB) en este segundo periodo del neoliberalismo pinochetista pero si su pueblo, el pueblo llano, el conjunto de la población… ni huele esa riqueza (porque no le llega, se la quedan los ricos, la minoría de la población, los dirigentes y gobernantes) eso es como el que tiene tos y se rasca los huevos: no sirve para nada. O, mejor dicho, no sirve de mucho.

Vuelvo a insistir en que el problema básico del neoliberalismo no es que no conduzca al crecimiento… sino que para el daño que produce (principalmente el empobrecimiento del conjunto de la población), no compensa tan poco crecimiento ni, por supuesto, un crecimiento que conlleva tan poquísimo reparto de la riqueza.

Ésa es la otra gran conclusión del análisis científico económico de este periodo: Chile siempre estuvo por debajo de su potencial de crecimiento económico.

Esto es, de haberse desarrollado completamente su economía en unas condiciones normales, su PIB debería haber sido incluso mayor (y mejor repartido entre el conjunto de la población). Chile creció a pesar del neoliberalismo, no gracias al neoliberalismo. Países tan dispares como Canadá, Taiwán, Corea del Sur, Finlandia o Dinamarca, experimentaron mejores índices de crecimiento, control de inflación y desempleo sin necesidad de implementar ni un neoliberalismo desaforado… ni tan siquiera una dictadura plena. Otra cuestión de la que se olvidan los partidarios del neoliberalismo… es que el crecimiento económico se produce sí o sí cuando un país no es pobre en recursos y la estabilidad está garantizada (sea pacíficamente o a la fuerza). El gobierno de Franco también se preciaba de haber logrado un crecimiento económico… a lo que cualquier economista debería añadir que el crecimiento económico está garantizado si antes de ti no había más que caos y tú impones a la fuerza una estabilidad de larga duración: eso no tiene mucho mérito. Si antes de ti no había apenas actividad económica y te pones a hacer algo, por poco que sea, va a aumentar el crecimiento económico, por cojones. El mérito reside en crecer económicamente cuando el país ya está industrializado, “terminado”, “desarrollado” y “hecho”. Poco se creció en España para la cantidad de años que estuvo Franco en el poder. Lo mismo va para Chile. Es el mismo argumento que utiliza Bill Gates cuando dice que le renta más invertir en caridades en Perú o en Malí que en Argentina o Bulgaria: porque con mil dólares de caridad o beneficencia hace mucho más bien (más medicinas, más creación de trabajos, más comida) en los primeros países que en los segundos… no es ningún “milagro”.

Así pues y resumiendo: las políticas económicas desarrolladas por los Chicago boys e implementadas por la junta militar causaron al principio una caída de varios indicadores económicos, especial y principalmente para las clases más bajas. Entre 1970 y 1989, hubo gigantescos recortes en los ingresos y en los servicios sociales. Los sueldos descendieron en torno a un 8%. Las rentas familiares en 1989 quedaron a un 28% de lo que habían sido en 1970 y los presupuestos para educación, salud y vivienda cayeron un 20% de media. Como ejemplo ilustrativo: en 1990 se inició el desmantelamiento de la educación pública: actualmente la cobertura educativa pública en Chile es de en torno a un 30%… Corea del Sur, un país netamente desarrollado, tiene un 98%; un 70% de los estudiantes universitarios se ven obligados a emplear la educación privada. A todo ello hay que añadir un incremento masivo del presupuesto y gastos de Defensa (un 120% entre 1974-1979)… Como consecuencia de todo ello, el desempleo aumentó terriblemente, llegando como ya dijimos a un 26% de media durante la crisis de 1982-1985, y alcanzando incluso un 30%, especialmente en el sector público (nótense las similitudes con las cifras de paro actuales en España: en torno al 27%: hay un cierto debate académico en torno al “paro máximo porcentual” durante una crisis).

Comparativa de la tasa de pobreza en Chile (1969-1987).

Comparativa de la tasa de pobreza en Chile (1969-1987).

Los mayores beneficiarios de aquella situación económica fue la llamada “oligarquía”, que recuperó la inmensa mayor parte de sus propiedades agrícolas e industriales expropiadas por Allende… o, cuando no pudieron o quisieron revertirlas fueron revendidas por los integrantes de la junta militar a nuevos dueños privados. Muchas multinacionales y corporaciones extranjeras, como ITT, Dow Chemical y Firestone, que fueron expropiadas por Allende, volvieron a Chile. Los conglomerados financieros fueron los mayores beneficiarios de aquella economía tan liberalizada, que recurrió frecuentemente a préstamos en bancos extranjeros para financiarse ahora que sí se atrevían a prestar, tras el gobierno de Allende. Aconsejado por los Chicago boys, Pinochet hizo del pago de la deuda una de sus prioridades, lo cual le ganó el aplauso y la aprobación del Banco mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco de Desarrollo Interamericano… los cuales, a su vez, prestaron alegremente nuevas y grandes cantidades de dinero.

El porcentaje de la población chilena que vivía en pobreza se dobló entre 1973 y 1990. El innecesario radicalismo de la “terapia de choque” de finales de los años setenta causó un desempleo masivo, desigualdades extremas en la distribución de ingresos y un daño socio-económico más que severo.

En 1990, cuando terminó el gobierno militar, las nuevas autoridades democráticas calcularon unos cinco millones de pobres y constataron la desigual distribución del ingreso que obligaba, en palabras del entonces presidente Patricio Aylwin, a impulsar una política de “crecimiento con equidad”, como contrapartida al modelo económico neoliberal impuesto por los militares.

La frase “El mercado es cruel”, del presidente Aylwin al inicio de su mandato fue un resumen “icónico” del periodo. El crecimiento con equidad ha sido, también, un objetivo y una deuda para las administraciones siguientes: Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.

Los diferentes gobiernos democráticos de la llamada “era de la Concertación”, han logrado bajar la tasa de pobreza de un 45,1% en 1987 a un 20,6% en el año 2000. Todos esos gobiernos evitaron un cambio radical económico en favor de un “cambio en continuidad”. Se aumentó el gasto público de índole social, se modificaron los ingresos fiscales con una reforma de los impuestos más equitativa y en 1990 se modificaron las leyes laborales que permitieron el regreso de los sindicatos, con los que se pactó un aumento progresivo de los sueldos del 28% hasta 1993. También se endurecieron las condiciones para solicitar préstamos al extranjero, incluso cargando con impuestos los préstamos en moneda extranjera, todo ello con el fin de volver a establecer controles sobre transacciones del capital y evitar los efectos de burbujas especulativas (y fugas).

Gran parte de la “buena fama” del neoliberalismo en Chile se debe a la paciente gestión de los gobiernos de la nueva democracia, que debieron luchar contra las desigualdades sin mermar el crecimiento económico mientras aún continuaba una desconfiada tutela militar. El principal problema del Chile de hoy, sin embargo, continúa siendo una herencia pinochetista: la desigualdad económica. La inmensa mayoría de los medios de  producción y la riqueza de Chile están en manos de muy pocas familias; la fuente de riqueza de muchas de ellas residió en sus lazos con la dictadura de la junta militar.

Comparativa de principales indicadores económicos por presidencias chilenas (1959-1999).

Comparativa de principales indicadores económicos por presidencias chilenas (1959-1999).

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Fuente.

A ver… esto que voy a decir a continuación puede sonar un poco a justificante del neoliberalismo. Nada más lejos de mi intención. La inmensa mayor parte de las personas se empeña en pensar en términos de “blanco o negro”, “amigo o enemigo”… a la hora de definir su postura hacia algo. En este caso, el análisis del neoliberalismo. Muchas personas quieren ver en este modelo económico o la perfección encarnada o, más frecuentemente aún, al Demonio con tridente y cuernos. Lamento decir esto pero… en la vida, y menos aún, en algo como lo es el estudio del comportamiento humano, tan volátil, lo que incluye la Economía (y otras ciencias sociales), no suele haber “blancos o negros” sino una escala de grises. Es cierto que la aplicación del neoliberalismo en países como Chile tuvo algunas repercusiones beneficiosas, especialmente a niveles macro y más especialmente aún cuando dejó de ser tan radical: aumento del PIB, apertura al mercado y las organizaciones económicas exteriores (OPEC, OCDE), modernización financiera, etc.

No podemos negar la evidencia científica del estudio económico. Los datos están ahí.

Lo que os pido (especialmente a sus partidarios) es que veáis el conjunto, que también se estudia desde el punto de vista científico… y que revela a las claras que el neoliberalismo no es, ni en su caso chileno, ni en su caso británico, ni en su caso argentino, ni en su caso estadounidense… la mejor de las opciones disponibles. Y eso es lo mínimo que podemos decir.

Es más, es una de las peores disponibles para escoger dentro del sistema estructural capitalista. Peor cuanto más radical. Más les valdría a los chilenos, a los españoles y muchos otros pueblos haber adoptado modelos mucho más amables y beneficiosos como la socialdemocracia nórdica o incluso el modelo oriental de los tigres asiáticos (este último si nos ponemos poco escrupulosos). Y no por decir eso que los números “cantan” tenemos que ser unos comunistas ni unos fascistas ni unos keynesianos ni unos anarquistas. Es lo que hay. Punto. No necesitamos de políticas fundamentalistas de libre mercado ni para crecer económicamente, ni para regular la inflación ni para manejar la fluctuación de las divisas.

El caso chileno se utilizó falsa y descaradamente como propaganda, publicitando un éxito que o no existió… o no fue para tanto. Margaret Thatcher y Ronald Reagan, entre otros, se desgañitaron durante años alabando el caso chileno y utilizándolo como coartada para aplicarlo en sus países y para combatir el comunismo, aduciendo que si habían tenido éxito en los países del Tercer Mundo (para mí Chile nunca estuvo en el Tercer Mundo sino en el de los países en vías de desarrollo), en el Primer Mundo iba a ser la repera. El neoliberalismo es un caso típico de marketing en el que el producto vale más por la publicidad que por el producto en sí.

Y ya sabemos hoy los beneficios que trajo en el Primer Mundo (aumento de la desigualdad, precariedad laboral, disminución de ingresos, desmantelamiento y privatización del Estado del Bienestar, etc.). Para los beneficios que supuestamente nos proporcionó el neoliberalismo, produjo muchos más perjuicios y a más largo plazo como contrapartida. El fin no justifica los medios y menos, cuando los medios… no fueron tan buenos.

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5. Una crítica y análisis general del neoliberalismo.

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Bueno, ya hemos visto el recorrido del término “neoliberalismo” y tenemos suficientes datos como para hacernos una visión de conjunto y poder así romper algunos mitos:

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“El neoliberalismo no existe / es un invento de los antisistema y antiglobalización / no hay ningún economista que se llame o haya llamado a sí mismo neoliberal”.

Mentira frontal y directa.

Ha habido docenas de autores que se han llamado a sí mismos “neoliberales” en un momento u otro desde los años treinta del siglo XX. Y, como hemos podido ver, el neoliberalismo ha existido, existe (con diferencias de significado, eso sí), ha tenido su uso, ha habido economistas y autores que se han calificado a sí mismos de “neoliberales” y la terminología, si bien ha tenido su evolución en cuanto a significado, presenta eso mismo: una evolución “rastreable” tanto dentro como fuera del mundo académico, especialmente el mundo académico economicista.

Volvemos a decir lo ya expuesto: el neoliberalismo no es un término tan fantasmagórico como a muchos de los defensores de las políticas liberalizadoras les gustaría… e incluso van predicando por ahí. Esto que viene a continuación, por ejemplo, es una auténtica vergüenza de análisis realizado por parte de un autor liberal.

Vamos a admitirlo también, el recorrido histórico del término “neoliberalismo” está interconectado con la evolución de una serie de políticas que han tenido relación entre sí: las políticas privatizadoras de Margaret Thatcher han estado ahí, las influencias de Hayek y Friedman que las alentaron y justificaron están ahí, de la misma forma que las políticas de los Chicago boys chilenos, las privatizaciones en América Latina, las doctrinas y líneas de recomendación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, etc. De alguna forma hay que denominar a una serie de cuestiones como ésas, que han estado física e ineludiblemente ahí… y que tienen características, orígenes y evolución más o menos comunes tanto dentro como fuera del mundo académico. Las políticas thatcherianas no fueron llamadas “neoliberales” en su tiempo por parte de los que las aplicaron… pero es que del mundo académico y la nomenclatura consuetudinaria, que no son ajenas a la presencia de estos temas, ha surgido la iniciativa de nombrarlas en general, con uno de los términos que de verdad se usó en su momento para ubicarlas como se podría haber usado (y se sigue usando, también), expresiones mucho más acertadas y más definitorias como “políticas contemporáneas fundamentalistas de libre mercado”.

Incluso existen hoy día economistas que se llaman a sí mismos “neoliberales” (ganándose el odio de muchos de sus contemporáneos), como el conocido gurú inversor en España… Simón Pérez Golarons:

Soy neoliberal capitalista no tengo ideología, me vendo al mejor postor (…). Mi ideología es el dinero, punto. Soy el máximo exponente de esta sociedad en el siglo XXI, broker (…). No soy demócrata. No creo en la democracia. No creo que el poder tenga que residir en la mayoría. No voto (…). Ni soy españolista ni soy de derechas por ser neoliberal. Creo en la libertad de mercado y de los agentes económicos. Creo que el Estado tendría que ser un mero árbitro que ponga normas y que no intervenga

“Pero es que los neoliberales no quieren que se les llame así.”

Que se jodan.

  • Han perdido el derecho a que NO se les llame de esta manera cuando la masa crítica inmensamente mayoritaria de opinión e incluso el mundo académico ha pasado a denominarles así. Es una cuestión de mayoritarismo autoritario y evolución consuetudinaria, cierto, pero es lo que hay: si a partir de mañana todos decidimos llamar a los bolígrafos “chulupencos”, “chulupencos” que se llamarán. La sociedad se va a imponer, se pongan estos señores como se pongan, especialmente en el ámbito cultural. Es así como evolucionan los significados en los diccionarios, por ejemplo.
  • No es un caso único ni extraño en el mundo académico. Ha sucedido muchas veces. Algo parecido a lo que ocurrió con los llamados “naturalistas franceses”, unos economistas clásicos anteriores a Adam Smith que se llamaban a sí mismos “economistas”, simplemente. Pero, posteriormente, dado que el mundo académico empezó a denominar como “economistas” a todos los estudiosos de la Economía, se precisó de otro término para poder diferenciarlos. Se acabó imponiendo ése (sin su consentimiento), como se podía haber impuesto cualquier otro. Y no se ha muerto nadie por ello.
  • El término “neoliberal”… no es gratuito ni se les aplica gratuitamente. No ha aparecido de la nada por arte de birlibirloque. Ese término ha tenido su evolución y ha acabado aplicándose a personas que, como mínimo, tienen relación con él, ya sea de evolución cultural histórica, aproximación de ideales, similitud de características, etc.
  • ¿Pueden existir términos más específicos? Ciertamente, pero son más largos. Por ejemplo: ya vimos que algunos Chicago boys emplearon expresiones como “autores liberales contemporáneos” para referirse a “neoliberales”. Dado que de alguna forma hay que calificar a los neoliberales (porque comparten un conjunto de características comunes), se tiende inevitablemente a adoptar el término más corto por economía de lenguaje. La diferencia de precisión, aparte de despreciable en términos cualitativos… sinceramente, no compensa.
  • Obviamente, si los llamados “neoliberales” no quieren que se les llame así, no es tanto por razones de precisión semántica o académica, como porque odian las connotaciones negativas que el término ha adquirido primero entre los movimientos alternativos y antiglobalización y la población general, después. Nótese que el término “neoliberalismo” no tiene necesariamente esas connotaciones tan negativas en el campo del estudio económico, donde es un término empleado de una manera más neutra y descriptiva (por ejemplo, en el mundo académico en lengua alemana).

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“El neoliberalismo es una corriente de pensamiento económico concreta y específica”.

Falso también.

Lo fue en su día (años treinta, durante el ordoliberalismo alemán, etc.), pero ya no.

No existe una corriente de pensamiento más o menos unificada, ni dirigida, ni con economistas o autores más o menos líderes. Lo que existe es una calificación externa de “neoliberales” hacia determinados grupos (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, algunos partidos políticos, autores, miembros de la sociedad Mont Pelerin, etc.) que intentan llevar a cabo políticas liberalizadoras de la economía de una forma más o menos radical y extremista, pero sin la aprobación ni consentimiento de estos mismos grupos. Es decir, los antiglobalización y antisistema llaman, por ejemplo, “neoliberal” al FMI por sus políticas más o menos extremas de liberalización de la economía de muchos países y el FMI lo niega y se enfada. Pero ni aun con ésas, se libra el FMI de que se le califique mayoritariamente en casi todos los ámbitos relevantes e incluso populares… de ser “neoliberal”. Y, hablando en plata… no es un término tan descabellado e inapropiado para referirse a estos grupos, autores e incluso instituciones como quieren dan a entender los “afectados”.

Que sea un término algo vago o que no sea preciso no significa que no sea adecuado o correcto en líneas generales.

Así pues, la opinión de los “afectados” no importa mucho (ni nos tiene que importar: poco castigo es para todo lo que esos “afectados” han hecho). Es cierto que el término se emplea demasiado “facilonamente”, especialmente a nivel popular. Pero eso no se puede evitar (ni compensa demasiado el esfuerzo de corregirlo). Y recordemos que el conjunto de características asociadas al neoliberalismo sí existen y sin temor a dudas: una serie de intereses comunes entre determinados grupos (defensa de los más ricos, interés por privatizar y liberalizar la economía…) y que son percibidos por otros grupos como “neoliberalismo”, con mayor o menor razón. De alguna forma hay que llamar y resumir a esa serie de características. Neoliberalismo es un nombre tan bueno como cualquier otro… e incluso más que adecuado como hemos visto en su evolución histórica, académica y de estudio científico social.

Los términos “neoliberalismo” y “neoliberal” sí están bien definidos y restringidos en el ámbito de estudio científico social de la Economía.

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“¿Cuál ha sido, pues, la evolución del término “neoliberalismo” que tanto ha llamado a confusión? ¿De dónde le viene su mal nombre?”

El neoliberalismo nació como una corriente de pensamiento renovadora en el ámbito de la Economía (y la Filosofía, la Política, etc.) en los años treinta. Su intención era la de actualizar y corregir los defectos del llamado “liberalismo clásico” del siglo XIX y principios del XX. Con el paso del tiempo, y a través de la evolución histórica y su aplicación en determinados países (Chile, Alemania, EEUU, Gran Bretaña…), de la actuación de las escuelas económicas de Chicago y la austríaca modificaron su significado hasta convertirlo (al menos a ojos del público) en algo parecido a “políticas económicas fundamentalistas –contemporáneas- de libre mercado”.

La aplicación de estas políticas económicas radicales tuvieron, en general, un efecto perjudicial sobre la mayor parte de la población de estos países, lo que motivó que el término “neoliberalismo” fuera adquiriendo rápidamente a partir de los años ochenta, un tono cada vez más malsonante, insultante y peyorativo, hasta el punto en que muy pocos de los partidarios actuales de esas políticas quieren que se les asocie pero que ni remotamente con la palabra.

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“¿Es neoliberalismo igual a capitalismo?”

No.

No al menos en sentido estricto y académico.

Muchos sectores alternativos y antiglobalización identifican esos términos, pero lo cierto es que eso es una percepción limitada y no está tan extendida esa completa asociación en el mundo científico social.

No son sinónimos.

Capitalismo es el esquema estructural o sistema económico bajo el cual se engloba el neoliberalismo. Pero dentro de ese sistema, se encuentran muchos otros modelos económicos que es lo que es el neoliberalismo: por ejemplo, el modelo nórdico, el modelo japonés, la economía social de mercado, modelo singapurense, y decenas de otros más.

Siguiendo una fórmula de asociación matemática lógica, si capitalismo fuera igual a neoliberalismo, entonces neoliberalismo sería igual a modelo nórdico… y los modelos nórdico y neoliberal se diferencian bastante por no decir que son prácticamente opuestos. El modelo nórdico, por ejemplo, concede mucha más importancia a la asistencia social de los desfavorecidos y también le concede una importancia considerable a la educación pública y al papel regulador del Estado, al contrario que el neoliberalismo.

Esa asociación de igualdad entre neoliberalismo y capitalismo viene de que el neoliberalismo es una versión de aplicación de políticas fundamentalistas de libre mercado y que muchos de los llamados “autores neoliberales” han sido grandes propagandistas y enaltecedores de las bondades del sistema capitalista. Por decirlo de alguna forma, “neoliberal” y “ultracapitalista” sí serían más sinónimos. Pero recordemos que tanto un singapurense del siglo XXI (cuyo gobierno no es tradicionalmente neoliberal) como un británico de la era Thatcher viven o han vivido bajo el marco estructural económico capitalista aunque en ambos países se empleen modelos muy diferentes de llevar a cabo el capitalismo.

El neoliberalismo es una de entre muchas formas de manejar el capitalismo. Una de las peores, ciertamente, pero no la única.

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“¿No ha habido ejemplos de una buena aplicación del neoliberalismo? ¿Oriente? ¿Australia?”

No.

Lo que ha habido es una aplicación positiva de algunas medidas neoliberales concretas, pero no de una aplicación general “buena” del neoliberalismo.

Ejemplos integrales de una aplicación beneficiosa en conjunto (o mayoritaria) sobre un país no ha habido ninguno.

En algunos lugares habréis leído que cuando le preguntaron a Milton Friedman por un lugar donde se estuvieran aplicando correctamente sus enseñanzas económicas, señaló el caso de Hong Kong como lo más parecido a un experimento de capitalismo laissez-faire. “Lo más parecido” porque ni Hong Kong ni ningún lugar de Extremo Oriente se pueden considerar “neoliberales” en el sentido en que Friedman o Hayek, los dos autores por antonomasia del neoliberalismo se referían. Los países orientales han aplicado algunas políticas que pueden tildarse de “neoliberales”, pero no han aplicado el conjunto de características asociadas al neoliberalismo, dadas sus diferencias culturales.

El neoliberalismo académico predica la liberalización prácticamente total de toda actividad económica y dejar al Estado como un elemento residual que vigile cuestiones muy básicas, como la defensa del derecho a la propiedad privada. Ningún estado oriental es tan liberal… ni quiere serlo. Ni tan siquiera Hong Kong. En Oriente, los Estados son tradicionalmente muy fuertes y dirigen con mucho más detenimiento que Occidente parcelas económicas e incluso del área privada personal de una manera no muy alejada del autoritarismo. Los estados orientales, por ejemplo, controlan muy férreamente sus divisas, sus políticas económicas, su educación básica, sus gigantescas obras públicas, sus aranceles de importación, etc. Singapur, por ejemplo, es un caso muy curioso de país que, si bien combina elementos ultracapitalistas (libertad de creación de empresas, sobre todo: está considerado un paraíso fiscal), controla al milímetro cuestiones como el sistema de infraestructuras y la educación. De hecho, Singapur es uno de los países del mundo donde el sector estatal es uno de los mayores de su economía: el 22% del PIB. El gobierno de Hong Kong ha adoptado prácticas tan intervencionistas como sueldos mínimos y convenios sectoriales, préstamos gubernamentales y subsidios, pensiones obligatorias, presentación de avalistas sólidos y garantías para concesión de préstamos, especialmente los de origen externo, alejándose cada vez más y más de la desregulación económica.

Fuente.

Una cuestión muy relacionada con todo esto y que opone a los países orientales contra la filosofía neoliberal… es que en Oriente el individualismo tan querido por los neoliberales está muy mal visto tanto culturalmente como desde el Estado, aunque esa percepción se ha ido reduciendo en los últimos treinta años, con el crecimiento económico.

Aparte, está el hecho de que las políticas económicas supuestamente liberalizadoras de los países de Extremo Oriente, más concretamente, los llamados “tigres asiáticos” (Singapur, Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur y Japón)… no han tenido su origen en el mundo académico occidental. Los gobiernos japonés, taiwanés, etc., no “han bebido de” o no se han visto influenciados en demasía (por no decir prácticamente nada) por las ideas monetaristas ni austríacas, dadas las diferencias culturales y el desconocimiento lingüístico mutuo. Son “movimientos y modelos económicos autóctonos”, que han nacido allí con sus características particulares.

El caso australiano es diferente. En algunos espacios de discusión en idioma inglés quizás hayáis oído que a veces (muy pocas) se pone el caso australiano como otro ejemplo neoliberal aunque bastante descafeinado. No fue un ejemplo de aplicación neoliberal general ni mucho menos radical, sino de cómo algunas medidas neoliberales concretas aunque vistas como “golpe de timón brusco”, bien llevadas, pueden llegar al éxito sin necesidad de recurrir a la aplicación de un ideario neoliberal extremista en conjunto a la economía de un país. El gobierno (1983-1996) de Bob Hawke y su tesorero, Paul Keating, del partido laborista (progresista) desafiaron muchas de las concepciones tradicionales laboristas (en Australia mucha gente les llama “traidores al Laborismo”, los sindicatos odian especialmente su recuerdo), sobre todo en materia económica: privatizaron varias empresas estatales, eliminaron aranceles proteccionistas hacia la industria y los puestos de trabajo nacionales, desregularon parte del sistema financiero australiano, incentivaron la creación de empresas y su mayor éxito: una libre flotación del dólar australiano, que es la medida por la que más se les recuerda en positivo porque convirtió a la nación-continente en una referencia mundial de solidez bancaria. Como medidas que los diferencian de otros aplicadores de medidas neoliberales: reforzaron tremendamente el sistema de Sanidad (sistema Medicare), el de Educación (hoy día uno de los mejores del mundo), ayudas para la compra de viviendas públicas y de asistencia a personas mayores, junto con la mejora de las pensiones. Tanto gastaron socialmente que incluso superaron a varios gobiernos laboristas anteriores en iniciativas sociales. Nótese la comparativa con el PSOE español: un partido que, como el laborista australiano, empezó como el partido de los trabajadores, con políticas sólidas keynesianas y acabó aplicando políticas neoliberales. ¿La diferencia? El Partido laborista australiano continuó, en gran medida, defendiendo al ciudadano australiano en materia de protección social (e incluso aumentándola). Como se puede ver… no fue para nada un gobierno típicamente neoliberal. De hecho, más de un español mataría por tener un gobierno tan bondadoso y eficaz como ése.

Lamentablemente para Hawke y Keating, las medidas provocaron que el desempleo aumentara una soberana barbaridad (alcanzando un 11,4%, el más alto en Australia desde la Gran Depresión), conjuntamente con el déficit fiscal y la deuda externa. Los australianos los echaron del poder aupando a John Howard (liberal nacionalista) en 1993.

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“¿Cuáles son las principales críticas al neoliberalismo”?

Existen dos grandes grupos de críticas hacia el neoliberalismo: la económica-científica y la social-ideológica.

I. Dentro de la crítica económico-científica, el aspecto menos controvertido del neoliberalismo es que falla. Más concretamente, que falla en términos generales, siendo perjudicial para la gran mayoría de la población la aplicación de políticas económicas extremistas de libre mercado.

Vamos a repetir esto porque, seguramente, sea una sorpresa para muchos de los lectores, que vienen con la idea preconcebida, fruto de la propaganda de los sectores más partidarios de estas políticas, de que el neoliberalismo funciona “de base”… o es eficaz objetivamente hablando.

Que las políticas extremistas de libre mercado son perjudiciales para la mayor parte de la población (especialmente las clases más bajas y pobres) no se discute: no hay debate (serio) al respecto. Las mediciones econométricas son incontestables.

Lo que se discute en el seno de la comunidad científica económica es si las políticas moderadas de libre mercado o algunas medidas concretas de aspectos muy, muy específicos de esa liberalización son efectivas o no, especialmente en lo referente a su comparativa con políticas intervencionistas. Ahí sí que continúa el debate. Porque los datos econométricos no son concluyentes. Es decir, que las políticas extremistas de libre mercado fueron perjudiciales para, por ejemplo, la gran mayoría de la población chilena durante la dictadura pinochetista, no se discute… se discute si las políticas de privatización de los ferrocarriles en Gran Bretaña fueron efectivas o no.

Y ahí es donde los partidarios más acérrimos del libre mercado, especialmente de sectores ultras como la escuela austríaca sacan a relucir el carácter pseudocientífico o, mejor dicho, anticientífico del (neo)liberalismo: el hecho de que, para ellos, la Economía no debe ser ciencia o comportarse como tal en cuanto a su carácter de estudio ni dedicarse a estudiar la mejor forma de gestionar unos recursos susceptibles de ser escasos para el conjunto de la sociedad… o, si aceptan que tiene carácter científico (monetaristas), éste no es superior a o no debería cuestionar, independientemente de los resultados, la eficiencia concreta para los grupos específicos que defienden (ni el individualismo que pregonan). Es decir, para los autores más ultras del libre mercado, la función de la Economía no es, como decía Keynes, “la eliminación de la pobreza”. La economía, para los neoliberales, es el estudio de la mejor forma de lograr los objetivos e intereses de unos sectores poblacionales concretos que no son precisamente la mayoría: entrepreneurs, gente con iniciativa empresarial, dueños de medios de producción, grandes propietarios, dueños del capital financiero, etc. Por ejemplo, para los monetaristas, que aumente el desempleo o la tasa de pobreza en una economía en concreto, como la chilena, no es tan grave o no debe importar tanto a la hora de evaluar si las políticas de libre mercado son eficaces como el freno de la inflación o el crecimiento económico de las clases altas y dueños de los medios de producción.

El neoliberalismo no oculta que es una ideología egoísta. Es más, muchos autores, como Mises y Hayek, ensalzan eso como virtud. En líneas más generales y hablando claro aunque no se afirme tan descaradamente por parte de los neoliberales es que la Economía como área de estudio y gestión de recursos tiene que mirar por los intereses individuales del rico y al pobre, pues… no importa lo que le pase.

¿Y eso se añade al carácter pseudocientífico del (neo)liberalismo?

Sí, porque primero, la Economía como área de estudio en sus múltiples definiciones, recoge que es un área de estudio para el conjunto de la población, de la sociedad e incluso para el ser humano como especie, no de individuos o sectores muy concretos: ahí, los neoliberales y muchísimos liberales mienten descaradamente afirmando que la Economía es como a ellos les gustaría que fuera.

Es cierto que existen áreas específicas de la Economía que estudian grupos, sectores o temas concretos y específicos (Economía de la Salud, economía laboral, marketing, etc.), pero la Economía, en general, no es o no debe ser el sacerdocio justificador del rico. La Economía, por definición, es un área de estudio científico social, del conjunto de la sociedad… le pese a quien le pese.

Segundo, porque muchas de las hipótesis establecidas por los autores neoliberales (la mayoría de las más emblemáticas) no se ven refrendadas por el análisis científico y su experimentación… y aún así las siguen predicando como “ciertas” o “demostradas”. Por ejemplo, ya vimos que está rotundamente demostrada como falsa la “economía de goteo” y que “la curva de Laffer” sirva para demostrar que acortando impuestos a los ricos se genere más recaudación e incluso más generación de actividad empresarial.

A este respecto, los autores críticos desde el punto científico y econométrico con el neoliberalismo, como Joseph Stiglitz y Paul Krugman se desgañitan señalando que los fallos del libre mercado justifican sus posturas en contra del neoliberalismo. Aducen que todos los mercados son imperfectos en un mayor o menor grado (independientemente de lo que mientan los más radicales del neoliberalismo, como los austríacos) y que no funcionan como los neoliberales predicen…

Por ejemplo, los neoliberales afirman (los austríacos más que los monetaristas) que la mejor forma de organizar una sociedad es a través del libre mercado, porque es la forma más perfecta de transmitir la información, a través de cuestiones como el sistema de precios.

A lo que cualquier economista no politizado ni predispuesto ideológicamente debe responder que “y una mierda, eso es una mentira como Júpiter de grande”. No existen mercados perfectos, ni sistemas de transmisión de información perfecta ni aun en los entornos supuestamente más libres (una cosa es ser “libre” y otra, ser “desinteresado, imparcial y perfecto”: en un sistema absolutamente libre todavía existirán mentirosos, corruptos o, simplemente, interesados en defender sus intereses particulares, todos los cuales harán con el “sistema de información”, precios incluidos, encaje de bolillos si les dejan). Máxime cuando los neoliberales reconocen que el Estado debe existir aunque sea mínimamente para proteger cuestiones como la propiedad privada (la suya). Ahí reside gran parte de la incoherencia “filosófica” del neoliberalismo: quieren al Estado para lo que les interesa, pero luego se quejan de que no debería inmiscuirse. Tan sólo por el mero hecho de pedir que exista el Estado para salvaguardar la propiedad privada de los miembros de esa sociedad, ya están pidiendo la intervención de una institución superior… que tiene que inmiscuirse por narices.

Cuestiones como la libertad total de empresa y de movimientos de capitales no producen siempre e invariablemente, ni mucho menos en estado natural, un estado perfecto e incorrupto de economía libre, información perfecta, igualdad de oportunidades y de distribución igualitaria de riqueza. Al contrario, prácticamente siempre terminan en alguna forma de lo que se conoce como “capitalismo clientelista”, término que describe una economía supuestamente capitalista en que el éxito en los negocios depende de una estrecha relación entre los empresarios o los más ricos y los funcionarios gubernamentales o detentadores del poder político (la España de la época de la burbuja inmobiliaria es un gran ejemplo). Entre sus expresiones, se puede mencionar favoritismo en la distribución de permisos legales, subvenciones del gobierno e impuestos especiales o reducidos, por ejemplo. La forma más evidente de capitalismo clientelista es la creación de un sistema económico liberal en el que sólo a algunas personas (clientes, “amiguetes”) se les permiten o garantizan derechos sobre la propiedad y ventajas a cambio de apoyo al régimen, mientras que los miembros de la oposición o los que simplemente no pertenezcan a los sectores favorecidos, sufren de los abusos del poder. La forma más pura de este método de control se encuentra en dictaduras de índole capitalista en los que el régimen crea un sistema liberal de mercado y de gobierno social… sin ceder el control de ninguno. Para colmo, esas reformas liberales le sirven a esas dictaduras para añadir un barniz de legitimidad al régimen y les permite abrir el país a la inversión de capital externo. Un ejemplo clarísimo de todo ello, ya lo hemos estudiado ampliamente en el ensayo: el Chile de la junta militar. Pero hay muchos más ejemplos claros en países en los que no hay una dictadura formal, como España o la Rusia post-comunista.

La norma general es que no hay libertad de mercado total y pura tal y como afirman los neoliberales sino un mayor o menor grado de tratamiento preferencial.

Las imperfecciones del neoliberalismo, añaden también estos autores cientificistas contrarios al neoliberalismo, se deben a que existen derechos de propiedad imperfectos (hay ricos y pobres) en información imperfecta (con intereses propios), que se contradicen directamente con la afirmación de Friedrich Hayek de que el liberalismo clásico no podría funcionar sin proteger la esfera privada y sin la prevención del fraude y el engaño. Los neoliberales están pidiendo aun sin reconocerlo… una institución reguladora. Hace falta un Estado que regule la justicia y garantice el juego limpio, más concretamente, castigando al que se lo salte. Una sociedad totalmente libre donde se confíe en que los seres humanos se van a comportar estupendamente y sin fraude de motu proprio… va a funcionar el día que yo te diga. Es con vigilancia y se producen maldades, así que sin vigilancia ni te cuento… El hombre no es bondadoso por naturaleza (Rousseau, cuánto daño hiciste).

No todos los miembros de una sociedad tienen igual acceso a la ley o a la información, incluso cuando uno es teóricamente igual bajo la ley, como en una democracia de tipo liberal. Esto se debe a que el acceso a la justicia y a la información no es tan libre como los liberales como Hayek asumen, sino que tiene costes asociados. Se puede decir, sin temor a equivocarse, que los ricos tienen bastantes más derechos efectivos que los pobres. En toda sociedad.

Otra objeción contra el carácter pseudocientífico del neoliberalismo… Los datos macroeconómicos no le acompañan tanto como presumen sus partidarios para justificar su aplicación. Como ya vimos en el caso chileno (¡uno de los mejores casos, supuestamente!), los datos macroeconómicos generales ni son tan buenos ni mucho menos justifican el perjuicio causado… más aún cuando por proyección econométrica se muestra que esas medidas permitieron el crecimiento económico pero por debajo de su potencial. Potencial al que podría haberse acercado más e incluso podría haber alcanzado con un sistema político-económico alternativo y sin necesidad de tanta tensión social. Por ejemplo, si hubiera adoptado un sistema socialdemócrata de tipo nórdico.

Porque ésa es otra cuestión de la que se “olvidan” los neoliberales: que existen alternativas mucho mejores incluso en comparativa de datos macroeconómicos como, por ejemplo, los modelos orientales y el modelo nórdico.

II. La crítica social-ideológica.

No me voy a prodigar mucho en ésta porque este ensayo se centra más en analizar las cuestiones pragmáticas y en criticar y analizar con elementos y datos objetivos, pero no puedo elaborar una crítica al neoliberalismo sin señalar que existe una gran oposición a todo lo relacionado con el neoliberalismo desde el punto de vista ideológico, social… e incluso moral.

Algunas de las críticas se repiten con respecto a la científica, sólo que abordándola desde una perspectiva más “social”: el neoliberalismo es una corriente de pensamiento económico y político que mira más por los intereses de los que más tienen o más buscan tener. El neoliberalismo como “doctrina” (que ya hemos visto que no es tal) conduce o provoca una tendencia, en palabras de autores de índole ideológica, como el marxista David Harvey, a una mayor “estratificación social” en clases (ricos y pobres) y que la tan cacareada búsqueda de la libertad del individuo de Friedman y Hayek que se puede conseguir a través del libre mercado… no sólo no se produce sino que aumenta las desigualdades (principalmente económicas) e incluso se malignifica. Es decir, los pobres, al ver disminuidos sus ingresos por debajo de los medios necesarios para tener acceso a la justicia, a la salud y a formas de comunicación no sesgadas, entre muchas otras cuestiones, ven eso de la libertad individual algo así como disminuida pero sin el “como”. Estos autores lo ejemplifican acusando al neoliberalismo de no favorecer la libertad individual ya que al conducir a la división o aumento de la división entre ricos y pobres, obliga a algunos individuos a ver vistos mermados sus derechos individuales de manera más que significativa como, por ejemplo, el derecho a un salario digno o a un horario que pueda conciliar trabajo y vida privada (familiar). En un mundo con libertad de empresa total sin pacto jurídico previamente establecido de manera externa por una tercera parte (como, por ejemplo, una justicia estatal), el individuo no es que no tenga poder negociador salarial o de pacto de horario, pero obviamente está en desigualdad con respecto a la parte contratante: si no hay leyes que le obliguen a fijar mínimos, la parte más fuerte (la rica) va a someter a la otra. Todo eso centrándonos en cuestiones de carácter individual… aparte quedan derechos colectivos como la eliminación de salarios mínimos y convenios salariales y el poder negociador colectivo sindical cuya eliminación predican sin descansos los neoliberales.

Es por todo esto que los autores académicos “ideológicos” acusan al neoliberalismo de imponer o aumentar el establecer una clase (ricos o pobres) a los miembros de una sociedad.

Como contracrítica he de añadir que el neoliberalismo no es ni ha sido ni probablemente será la única corriente de pensamiento defensora de los ricos. Es más, ricos y pobres siempre ha habido… lo que sí es cierto de la crítica es que el neoliberalismo es una corriente reaccionaria en tanto en cuanto se ha opuesto (y lo ha conseguido en algunos aspectos) al claro camino que se había ido imponiendo en el devenir histórico de lograr la igualdad efectiva de derechos entre las personas desde la intervención estatal keynesiana que se estaba intentando conseguir principalmente desde la Segunda Guerra Mundial. Un camino conseguido a base de grandes esfuerzos y que las influencias neoliberales han ido deshaciendo desde los años ochenta: incremento de las desigualdades económicas, fin de derechos colectivos, eliminación progresiva del Estado del Bienestar, etc. Y para lo que ha ido deshaciendo… no se ha logrado mucho en positivo a cambio.

David Harvey (1935), catedrático de Antropología de la City University de Nueva York y miembro de la London School of Economics (izquierda) y Joseph Eugene Stiglitz (1943), premio (mal llamado) Nobel de Economía de 2001 (derecha). Dos de los autores de relevancia académica más críticos con el neoliberalismo. Harvey representa una corriente más apasionada y centrada en la crítica social, mientras que Stiglitz es un crítico más centrado en lo económico y en los números.

David Harvey (1935), catedrático de Antropología de la City University de Nueva York y miembro de la London School of Economics (izquierda) y Joseph Eugene Stiglitz (1943), premio (mal llamado) Nobel de Economía de 2001 (derecha). Dos de los autores de relevancia académica más críticos con el neoliberalismo. Harvey representa una corriente más apasionada y centrada en la crítica social, mientras que Stiglitz es un crítico más centrado en lo económico y en los números.

Y, ahora, resumamos un poco las críticas puntuales de estos autores a las medidas neoliberales:

-La globalización y el neoliberalismo pueden (y, de hecho, lo hacen), reducir la capacidad de una nación para la autodeterminación o el ejercicio de su soberanía.

-Eliminación de empresas privadas cuyos beneficios irán a parar a empresas privadas sin aumento importante de ventajas o incluso evidente perjuicio para la población. Puede llegar a reducir la eficiencia desde el punto de vista de una economía de escala.

-Fuga de capitales y evasión de impuestos. Secretismo interno de las acciones contables e inversoras de las empresas (ejemplo: Enron).

-Aumento del poder corporativo empresarial, en directa e hipócrita confrontación con los ideales anti-monopolio del neoliberalismo.

-Aumento de la injusticia social (p.e., con la eliminación de sindicatos).

-Desregulación que produce burbujas especulativas y crisis.

-Desregulación de los mercados laborales que produce explotación, precariedad e inestabilidad.

-Desregulación que produce una falta de control energético, de polución y generación de residuos.

-Aunque se pueda incrementar la productividad, se hace a costa del aumento de una serie de condiciones que, en conjunto, reducen la productividad general (por ejemplo, mayor consumo de recursos, empobrecimiento del mercado interno, etc.).

-La crítica principal y más demostrada: el neoliberalismo produce desigualdades económicas y/o las incrementa notablemente. Produce pobreza en el conjunto de la población desviando riqueza desde los más pobres hacia los más ricos.

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¿“Es neoliberalismo igual a globalización”?

Tampoco.

La globalización es un fenómeno de integración internacional que se produce a través del intercambio social, económico y cultural, mientras que el neoliberalismo es una mal definida ideología, principalmente económica.

Si ambos términos se utilizan conjuntamente es debido a la acción de los grupos antisistema y antiglobalización, que los perciben como indisolublemente unidos. Para la mayoría de estos grupos contestatarios, la globalización está dirigida por las élites mundiales y sirve de vehículo de expansión al neoliberalismo que, supuestamente y según ellos, es la ideología económica que defiende los intereses de estas clases privilegiadas, todo ello con el fin último de controlar (aún más) el mundo.

No me voy a perder en disquisiciones sobre la globalización, ya que no es el tema de este ensayo. Únicamente reseñar que la mayoría de autores críticos con el neoliberalismo asocia ambos términos por cuestiones como éstas:

-La globalización facilita la entrada de ideas neoliberales en las políticas de las naciones, especialmente de aquellas con instituciones más débiles.

-La globalización y el neoliberalismo estarían unidas especialmente en su énfasis en la reducción de barreras al intercambio económico (como los aranceles): eso produciría que las naciones menos industrializadas quedaran a merced de las grandes multinacionales (viéndose inundadas por sus productos) y que los negocios locales no se desarrollaran. ¿Es cierto eso? Depende. Es un debate algo encendido en el seno de la comunidad académica, pero la idea general en Economía es que eso depende precisamente de la fortaleza de la nación que se ha de abrir y que, en líneas generales, el crecimiento económico se ve fomentado ya tan sólo por el mero hecho de que haya intercambio (casos de las aperturas en el siglo XIX de Japón y otras naciones asiáticas). Como crítica a ese hecho, está el que en la actualidad, los flujos de capital son tan rápidos que entran en los booms y desaparecen casi de la noche a la mañana en las crisis, agravándolas si no causándolas (las especulaciones masivas son más posibles y tienen efectos más devastadores).

-La globalización facilita a los neoliberales su tan ansiada libertad en busca de lugares menos restrictivos para invertir, con menos leyes y castigos penales, fuga de capitales, lugares donde evadir impuestos, etc. Lamentablemente esto sí está demostrado como cierto. Es una de las razones por las que los neoliberales (en realidad habría que decir los partidarios del libre mercado) defienden sin empacho alguno la globalización. Hay bastante consenso al respecto. Tanto, que los neoliberales no niegan que se produzca, sino que es “bueno” para fomentar la competitividad entre naciones-mercados. Lo cierto es que este efecto de la globalización no tiene apenas efectos positivos por no decir que no los tiene e incluso favorece el delito y el crimen.

-La globalización se ve alentada, sospechosamente, según estos autores, por instituciones supranacionales como el FMI y el Banco Mundial, las cuales están repletas en su staff de consejeros y técnicos, de partidarios tanto de la globalización como de las políticas de libre mercado. ¿Es cierto eso? En gran parte, por lo menos desde finales de los setenta y hasta principios del siglo XXI. Como economista no estoy muy contento con las acciones durante este periodo de ambas instituciones, cuya trayectoria se percibe claramente durante este periodo como alineadas con políticas aperturistas muy agresivas y bastante contraproducentes algunas de ellas (caso de Indonesia, por citar tan sólo un ejemplo). Ambas instituciones nacieron con fines nobles durante el consenso de Bretton Woods, pero lo cierto es que se fueron volviendo más radicales y asociándose más y más con el liberalismo económico conforme los liberales de todo tipo se fueron insertando en su seno, hasta el punto en que el FMI se constituyó en “un nido de liberales”. En la actualidad, y cada vez más, se está produciendo la solución: una progresiva diversificación de posturas en ambas organizaciones, pero muy lentamente. Directores del FMI como el español Rodrigo Rato, inmerso en multitud de escándalos financieros y con conexiones con diferentes especulaciones inmobilarias y financieras (burbuja inmobiliaria, Bankia) no han ayudado tampoco a mejorar su imagen, precisamente. Las armas empleadas por el FMI y el BM serían, pues, los créditos, el rescate financiero y las concesiones que las naciones pedigüeñas pagarían a cambio.

Al respecto de la globalización existen dos posturas por parte de los autores críticos con el neoliberalismo:

  1. Para los autores más radicales (la mayoría) como David Harvey, se trata de una nueva forma de neocolonialismo, en la que los países más ricos acabarían capturando las economías de los más débiles a través de esta red de concesión de préstamos para crecimiento, fomento de burbujas especulativas, causa de crisis y posterior rescate con duras condiciones de añadido. Harvey añade que, para colmo, muchos gobernantes que primero hacen efectivas las medidas neoliberales, transfiriendo capitales desde las clases pobres a las ricas, causan una crisis y proceden después a culpar a los “imperialistas” de los países desarrollados, citando explícitamente el caso de Argentina.
  2. Una postura más escéptica, como la de autores como Stiglitz y con la que personalmente estoy más de acuerdo, es que no hay necesariamente un complot neocolonial de señores encapuchados que deciden el destino de naciones en un sótano en Bilderberg, sino una secuencia de acciones motivadas por grupos que quieren lo de siempre: pasta. Dinero. A través de la apertura de mercados y la desregulación (forma más fácil de hacer dinero). Son acciones de grupos de presión (grandes capitales, multinacionales, fondos de inversión, gran banca…), pero con fines netamente de ganancia económica. La prueba está en que naciones que no son o no eran inicialmente pobres se han visto muy afectadas por este ciclo de endeudamientos y crisis, hasta el punto en que países como EEUU, supuestos líderes de la conspiración neocolonial, se han visto afectadísimos. Stiglitz añade que esos objetivos económicos están acompañados de intereses ideológicos (neoliberales), pero que estos últimos son secundarios: la ideología jugaría un papel propagandístico o auxiliar al hecho de pretender conseguir más dinero o defender los intereses de los grupos que la adoptan, no sería necesariamente el motor principal. No hay tanto fanático del neoliberalismo o del ultracapitalismo como lo hay del comunismo, por ejemplo.

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“¿Qué aducen los partidarios del neoliberalismo para justificar sus ideas?”

El neoliberalismo (se llame así o no) tiene apoyos, obviamente. Si no, no habría llegado a ninguna parte.

Aparte de las motivaciones de supuesta mejora económica que ya hemos analizado a lo largo del ensayo, la mayoría de autores neoliberales hacen hincapié en una serie de razones de índole teórica. El apoyo teórico, como vimos, viene por parte de las escuelas económicas austríaca y de Chicago, principalmente.

La principal ventaja del neoliberalismo (políticas contemporáneas de libre mercado) estaría, según Friedrich Hayek (líder de la escuela austríaca) y Milton Friedman (líder de la escuela de Chicago) en que la apertura económica que busca, conduciría, inevitablemente, a una mayor libertad política.

Una cuestión muy propia de estas escuelas y de los neoliberales en general, es que consideran que ante todo debe estar el factor económico. Antes incluso que el político.

Hayek llegó a afirmar en su obra Camino de Servidumbre que “el control económico no es meramente el control de un sector de la vida humana que se pueda separar del resto; es el control de los medios para todos nuestros fines”.

Para Friedman, la libertad económica, parte vital de nuestra libertad total, era una condición necesaria para la libertad política. Según él, el carácter voluntario de todas las transacciones en una economía de mercado sin regular con toda su amplia diversidad, eran amenazas fundamentales para los líderes políticos represivos y disminuía enormemente el poder de éstos para coaccionar. A través de la eliminación del control centralizado de las actividades económicas, el poder económico se separaría del político, sirviendo como equilibrio el uno del otro. Friedman insistía en que el capitalismo era especialmente importante para las minorías, ya que las fuerzas impersonales de mercado protegen a la gente de la discriminación en sus actividades económicas por razones al margen de su productividad.

Ese discurso justificativo fundamentado en que la libertad política deviene de la económica tiene muchos seguidores aun hoy en día. Muchos partidarios del libre mercado aducen que en cuanto se produce un crecimiento de la libertad económica, aumentan las expectativas de una libertad política, lo que conllevaría inevitablemente a una llegada de la democracia. Eso, sin embargo, no está demostrado totalmente en la práctica, con la existencia hoy en día de multitud de países cuyos gobiernos han aumentado su libertad económica, pero que no ceden en la política (China es un ejemplo). No es tan inevitable la llegada de la libertad política con la económica.

Friedman (Capitalismo y Libertad, 1962), también decía que el control centralizado de las actividades humanas siempre iba acompañado, ineludiblemente, de la represión política.

Curiosamente no le dijo eso al dictador Augusto Pinochet cuando tuvo ocasión.

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“¿Nos puedes dar un resumen en pocas líneas sobre lo que te parece el neoliberalismo?”

El neoliberalismo o, más exactamente, las políticas radicales y fundamentalistas de libre mercado que llevamos sufriendo desde la década de los setenta, tienen estos puntos básicos como conclusiones:

1) No es eficiente desde el punto de vista económico científico, al contrario de lo que suelen predicar sus defensores.

2) No interesa como modelo económico al conjunto de la población: es un hecho demostrado que produce un gran incremento en la desigualdad económica (y, por ende, de más tipos: jurídica, política, social, etc.).

3) No me gusta hablar de “maldad” o de “bondad”, porque no son términos exactos, pero lo cierto es que es inevitable el mencionar que la aplicación de políticas neoliberales, aparte de ineficientes, suponen una involución con respecto a las mejoras y avances económicos que se experimentaron después de la Segunda Guerra Mundial. Desde un punto de vista econométrico, en vez de políticas fundamentalistas de libre mercado (neoliberales), yo aconsejaría la aplicación de políticas económicas del modelo nórdico (Suecia, Dinamarca, Finlandia, Noruega), herederas directas y mucho más eficientes de aquellos avances.

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Hasta aquí, el ensayo-resumen de la serie El neoliberalismo contrastado. Antes de despedirme, el aviso que hago siempre: el artículo no está cerrado ni mucho menos. Lo someteré a revisiones y ampliaciones continuas, como es mi costumbre.

Y… por si alguien me pregunta (porque sé que alguno lo pensaba hacer) algo como “sí, claro, te metes con el neoliberalismo pero, ¿a que no te atreves con el marxismo?”… le recuerdo que el siguiente ensayo, precisamente, trata de una crítica al marxismo. Lo siento por el pobre desgraciado que se haya creído al leer este ensayo (y conste que he ido avisando a lo largo del texto) que soy un marxista o un comunista pero no, no lo soy.

Insisto en lo que siempre digo: aquí van a recibir hostias y críticas TODOS los que se las merezcan. Todos. Sean capitalistas, neoliberales, socialdemócratas, demócratacristianos, anarquistas, marxistas… o seguidores del Atlético de Madrid.

¿Ha quedado clarito?

Pues ea, hasta la próxima.

Manifestaciones y pancartas que aluden directamente al neoliberalismo como objeto de crítica. De izquierda a derecha, yd e arriba a abajo: Madrid, 15 de septiembre de 2012; Lima, 27 de julio de 2013; Argentina, 2013; Santiago de Chile, febrero de 2008; Madrid, mayo de 2013; Barcelona, septiembre de 2012.

Manifestaciones y pancartas que aluden directamente al neoliberalismo como objeto de crítica. De izquierda a derecha, y de arriba a abajo: Madrid, 15 de septiembre de 2012; Lima, 27 de julio de 2013; Argentina, 2013; Santiago de Chile, febrero de 2008; Madrid, mayo de 2013; Barcelona, septiembre de 2012.

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6. Bibliografía.

Nota: muchas de las obras reseñadas se han consultado no tanto para la obtención de datos como para la constatación de opiniones y críticas como, por ejemplo, las obras de Noam Chomsky, el cual me merece una muy baja opinión como académico social –no entro en como lingüista-.

En inglés:

Harvey, David. A Brief History of Neoliberalism (2005).

Thomas I. Palley. From Keynesianism to Neoliberalism: Shifting Paradigms in Economics. Foreign Policy in Focus. 2004.

Chomsky, Noam and McChesney, Robert W. (introducción). Profit over People: Neoliberalism and Global Order. Seven Stories Press. 2011.

Oliver Marc Hartwich. Neoliberalism: The Genesis of a Political Swearword, Centre for Independent Studies. 2009.

Foucault, Michel. The Birth of Biopolitics Lectures at the College de France, 1978–1979. London: Palgrave. 2008.

Philip Mirowski, Dieter Plehwe. The road from Mont Pèlerin: the making of the neoliberal thought collective, Harvard University Press. 2009.

George H. Nash. The Conservative Intellectual Movement in America Since 1945, Intercollegiate Studies Institute. 1976.

Peter Winn (ed), Victims of the Chilean Miracle: Workers and Neoliberalism in the Pinochet Era, 1973–2002. Duke University Press. 2004.

Chodor, Tom. Neoliberal Hegemony and the Pink Tide in Latin America: Breaking Up With TINA? (International Political Economy Series). 2014.

Valdes, Juan Gabriel y Craufurd D. Goodwin. Pinochet’s Economists: The Chicago School in Chile. Cambridge University Press. 1995.

Stiglitz, Joseph E. Globalization and its discontents. New York: W.W. Norton & Company. Traducida como El malestar en la globalización, Editorial Taurus, Madrid (España), 2002.

Stiglitz, Joseph E. The roaring nineties: a new history of the world’s most prosperous decade. New York: W.W. Norton & Company. 2003.

Stiglitz, Joseph E. Making globalization work. New York: W.W. Norton & Company. 2006.

[Nota: por si alguien me pregunta le diré que las que me parecen mejores obras porque combinan seriedad, crítica científica y social son, con diferencia, las de Joseph Stiglitz.]

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En español:

Servicio de datos estadísticos de la OCDE.

Celso Furtado. Subdesarrollo y estancamiento en América Latina. Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1972.

John Kenneth Galbraith. El nuevo estado industrial, Editorial Sarpe. Madrid. 1967.

Estela Grassi. Problemas y políticas sociales en la sociedad neoliberal. La otra década infame. Espacio Editorial. Buenos Aires. 2003.

Bardón, Álvaro, Camilo Carrasco A. y Álvaro Vial G. Una década de cambios económicos : la experiencia chilena : 1973-1983. Editorial Alfabeta. 1985. Santiago.

Fontaine, Arturo. La historia no contada de los economistas y el presidente Pinochet.  Editorial Zig-Zag. 1988. Santiago de Chile.

Valdes, Juan Gabriel. La escuela de Chicago: Operación Chile. Grupo Editorial Zeta. 1989. Buenos Aires.

Klein, Naomi. La doctrina del shock. Editorial Paidós, Barcelona. 2007.

13 comentarios

  1. Como siempre, el primer comentario va a ser mío.

    No se autorizan comentarios que no cumplan las normas para poder comentar.

    El que quiera saber quién soy, por qué hago todo esto o por qué escribo como lo hago, tiene los enlaces pertinentes (que ya debería de haber leído) en la columna de la derecha, en el menú inicial.

    Vamos a responsabilizarnos de nuestras palabras… y vamos a aprender a escribir y a leer, ¿de acuerdo?

    Comentario por chemazdamundi — 17 diciembre 2014 @ 20:12

  2. Me has tenido dos días leyendo. Pero, como siempre, bravo. No sabes la alegría que me llevé cuando vi que por fin habías actualizado. Ya veo que has adoptado definitivamente el formato de ensayo largo. Reconozco que a mí, que me gusta leer, lo agradezco más. Estoy harta de reseñas y comentarios de Twitter, prefiero artículos como los Politikon, JotDown o los tuyos, que más que artículos son pequeñas obras de consulta, muy completas y con un tono académico que no abunda. En vez de tener que leer varios artículos para formarme sobre un tema, me leo estos y punto, ja. Si me permites la puntualización, lo que más me ha sorprendido del texto ha sido lo completísimamente que has expuesto el caso del neoliberalismo en Chile y creo ver por qué. Porque has querido desenmascarar varios mitos, ¿verdad? Tú siempre contra la conspiranoia. La cabra siempre tira al monte. ¿Me permites pedirte una cosita? Dijiste en tu perfil de facebook que querías tratar el tema de la Renta Básica Universal pero que tenías que esperar a terminar otros temas antes. Te agradecería que lo trataras ya. Es un tema muy candente y te arriesgas a perder actualidad si lo dejas más para adelante (como actualizas tan poquito). Es una crítica constructiva, ¿eh? Es un tema que me interesa mucho. En fin, que felices fiestas y un besote, para Natsu y para ti.

    Comentario por María Isabel Hens Castro — 18 diciembre 2014 @ 23:12

    • Buenas, Maribel.

      Lo siento, siento de verdad haber tradado tantísimo en actualizar. Ahora que me he desvinculado de varias obligaciones, espero poder actualizar más a menudo.

      Ya veo que has adoptado definitivamente el formato de ensayo largo.

      Y ahí me voy a quedar, en principio.

      En esta casa no se estila el “cuatrorenglonismo”. Estoy literalmente HASTA LOS COJONES de la mala calidad investigativa y literaria generalizada de la internet en castellano. Como tú, soy partidario del estilo de Politikon y JotDown (aun a riesgo de quedar como un hipster, quiero dejar constancia de que yo empecé con ese estilo mucho antes de la aparición de esas webs). Ya en serio, lo que sucede es que, si me pongo a escribir en el poco tiempo libre del que dispongo, quiero que sea para crear un producto de calidad, en el que se note el trabajo que uno le echa. Más una obra de consulta que no un triste enlace que se va a olvidar en tres o cuatro días y que ni va a aparecer en los buscadores. Señal de que lo estoy haciendo bien es el hecho de que… no he actualizado en más de un año y las visitas no bajan de varios centenares. Diarias.

      Si me permites la puntualización, lo que más me ha sorprendido del texto ha sido lo completísimamente que has expuesto el caso del neoliberalismo en Chile y creo ver por qué. Porque has querido desenmascarar varios mitos, ¿verdad? Tú siempre contra la conspiranoia. La cabra siempre tira al monte.

      Me he centrado en explicar el caso chileno por varios motivos que reseño en el texto:
      -Inexplicablemente, no hay mucha información por internet.
      -La poca que hay está dispersa y/o creada por sectores “interesados”.
      -Circulan una gigantesca cantidad de mitos tanto a favor como en contra (basados en propaganda política) sobre ese caso, uno de los más paradigmáticos de la aplicación del neoliberalismo. Y muy pocos autores se han puesto a analizarlo objetivamente, caiga quien caiga. Es tristísimo encontrarse con que hay más material (serio) al respecto en inglés que en español. “Lamentable” es lo más suave que puedo decir.
      -De las cosas que más me gustan como divulgador escéptico es combinar, precisamente, divulgación y desmitificación.

      ¿Me permites pedirte una cosita? Dijiste en tu perfil de facebook que querías tratar el tema de la Renta Básica Universal pero que tenías que esperar a terminar otros temas antes. Te agradecería que lo trataras ya. Es un tema muy candente y te arriesgas a perder actualidad si lo dejas más para adelante

      Y no eres la única. Pero lo siento, quiero seguir con la “cola de actualización”. He pospuesto durante demasiado tiempo el análisis de la Teoría del Valor marxista y es lo que va tocando.

      No te prometo nada, pero veré qué puedo hacer. Eso sí, siempre después de las fiestas propias de fin de año.

      En fin, que felices fiestas y un besote, para Natsu y para ti.

      Igualmente… y gracias de parte de los dos.

      Comentario por chemazdamundi — 19 diciembre 2014 @ 00:14

  3. Respecto de lo que dice sobre Chile del siglo XIX, que era un país inestable políticamente con muchos golpes de Estado, está en un completo error. No hubo ningún golpe de Estado durante ese siglo. Si había grandes disputas políticas entre la “clase dirigente”, pero el país, desde 1833 (Constitución portaleana) hasta 1891 no sufrió mayores cambios. La única revolución -en realidad Guerra Civil- fue en ese último año que no produjo ningún cambio sustancial.

    Comentario por Santiago Marin Arrieta — 2 noviembre 2015 @ 16:22

  4. Tres días he tardado en leerme el artículo. Me ha parecido cojonudo. Tanto que hasta me he registrado en wp para decírtelo.

    Si tienes tiempo y ganas, me gustaría un análisis del pre y post chavismo en Venezuela similar al que has hecho con Chile aquí.

    Saludos

    Comentario por duchareflexiones — 24 mayo 2016 @ 12:06

    • Tres días he tardado en leerme el artículo. Me ha parecido cojonudo. Tanto que hasta me he registrado en wp para decírtelo.

      Y te lo agradezco persdonalmente, Javier. GRACIAS por tener la valentía de cumplir con las normas para poder comentar.

      Si tienes tiempo y ganas, me gustaría un análisis del pre y post chavismo en Venezuela similar al que has hecho con Chile aquí.

      Del mismo modo que especifico que sucedió con Chile, eso va a tener que esperar AÑOS. Recuerda: con Chile tuvimos el mismo problema… se mentía en la relación de datos macro. Tuvimos que esperar décadas hasta que se asentara el polvo de la situación y pudiéramos estudiar fríamente los datos.

      Todavía queda mucho hasta que podamos tener datos fiables. Con decirte que el gobierno chavista ni publica cifras de tasas de inflación desde hace años… Ya es indicativo, ¿verdad? Eso sería delito en mi país.

      Paciencia.

      Mientras tanto, les deseo lo mejor a los venezolanos y que la pesadilla acabe pronto y sin derramamiento de sangre.

      Comentario por chemazdamundi — 7 julio 2016 @ 13:14

  5. Primero que nada, perdon por el necrothreading. Nunca deja de sorprenderme la cantidad de información que pones en tu blog. Al punto que por momentos me llega a marear. Ya yendo a cosas especificas, Me gustaría saber que libro me recomendarías para profundizar en teoría económica. Aclaro antes que nada que soy licenciado en Física. Desde ya muchas gracias.

    Comentario por Luciano Robino — 1 junio 2016 @ 09:16

    • Gracias por sus amables palabras. No tiene usted que pedir perdón por eso.

      Me gustaría saber que libro me recomendarías para profundizar en teoría económica.

      ¿”Profundizar”?

      ¿No querrá decir más bien “introducirse”?

      Le voy a dar unas recomendaciones generales (que son las que más o menos doy siempre) y una más específica ya que es licenciado en Física. Sí, los economistas también hacen obras destinadas a públicos específicos.

      Lo más básico de lo más básico con un mínimo de seriedad en castellano, es Economía para Dummies también traducido como Economía para Principiantes (hay varias ediciones y traducciones al castellano). Es un libro que es más de divulgación que técnico y simplifica bastante, pero te ríes bastante con él (yo, al menos). No lo recomendaría para un estudiante ni por asomo, pero para alguien que se inicia desde la nada, quizás sea la mejor introducción.

      Insisto en que no hay una obra que uno pueda describir como “apta para todos los públicos” que conjugue sencillez y divulgación, pero si lo que quiere es una obra introductoria de calidad técnica suficiente, casi todo economista decente le recomendará Principios de Economía de N. Gregory Mankiw. Es quizás el libro que a todos los economistas se les viene a la cabeza cuando piensan en qué recomendar para iniciarse.

      Si conoce usted el inglés, va a encontrarse con una gigantesca variedad de opciones (hay muy pocas buenas traducciones de manuales de Economía al castellano). Existe otro libro llamado también Principle of Economics, de Ben Bernanke. Sí, el antiguo director de la Reserva Federal. Lo considero más ameno y sencillo que Mankiw, pero es menos técnico.

      Si lo que quiere es conocer sobre la evolución de la Teoría Económica, The Wordly Philosophers de Robert Heilbronner es su libro.

      La gente aplaude mucho Naked Economics: Undressing the Dismal Science Hardcover de Charles Wheelan como uno de los mejores libros de introducción ya que no asume para nada que el lector sepa ni lo más mínimo de Economía. Una advertencia que doy: no me he leído mucho este último libro por la sencilla razón de que para mí los libros de introducción a la Economía están bastante limitados, pero éste en concreto lo percibo como demasiado simplificador a veces. Pero si me tengo que poner en el pellejo de alguien que no tenga ni idea, me imagino que le vendrá muy bien.

      Y ya pensando como físico, creo que Mostly Harmless Econometrics: An Empiricist’s Companion de Joshua D. Angrist es lo más parecido a una “explicación matemática introductoria” al “apasionante” mundo de la Econometría. No obstante, le recomiendo empezar primero por los CONCEPTOS.

      De nada.

      Un saludo.

      Comentario por chemazdamundi — 7 julio 2016 @ 12:26

  6. Tremendo artículo, Sr. Chema. Sigo desconociendo bastante de conceptos económicos todavía, pero es un placer poder leer textos como estos. Me resulta de mucha ayuda para conocer de Economía.

    Seguramente ya le hayan hecho esta cuestión anteriormente (si es así, le ofrezco una disculpa, sé que no le gusta estarse repitiendo), pero siendo usted una persona tan adentrada en esta disciplina científica, ¿no podría sugerirme alguna obra en particular para adentrarme más en Economía? En la biblioteca municipal tienen bastantes libros, pero en vacaciones se encuentra cerrada, y si bien he buscado por internet manuales o libros referentes, siento cierta incertidumbre de ser libros con “tintes ideológicos” (no recuerdo que manual descargué la otra vez, pero dejaba claro al pasar las páginas, en particular al repasar conceptos como el capitalismo, que se estudiaba desde una perspectiva socialista).
    Se lo agradecería mucho.

    Que tenga un lindo día.

    (No se si aparezca mi cuenta de Facebook al comentar, así que le adjunto mi correo electrónico, por si acaso: elcuervodeodin@outlook.com).

    Comentario por Francisco José Ugarte Soo — 30 junio 2016 @ 10:59

    • Ah, con usted tenía muchas ganas de hablar. Lamento no haber tenido tiempo últimamente y espero que me perdone que le conteste este comentario antes que el primero (voy desde los últimos que me escriben hacia atrás, con wordpress y tanto comentario atrasado que tengo, es la mejor opción -son casi centenares-). Si me sirve de excusa le diré que he estado estudiando (NUNCA hay que dejar de formarse, aunque uno esté ya bien asentado en lo económico y como profesional) y hasta ahora no he terminado mis exámenes.

      Patéticas excusas aparte, procedo a contestar su petición.

      No hay una obra que uno pueda describir como “apta para todos los públicos” que conjugue sencillez y divulgación, pero si lo que quiere es una obra introductoria de calidad técnica suficiente, casi todo economista decente le recomendará Principios de Economía de N. Gregory Mankiw. Es un poco técnico, pero no mucho y alguien con un trasfondo de cultura asentada como el suyo (y con tantas ganas de aprender) creo que no tendrá problemas.

      Si conoce usted el inglés, va a encontrarse con una gigantesca variedad de opciones. Existe otro libro llamado también Principle of Economics, de Ben Bernanke. Sí, el antiguo director de la Reserva Federal. Lo considero más ameno y sencillo que Mankiw, pero es menos técnico.

      Si quiere algo muchísimo más simple y en castellano, está Economía para Dummies también traducido como Economía para Principiantes (hay varias ediciones y traducciones al castellano). La verdad es que te partes de la risa leyendo el libro (al menos yo me río… aunque claro, ¡yo me río con cualquier chiste sobre Economía!), pero es un libro que es más de divulgación que técnico y simplifica bastante. No lo recomendaría para un estudiante ni por asomo, pero para alguien que se inicia desde la nada, quizás sea la mejor introducción.

      No voy a indicar más obras porque no pretendo marearle con decenas de títulos, algunos de los cuales me los he leído de pasada (a mí no me hacen falta muchos manuales de introducción, téngalo en cuenta). Eso que le he dicho son obras de carácter general e introductorio. Si lo que quiere es formarse sobre una cuestión específica como, por ejemplo, la inflación o política económica, existen muchísimos libros mucho más especializados. Pero mi consejo es que, si no sabe nada de nada, empiece primero con una visión general de la Economía y ya iremos profundizando.

      Y recuerde: lo que yo le he dado son mis recomendaciones personales, pero tenga por seguro que hay un libro para cada persona y lo que para mí puede ser “ameno” o “claro”… quizás no lo sea tanto para usted. Pero creo sinceramente no haberme equivocado mucho.

      Un abrazo.

      P.D.: estoy deseando contestar a su primer comentario. Me emocionó.

      P.D.2: muchísimas gracias por comentar cumpliendo todas las normas para poder comentar que he especificado. Gracias por su honradez y valentía. Que muy poca gente tiene de ambas, como habrá podido comprobar. Eso también me ha emocionado.

      Comentario por chemazdamundi — 7 julio 2016 @ 09:37

      • Para nada son “patéticas excusas”, Sr. Chema. Considero algo admirable que las personas continúen nutriéndose de conocimiento aun cuando laboran. Y todavía si usted escribe estos artículos en base a ese conocimiento pues todos salimos beneficiados.

        Le agradezco enormemente la sugerencia. De hecho, ayer que estaba buscando otros libros me encontré con ese mismo trabajo de Mankiw, y al leer sobre el autor y su inclinación a la teoría keynesiana (a la cual le he tomado un interés más particular) pensé que sería un buena obra. Me alegra que me la recomiende entonces. Gracias por las demás recomendaciones igualmente, le echaré un vistazo a todas (tendré que ir a tomar unos cursos de inglés aparte, por lo que veo).
        También busque otra obra de un autor que ya ha mencionado antes, “Fundamentos de Economía”, de Paul Krugman, pero esa sí que no la encontré por ningún lado.

        Reitero, muchísimas gracias por su ayuda. Seguiré pasándome por su bitácora. Y gracias por tan excelso trabajo. Que tenga un buen día.

        Comentario por Francisco José Ugarte Soo — 7 julio 2016 @ 21:47


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